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Pablo d´Ors, sacerdote y escritor: «Los evangelios son llaves místicas para abrir la realidad»

Debajo de un andamio se encuentra la casa de Pablo d´Ors. Dos operarios hacen y deshacen en la fachada de un edificio bajo del que nadie sospecharía, a simple vista, que detrás de todas aquellas toneladas de ladrillo, vidrio y hormigón, en su interior, reposa una biblioteca que cubre decenas de estantes con títulos de lo más variopintos que van desde un manual de Cristología a las aventuras de Tintín, pasando por la poesía de Juan Ramón Jiménez o una breve historia de los Rolling Stones. El bullicio del barrio madrileño de Tetuán, sus terrazas con la colada expuesta y el taladro que repercute sobre el asfalto tibio en una de las calles aledañas, desaparece al cruzar el umbral y subir los peldaños hasta la última puerta. En cada descansillo, más libros, acompañados de algún que otro poto bien hidratado. Nos saludamos con el codo y tras cinco minutos de charleta, envueltos por pequeñas pausas donde se aprecia la textura y densidad del silencio, nos quitamos las mascarillas y hablamos con este sacerdote y escritor, consejero del Papa Francisco en materia de cultura, que presenta su última obra con Galaxia Gutenberg.

—Hábleme de Biografía de la Luz.
—Es un mapa de lo que sucede en el interior de la persona que hace oración contemplativa. Cuando uno se interesa por el mundo del silencio desde una clave cristiana, lo que va a vivir es lo que está explicado en Biografía de la Luz. Hay una primera etapa donde se plantea el misterio de la meditación. Un segundo momento de prueba, de dificultades que tiene que sortear. También un tercer momento de promesas de plenitud… Y así sucesivamente. Los dos últimos capítulos, que son las Pasiones del Alma y Destellos de Realidad, hablan de las dos últimas etapas en la experiencia meditativa. Una, la noche pasiva del alma y la otra que nos habla de la iluminación, cuando ves lo que hay. Así como toda la obra está atravesada por tres tipos de lecturas: la existencial, la meditativa y la poética, el libro, en su estructura, quiere ser un itinerario de la búsqueda espiritual.

—¿Cómo se traza este «mapa»?
—Lo hago desde categorías explícitamente cristianas, siguiendo el Evangelio, porque para mí es mi tradición, es la que amo y conozco. Seguramente haya personas que se sientan extrañas y les cueste más entrar, pero estoy hablando de categorías universales como son los textos sagrados.

—¿Por qué requerimos de la oscuridad para adentrarnos en la Luz?
—Este es el misterio del cristianismo. Cruz y gloria van íntimamente de la mano. Son las dos caras de la misma moneda. La gloria está ya en la cruz. Por tanto, no se trata de eliminar la cruz. En el monte Tabor aparecen Moisés y Elías hablando de la muerte que Jesús iba a consumar en Jerusalén. Ni siquiera la visión más beatífica o espléndida que podamos imaginar exime al creyente del mundo del dolor o de la muerte. A lo que está apuntando esto es a echar por tierra una visión un tanto idealista e ingenua de la iluminación o la luz como algo que es simplemente la superación de las sombras. No se trata de superación sino de integración, que es distinto. No se trata de resolver el problema sino de disolverlo. La cruz se ha convertido en un camino y no  en un castigo. El cristianismo se puede resumir, en definitiva, en sus tres dogmas fundamentales: creación, trinidad y redención. Biografía de la Luz habla de esto mismo.

—¿Es el idealismo el gran fraude de la modernidad?
—Nunca me lo había planteado así, pero quizás sí. La modernidad se define como el sueño de la razón y la posmodernidad como el despertar de ese sueño. Pensar que la razón y la técnica van a comprenderlo todo y a dominarlo no deja de ser un idealismo. Y tal vez ahora nos estamos dando cuenta de que no es así.

