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Pablo Barreiro, médico voluntario en Ifema: «Médicamente estábamos perdidos, la única certeza era la fe»

El médico adjunto del Servicio de Medicina Interna, en la Sección de Enfermedades Infecciosas del Hospital Carlos III, Pablo Barreiro, nos ha hablado de la enfermedad como profesional, pero también como paciente. Él también sufrió el coronavirus.
Pablo recibió a los primeros pacientes de coronavirus en su hospital, que ya estaba preparado para afrontar brotes epidémicos, en una planta de alta seguridad habilitada con todo tipo de medios. Esa planta se cerró una semana después. La avalancha de pacientes desbordó la realidad que convirtió esa misma zona en un velatorio para que los familiares pudieran despedir a los fallecidos.

Del Carlos III, se incorporó a las guardias en La Paz, que también se vio desbordada, y vivió el auge de la pandemia como médico voluntario en el hospital de campaña establecido en Ifema. «Manejar una enfermedad como el coronavirus en un hospital grande requiere muchos medios de protección, algo que es muy complicado. Por eso, Ifema, planteado como tres pabellones dedicados solo al coronavirus, te facilitaba la logística como vestirte de EPI solo una vez». Un «hospital» que al no tener personal propio, se gestó a través de voluntarios que estuvieron en la vorágine de la pandemia hasta que cerró sus puertas el 10 de mayo.

—¿Cómo vive un médico la enfermedad?
—A primeros de abril, con los primeros síntomas, me tuve que quedar en casa tres semanas. No tuve una sintomatología grave, mucho malestar, dolor de cabeza y un gran agotamiento. Una sensación como que «hierves por dentro». A nivel respiratorio no me afectó demasiado, pero a nivel personal, con todo lo que habíamos vivido, te entra miedo. Miedo a saber cómo va a reaccionar en ti la enfermedad, la inflamación que viene después de la infección como respuesta del cuerpo. Esa respuesta inmunológica es tan fuerte que a veces lo que produce es esa afección de los pulmones por ejemplo, que hace que se encharquen y no puedas respirar. La inflamación de arterias, infartos, trombos. Por eso piensas, «a ver a mi lo que me toca» con este virus… Pero también, conocer la enfermedad desde «el otro lado» te ayuda a entender mucho más a los pacientes y lo que ellos padecen.

—Todas esta complicaciones en los pacientes, ese sufrimiento por la enfermedad que habéis vivido día a día en Ifema, ¿será difícil de olvidar?
—La situación de los pacientes, aunque algunos estuvieran mejor y otros más graves, ha desembocado muchas veces en realidades dramáticas. Familias enteras contagiadas, parejas ingresadas juntas y que en la cama de al lado uno de los dos fallecía. Han sido momentos muy dolorosos marcados por un gran desconcierto. Un matrimonio, que se encontraba bastante mal, fue ingresado también con su hijo, que pidió estar en la habitación con su padre, el más grave de los tres, para poder estar con él y acompañarle en el último aliento de vida. Cuando la familia entera estaba contagiada y uno de sus miembros moría, se han dado casos de que nadie podía venir a recoger las cenizas. Situaciones humanas muy duras.

—Muy duras también para el personal sanitario, que además de la presión por la situación, habéis vivido al límite en la primera línea.
—La respuesta del personal sanitario ha sido excepcional. Los compañeros hemos compartido estas historias y nos ha unido en un halo de generosidad donde ha existido una gran entrega con el riesgo que conllevaba infectarse. Pero allí no había miedo, hemos vivido una experiencia muy enriquecedora, aunque dura y que ojalá no hubiese pasado, a todos nos ha reforzado en nuestra vocación como médicos. Estamos ahí para atender al paciente por encima de todo, aunque haya que asumir riesgos o manejar situaciones humanamente difíciles. Hemos vivido la esencia de nuestra profesional y el virus nos ha la recordado en toda su esencia.
Hemos estado «todos a una» y ahí no había pacientes ni de primera ni de segunda. Cuando aquí en España se ha planteado el tema de la eutanasia, en esta crisis hemos vivido la pena de cada una de las pérdidas de igual manera. Cada vida importa y hemos luchado por cada paciente sin que nadie esbozara ninguna duda por ello. Esto, insisto, nos ha reafirmado en la vocación de «sacar adelante» al enfermo, sanar y cuando no se puede, aliviar siempre estando al lado del paciente. Ese ha sido el motor de nuestro trabajo cada día en Ifema.

