Opinión Última hora

Pablo VI y el Corazón de Jesús, por José-Román Flecha

De la riqueza inescrutable de Cristo (Ef 3, 8), que brotó del costado de Jesús, traspasado por la lanza del soldado, se ha originado la devoción y el culto al Sagrado Corazón de Jesús. Con esta reflexión, el 6 de febrero de 1965 iniciaba Pablo VI la carta apostólica Investigabiles divitias Christi. Aquel documento, bastante olvidado posteriormente, iba dirigido  a los obispos de todo el mundo para exhortarles a celebrar dignamente el segundo centenario de la fiesta litúrgica que conmemora esta devoción. En efecto, precisamente el día 6 de febrero de 1765 el papa Clemente XIII había aprobado los textos litúrgicos para la celebración de aquella fiesta.

Con este motivo Pablo VI trazaba unos pocos rasgos históricos relativos a ella. De hecho, citaba a san Juan Damasceno, según el cual, nos acercamos a Jesús de modo que el fuego de nuestro deseo, como aumentado y alimentado por el ardor de una brasa, queme nuestros pecados e ilumine nuestros corazones, de modo que, al contacto con el fuego divino, nos volvamos ardientes, puros y semejantes a Dios. Pablo VI hacía también una alusión a la devoción de san Juan Eudes y, sobre todo, a las revelaciones a santa Margarita María de Alacoque, en las que se pedía a todos los fieles que honrasen el Corazón de Jesús, herido por nuestro amor.

El Papa Pablo VI era consciente de que esta devoción había decaído un tanto por aquel tiempo. Por eso deseaba que se explicasen a todo el pueblo de Dios los profundos fundamentos doctrinales que ilustran los infinitos tesoros de la caridad del Sagrado Corazón de Jesús, como ya había hecho el Papa Pío XII en su amplia y documentada encíclica Haurietis aquas (15.5.1956).

En efecto, según Pablo VI, el Sagrado Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad, es símbolo y expresiva imagen de aquel eterno amor por el cual Dios ha amado tanto al mundo que le ha entregado a su Hijo (Jn 3, 16). Esa entrega no puede sernos indiferente. La consideración del amor divino ha de ayudarnos a configurar nuestra vida con el evangelio, a enmendar diligentemente nuestras costumbres, a poner en práctica la ley del Señor.

Como haciéndose eco de la doctrina ya expuesta por el Concilio Vaticano II, Pablo VI añadía que el Corazón de Jesús es honrado especialmente en el sacramento de la eucaristía, centro y culminación de toda la vida sacramental de la Iglesia. En él se gusta la dulzura espiritual de nuestra fe y se recuerda el gran amor que Cristo nos ha demostrado en su pasión, como ya escribía Santo Tomás.

Así pues, hemos de redescubrir que la devoción y el culto al Sagrado Corazón de Jesús nos ayuda a vivir unidos a él y a proclamarlo como rey y centro de nuestros corazones, como cabeza del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, como principio y culminación de toda la creación.

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