—¿Cómo se calibra, desde el hombre de hoy, las ensoñaciones con las expectativas reales? ¿Cómo se educa en un juicio prudente? Porque asistimos a diario al naufragio de lo que la persona quiere ser y lo que realmente es.
—Toda crisis de madurez es una crisis de realismo. Quizá hemos entendido la moral como un ajustarse a unos criterios, a unos preceptos, a unas normas que vienen de fuera cuando realmente confiar en la llamada de Dios significa creer en la autonomía humana. Creer que cada persona tiene los recursos necesarios, por muy devaluada que esté psicológicamente, físicamente o moralmente, para comprenderse y para curarse. La pastoral consiste en darnos cuenta del valor enorme que tiene cada persona y de cómo ellos mismos pueden sacar aquello que necesitan para vivir sin necesidad de ajustarse a un modelo externo. Pienso en los criterios que se ponen a los jóvenes para acceder al sacerdocio. La mayoría de la gente huye espantada porque difícilmente alguien puede ajustarse a ese ideal tan supremo, mientras que, a lo mejor, si en lugar de proponer una visión utópica de lo que tiene que ser un sacerdote se parte de la realidad, de aquello con lo que los chicos vienen a los seminarios, el planteamiento pastoral o educativo sería diferente.

—¿No hay espiritualidad posible sin conflictos?
—Creo que no. La condición humana comporta la dificultad, la resistencia —ya sea externa o interna—, los obstáculos que hay que saltar. Es más, entre el mundo y Dios siempre hay un choque. El mundo no va a aplaudir los criterios que no sean mundanos y sean espirituales. Va a tender a marginarlos o a ridiculizarlos. O a ensalzarlos, que es otra forma de hacerles perder su carácter de acicate.

—La mística carmelitana habla de la noche oscura, donde se describe lo que es estar sin gustar a Dios pero estando en Dios. ¿Cómo se puede confiar en medio de esa noche cuando no experimentamos la cercanía del Señor?
—Yo no sé si he atravesado la noche oscura. Es algo que me queda grande. Sí que he vivido dificultades. En cualquier caso, hay una serie de claves que nos pueden ayudar. Por ejemplo, no estar solo. Apoyarse en los otros. Tener un grupo de referencia que te sostenga, donde veas referentes e iguales con los que compartir. Si tú vas al desierto solo, pues es probable que te pierdas e incluso que pierdas la vida en esa aventura. Pero si vas en caravana, es posible que salgas adelante. El grupo, la comunidad, salva al individuo de perderse. Ese sería un camino. El otro sería la figura del maestro, de un director espiritual. Si te pones en mano de un mediador, si no te encierras en ti mismo… El problema del mal no es el dolor sino el aislamiento. Y, por último, diría una tercera vía que es muy elemental: el cuerpo. Cuando hay crisis espiritual es importante volver al cuerpo, que es lo más material y concreto. Cuando alguien está mal, tiene que hacer mucho ejercicio físico. Tengo un amigo que dice que si tienes los músculos bien tonificados no puedes estar deprimido y creo que tiene más razón de lo que parece. Cuando la gente viene a verme con problemas suelo recomendar deporte. Puede sonar a broma pero es verdad. El cuerpo en ese momento le está diciendo al alma que tiene que estar bien y si primero se pone bien él le está indicando al alma que no puede haber esa no sintonía entre ambos.

—¿Caemos en un error a la hora de intentar responder la cuestión del mal?
—Caemos en un error si intentamos responder desde un punto de vista intelectual o meramente teórico porque eso nos va a dejar insatisfechos. Si tratamos de responder a esta cuestión desde un marco existencial o vital, no solamente no caemos en un error sino que estamos actuando correctamente. El asunto es cómo abordar la cuestión del mal, cómo lo hizo Jesús. Cuando es tentado en el desierto, Él no se enreda ni entra en discusiones sino que recurre al poder de la Palabra. Y ahí encuentra la fuerza. La mejor manera de enfrentar a lo oscuro es encender una luz, no pelear. Jesús enciende la luz de la Palabra que conjura esa sombra que le está acechando. Aquí reside el trabajo espiritual: saber lidiar con lo oscuro que es frecuentando lo luminoso.

