Iglesia en España

Osoro, en la misa crismal, pide a los sacerdotes ser rostros vivos de la misericordia

El bonus odor Christi se hace vida hoy de una manera real, visible, latente, en las manos sacerdotales de los que un día decidieron poner su corazón en las manos de un Dios que prometió compensarles su entrega con el ciento por uno. Esta mañana, la catedral de Santa María la Real de la Almudena ha sido testigo de la Misa Crismal que, un año más, sirve para renovar las promesas bautismales del presbiterio que peregrina en Madrid ante su Pastor, el arzobispo de Madrid.

Acompañado por el arzobispo emérito de Madrid, el cardenal Antonio María Rouco Varela; el nuncio de Su Santidad en España, monseñor Renzo Fratini; el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Juan Antonio Martínez Camino, SJ; el vicario general y los vicarios episcopales, y numerosos sacerdotes, monseñor Osoro ha presidido esta celebración en la que ha consagrado el Santo Crisma y, además, ha bendecido los restantes óleos o aceites (destinados a los enfermos y a los catecúmenos).

In persona Christi

En su homilía, el prelado ha afirmado que a los sacerdotes no se les pide más que lo que, «con gran acierto», formula el Papa Francisco: «que seamos expertos en ser rostros vivos de la misericordia». Jesús, ha dicho, «nos muestra ese rostro en una de las parábolas de la misericordia», donde «nos hace ver el ministerio sacerdotal como el de unos hombres con un corazón en salida, que busca a los hombres y que lo hace bombeando tres esencias: alegría, esperanza y misericordia».

En una catedral repleta de sacerdotes y de fieles, ha aseverado que por la ordenación sacerdotal «hemos sido revestidos de Cristo», para «actuar in persona Christi». La imagen que mejor describe esto, ha continuado, «es la parábola de la oveja perdida, una de las parábolas de la misericordia». En la misma, «se nos muestra con una belleza extraordinaria la tarea y misión de Jesucristo como Buen Pastor y se nos regala la identidad que como pastores hemos de vivir». Una misión que, según el arzobispo, «se resume en tres expresiones: 1. Mirar con los ojos de Jesús; 2. Aprender a actuar y a vivir como Jesús; y 3. Jesús es pastor que se expone para atraerlos».

La dulce y confortadora alegría de evangelizar

Este Año de la Misericordia, ha subrayado, «nos invita a que nuestro corazón bombee tres esencias que dan un perfume nuevo a la existencia de los hombres», que se hacen realidad «recordando siempre cómo se inició nuestro ministerio, cómo se tiene que mantener y cómo se ha de promover». Jesucristo, les ha recordado a los presbíteros, «nos dice: “Id y haced discípulos en todos los pueblos”», por lo que «nos quiere misioneros, saliendo a buscar a la gente donde esté y regalando en cercanía el fervor de los primeros cristianos, que experimentaban, junto a los apóstoles –como nos decía el beato Pablo VI–, “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”.

El prelado, además, ha asegurado que el anuncio «hay que realizarlo en clave misionera», sabiendo que «estamos llamados a promover la cultura del encuentro, eliminando todo intento de hacer cultura de la exclusión o del descarte, siendo servidores de la cultura de la comunión con la certeza de haber sido alcanzados y transformados por Cristo».

El amor de Dios nunca decae

Con la esperanza, la alegría y la misericordia como piezas claves del sacerdocio, les ha alentado a «acoger, cultivar y promover el abrazo misericordioso de Dios», que «ha de ser una tarea esencial hoy». El amor de Dios «es tan fuerte, tan grande, tan sorprendente, tan profundo, que nunca decae»; al contrario, ha continuado, «se aferra siempre a nuestro corazón y nos sostiene»; «si estamos hundidos, nos levanta», y «si no tenemos clara la dirección, nos guía».

Finalmente, como ese Pastor que no olvida el legado de dejar a las 99 ovejas para buscar a la que se ha perdido por el camino, les ha dado las gracias a sus «hermanos sacerdotes», y les ha animado a seguir anunciando a Jesucristo «con nuestra vida entregada hasta el límite, mostrando con obras cuánto quiere Dios a los hombres». Nuestro método, ha confesado, abrazando con fuerza la alegría del Evangelio, «es el del Señor: “No he venido al mundo a condenar a los hombres, he venido a salvarlos”».

Así, en esta manifestación de la plenitud sacerdotal del arzobispo como signo de la unión y la comunión con los presbíteros de Madrid, los presentes han podido experimentar, como en Betania, el lugar tranquilo y apacible del encuentro con Cristo.

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