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Oración de Judas el Traidor, por Antonio Díaz Tortajada

 Oración de Judas el Traidor, por Antonio Díaz Tortajada

 Jesús Señor y Jesús Amigo:

–“Judas, ¿con un beso entregas a este Hombre?”.

Aún recuerdo tus palabras al caer de la tarde.

Mi corazón estaba lleno de oscuridad.

Y, sin embargo, qué claro lo tenía todo:

Entre los olivos de Getsemaní,

en medio de la tiniebla,

avancé con una pequeña multitud de hombres

y yo discípulo tuyo los guiaba hasta donde te encontrabas,

con tus amigos y mis compañeros de discipulado

en oración tensa al Dios Padre.

Íbamos en silencio, sin pronunciar palabra

solamente por entre los olivos caminaban sombras gélidas.

 

Hace pocas horas que te traicioné con un beso como señal

Y unas monedas como precio.

Y parece todo un siglo.

Las infidelidades cómo se viven alargan en el tiempo.

 

Me acerqué hasta tocar tu rostro, Jesús.

Y tu voz profunda y amiga resonó en mi interior:

“Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”.

Fueron palabras tristes,

pero firmes, que revelaban la maraña maligna

que anidaba en mi corazón agitado y endurecido

de discípulo y de amigo,

tal vez fui un iluso o un desengañado,

y dentro de muy poco desesperanzado.

 

Señor Jesús:

Esa traición y ese beso a lo largo de los siglos,

se transformarán en el símbolo

o en el santo y seña de todas las infidelidades,

de todas las apostasías,

y de todos los engaños.

 

Por tanto, Jesús de Nazaret, tu afrontaste otra prueba,

la de la traición que engendra abandono y aislamiento.

No viviste la soledad que tanto amabas,

cuando te retirabas a los montes a orar;

no fue la soledad interior,

fuente de paz y de serenidad

porque con ella te asomabas al misterio del alma y de Dios.

Tu viviste, por el contrario,

la experiencia dolorosa de tantas y tantas personas

que también a lo largo de la historia

y en muchos momentos del día,

estarían solas en una habitación,

ante una pared desnuda o ante un teléfono mudo,

olvidados por todos por ser viejos,

enfermos, extranjeros o extraños.

 

 

Jesús amigo: Esta noche bebiste con ellos

también este cáliz que contiene el veneno del abandono,

de la soledad o de la hostilidad.

 

La escena de Getsemaní,

cuando me acerqué a Ti y besé tu barba

la tengo muy dentro de mi corazón;

al anterior cuadro solemne, íntimo y silencioso,

se opone ahora, bajo los olivos,

el alboroto y el tumulto e incluso la violencia.

 

Con todo, Jesús amigo, tú destacabas

siempre en el centro como un punto firme.

Eras consciente de que el mal envuelve la historia humana

con su sudario de prepotencia, de agresión o de brutalidad.

Era la hora del mal y el poder de las tinieblas.

Tú no quisiste que mis amigos tus discípulos,

dispuestos a echar mano a la espada,

reaccionaran al mal con el mal,

a la violencia con otra violencia.

 

Estabas seguro de que el poder de las tinieblas,

aparentemente invencible y jamás harto de triunfos,

está destinado a sucumbir.

 

En efecto, a la noche sucedió el alba,

a la oscuridad la luz,

a la traición el arrepentimiento,

también para mí.

 

Había traicionado a mi Amor;

Le había vendido

 

Por esto, a pesar de todo,

es preciso seguir esperando y amando.

 

Y yo, después de haber sido infiel a Ti, Maestro bueno,

Lloré amargamente y quise desaparecer de la historia.

Y estando agonizando con una noche interior muy negra

recuerdo tus palabras del monte de las Bienaventuranzas,

para tener un mundo nuevo y diverso,

es necesario amar a nuestros enemigos

y orar por los que nos persiguen.

 

Por eso, Jesús mírame en este momento final de mi vida

y pon tu mirada sobre mi mirada.

Déjame reposar mi mirada sobre la tuya.

Recibe, Señor, mis pensamientos orgullosos,

la vanidad y mis ganas de aparentar.

Que mi cabeza dura –y qué dura–

la traspasen tus mismas espinas.

Sujeta con ellas mi loca imaginación;

serena mi mente, mis pensamientos…

y así, tranquilamente, pueda mirar

y contemplar tu rostro sin distraerme.

 

Tu ya has entornado los ojos.

Los míos –¡qué curiosos y altaneros! —

tantas veces no supieron verte.

Ahora quiero mirarte sólo a ti,

y olvidarme de otros horizontes engañosos.

Tu última mirada ha sido para este hijo pródigo.

Tus ojos se cerraron mirándome, y me hablaste

con tu mirada de misericordia y afecto.

Gracias. Amén.

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA


Sacerdote-periodista



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