—¿En qué deriva el dolor sin amor?
—En la destrucción. Dolor sin amor es sencillamente insufrible. En cambio, con amor, no hay dolor que no se pueda vencer. No somos islas. Precisamente el cristianismo se puede resumir en que el dolor más grande —la cruz— por amor es vencido.

Biografía de la Luz, con otros materiales, viene a ser una continuación y ampliación de Biografía del Silencio. ¿Qué queda de esta primera obra en esta última? ¿Sigue siendo el silencio la vía de relación con la realidad?
—Totalmente. Las etapas espirituales son: conversión, purificación, iluminación y unificación. La purificación tiene que ver con el silencio. El silencio nos limpia, nos vacía de naderías, nos hace descubrir que somos cañas frágiles, huecas, vacías. Siempre tenemos que estar en este proceso de purificación. Cuando estamos vacíos es cuando puede entrar el viento del Espíritu y arrancar de nosotros una melodía. Y esa melodía que suena cuando nos hemos vaciado es la Palabra de Dios. Es el misterio de María, que vaciada de sí, alumbra y engendra la Palabra. Nuestra tarea es esa: concebir, gestar y dar a luz la Palabra. Hablar de silencio y luz es como hablar de purificación e iluminación, hablar de virginidad y maternidad. La tercera biografía, que por ahora no tengo previsto escribirla, sería de la unificación, de la comunión, de la amistad, de la compasión una vez que hemos descubierto que todos somos uno.

—La Iglesia ha emprendido un camino de sinodalidad, de deseo profundo de volver a la unidad del amor en Cristo. Sin embargo, parece que algo del mundo está permeando a la Iglesia. ¿Por qué perdemos las energías en rencillas, en atesorar parcelas de acción en vez de llegar a ser un cauce que posibilite el encuentro con Jesús? ¿Cómo puede ayudar la sinodalidad en esta tarea?
—Hay tres principios básicos. El primero es darnos cuenta de que todos buscamos a Dios. Que la sed de absoluto es universal incluso en aquellos que la niegan. Un cristiano de un grupo muy conservador debe admitir que un cristiano muy progresista también busca a Dios. Esto hay que creérselo de verdad y muchos no lo hacen, tildándose los unos y los otros, de estar desnortados e incluso poniendo en tela de juicio su buena voluntad. El nivel de crítica que hay es muy fuerte. Lo segundo es admitir que nadie lo está haciendo muy bien. Todos necesitamos mejorar, todos tenemos que reconocer que nos hemos equivocado. Que nuestra aproximación no es absoluta sino que es bastante deficiente y precaria. Y lo tercero sería descubrir que lo que tenemos que ofrecer, da igual donde nos situemos, es fundamental y sencillo, porque solamente lo espiritual es sencillo y solo lo sencillo es espiritual. Así no nos liaríamos con cosas anecdóticas. Una persona espiritual se caracteriza porque va a lo nuclear, a lo sustancial. Creo que aquí están los tres principios que pueden ayudar a regir una nueva comunión eclesial.

—Cita en el epílogo a Simone Weil con cierta admiración y destaca esta frase: «Lo contradictorio es el criterio de lo real». ¿Qué entraña este aforismo para que lo considere tan potente?
—Porque es la base del cristianismo. Decimos que Dios es uno y trino, primera contradicción. Decimos que Jesús es Dios y hombre, segunda contradicción sobre el fundamento cristológico de nuestra fe. Decimos que María es virgen y madre, otra contradicción. Nuestra propia fe, precisamente porque quiere ser totalizante, omniabarcante, tiene que acoger esto y lo contrario. El idealismo supone una simplificación de la realidad. Nosotros mismos tenemos un deseo de espiritualidad muy fuerte y una carnalidad muy poderosa y tenemos que lidiar con esas dos fuerzas.

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