—Al lado del enfermo… y al lado de las familias.
—El acompañamiento a las familias ha sido otra de nuestras labores. No podían estar allí y facilitarles información e incluso proporcionar medios para que pudieran estar en contacto con los enfermos… es algo que se ha intentado en todo momento. Incluso hemos propiciado que en los últimos momentos de la vida de los pacientes se movilizaran algunos servicios para que no estuvieran solos en ese momento. Hemos trabajado en eso y lo hemos cuidado gracia sal esfuerzo de los servicios de psiquiatría, que han hecho un excelente trabajo para acompañar a pacientes, familiares, pero también al propio personal sanitario que lo ha pasado muy mal. No olvido en este punto la labor de los capellanes, que nos han ayudado mucho y que también se han contagiado. Ha sido una labor de acompañamiento que los familiares también ha agradecido mucho.

—Para los que no trabajamos con la realidad de la muerte en nuestro día a día, la enfermedad del coronavirus nos ha hecho plantearnos temas trascendentales como el dolor, el sufrimiento y la muerte que antes intentábamos evitar. Pero los números y las cifras nos han desbordado a todos. ¿Este número de muertes diarias tan elevado ha sido de lo más duro de la pandemia?
—Sin duda, los números han sido destructivos. No manejamos habitualmente estas cifras y menos en circunstancias como las que ha provocado el COVID. Han fallecido pacientes jóvenes tan rápido que a veces, surgía esa impotencia como médico de no saber qué hacer y no tener capacidad para evitarlo. A día de hoy seguimos sin un tratamiento directo para el virus, y en aquel momento incluso dudas si algún tratamiento podría ser tóxico. Para la misma inflamación también había dudas por el tema de las trombosis que nos planteó tantos problemas y dificultades… Una sensación de impotencia y de pocos recursos que no nos permitían aliviar esa sensación de angustia y de ahogo de los pacientes. La escasez de medios en este aspecto, en la respiración asistida, ha sido una situación dramática.

—Y en esta situación… ¿ayuda la fe?
—Es que para mí personalmente la fe era mi única certeza. Esto ha sido un momento para crecer en la fe, para afianzarla. Médicamente estábamos perdidos, hacíamos todo lo posible pero con poca seguridad porque no teníamos experiencia en esta enfermedad. Verdaderamente, la fe es la que a mi me ha dado paz y me ha ayudado a reconocerme limitado. En medicina estamos acostumbrados a tener mucha información, datos, estudios, protocolos para las patologías que manejamos habitualmente. Además, la medicina moderna nos especializa cada vez más. Pero en esta escenario nos hemos visto desbordados y hemos tenido que asumir esa limitación y volver a la medicina más vocacional: atender al paciente con lo que tienes a mano y hacerlo lo mejor posible aceptando que no somos omnipotentes y que la realidad en este caso nos ha superado. Una vez lo asumes, no te puedes desanimar, tienes que seguir luchando y no rendirte, porque tu vocación y tu llamada no es la satisfacción personal, es el paciente. Por otro lado, también como enfermo, en mi caso, saberse en manos de Dios, te da paz y confianza.

—¿Cómo podíamos pensar que un virus fuese a cambiarnos tanto la vida, en todos los aspectos?
—En nuestras previsiones nunca pensamos que pudiera desbordarse de esta manera. Esta enfermedad, nos ha hecho valorar cosas que antes no valorábamos y ha puesto de nuevo muchas cosas en su sitio, hemos podido ordenar nuestras prioridades. Pero este virus no «se ha ido» y ahora podemos anticipar que vamos a seguir teniendo casos porque el virus no ha desaparecido y no lo hará hasta que no haya una vacuna. Habrá focos epidémicos en los que parece que ayudan las altas temperaturas y que hagamos más vida en el exterior. Pero en otoño puede darse un agravamiento en la transmisión del virus. Además, se juntará con las demás enfermedades respiratorias con las que convivimos habitualmente que supondrá una sobrecarga de los hospitales.

—¿Y cómo podemos ayudar nosotros a los sanitarios, aplausos a parte, para que no volvamos a repetir esta situación tan dolorosa para todos?
—Lo que tenemos que hacer es cuidarnos. Por lo menos evitar el colapso del sistema sanitario. Para nosotros lo más doloroso es no poder atender al paciente como se merece. Se agradece el reconocimiento, pero nosotros no hemos hecho nada más que lo que teníamos que hacer. No había otra. Así lo dice el Evangelio, «somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer», no hay por qué tener un reconocimiento especial, pese a que como te he dicho, lo agradecemos muchísimo. Pero no poder dar la mejor atención a cada uno, fue muy doloroso y no pudo ser porque se desbordó la situación. Eso será una herida que se nos quedará abierta para siempre. Sé que también lo es para muchísimos compañeros de profesión, en especial los que han trabajado en cuidados intensivos. Tomar la decisión de no ingresar en la UCI a pacientes que lo tenían indicado porque no había sitio, es muy doloroso. El servicio estaba, no había medios y los médicos que han tenido que tomar esa decisión han quedado muy tocados.
Por eso, por ellos, por todos, por los fallecidos… el mejor homenaje es cuidarse para que no nos veamos nunca más en esa tesitura.

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