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Oración ante el Crucificado:“Queremos ser como Tú”

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Oración ante el Crucificado:“Queremos ser como Tú”

Jesús, en esta tarde de Viernes Santo, cuando en comunidad nos agolpamos en torno a tu pasión y tu cruz, para sentir contigo y en ti el perdón, la paz y el deseo de la entrega, para abrazar tu cruz salvadora, no podemos menos que orar con el himno:

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Es cierto Señor, ahora no quiero pedirte nada, quiero estar junto a Ti y dirigirte mi oración como al hermano de la confianza, al maestro de la sabiduría, al amigo del consuelo, y expresarte mi deseo más profundo, el que habita en mi interior desde que aprendí a conocerte poco a poco, a querer seguirte, el que esta tarde –en este calvario luminoso del siglo XXI-  quiero hacer  público para expropiarme contigo y que se puedan repartir también mis túnicas, que no son de una sola pieza como la tuya, pero que en Ti son cosidas con el amor de la esperanza y de la eternidad unificada que sostiene y me serena. Mi deseo descubierto en la oscuridad de la tarde santa, en la serenidad de la vida, es este: “Señor, quiero ser como tú”. Quiero serlo en tu pasión, dejar que tus palabras me iluminen y me abran a la trascendencia de un absoluto que sólo tiene la medida del amor y la misericordia, de la sanación y el consuelo, de la luz y de la esperanza en medio del silencio y del dolor. Déjame hacerlo con tus palabras sagradas de pasión y  muerte, que me alumbran en el grito de una creación que ya se va sintiendo nacer en tu corazón de espíritu entregado en las manos del Padre.

“¿A quién buscáis? –Soy yo”

Quiero ser, como tú, alguien con identidad propia, con proyecto de vida sanado y sentido, lleno de coherencia. Que cuando el otro me busque –sobre todo el necesitado- tenga fácil encontrarme. Y que en el encuentro  de lo diario, el otro – cualquier vecino y ciudadano- me descubra tal como soy, porque yo no tenga muros que lo separen, ni medidas que lo excluyan. Señor, en medio de un mundo que necesita hombres y mujeres de verdad y autenticidad, nosotros queremos abrirnos a tu originalidad, deseamos ser auténticos como tú. Entrar en la pasión de la coherencia, donde puede haber dolor, pero no se renuncia nunca a  la libertad de lo sincero y limpio, para que el mundo sea más verdadero y más digno.

 “Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?

Como tú, Señor, deseamos  estar dispuestos  para bebernos el cáliz que tú has bebido. El cáliz que no viene por la violencia, ni la destrucción, por el deseo del poder que se impone sobre los otros. Queremos beber el cáliz de tu vida entregada, el que se llena de la alegría del servicio en la entrega a los demás. El que contiene la sangre del perdón a raudales y de la misericordia infinita, la del perdón incluso a los  enemigos saltando los propios sentimientos. El cáliz que reconcilia y produce la paz verdadera, el que hace saltar todos los muros y allana los caminos para que todos lleguen a la vida de cada mañana con la dignidad de lo humano reconocida y avalada.

 “He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto…”

Junto a ti, Señor, queremos que nuestras palabras sean “sí” o “no”; hablar abiertamente y no esconder en el secreto la verdad que al otro le pertenece, la que inspira la verdadera confianza y hace posible la vida de hermanos en la comunidad y en la calle. Nuestro mundo necesita discursos claros,  abiertos,  confiados, y tú nos has mostrado el camino de la transparencia y de la limpieza radical de corazón. Tú nos has enseñado que de lo que está lleno el corazón habla la boca. Queremos que nuestro corazón esté lleno de ti y de tus sentimientos, que en ellos encontremos la fuerza de la verdad, que amando y sin herir, se hace carne en la calle y en lo diario: en la casa,  con la familia, entre los vecinos, en el trabajo, la comunidad cristiana, el grupo de vida, los amigos, en la política y hasta en el deporte y el juego…deseamos no ser de enredos ni mentiras, como tú, hombre de verdad y claridad en el amor y la justicia.

 “Si he habado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”

Ante ti, ante tu cruz, hoy queremos ser como tú y perder nuestros miedos. Nada ni nadie debe quitarnos el  deseo de que la justicia sea justa para todos. Gritar ante la injustica con la fuerza de la bondad, hablando bien frente a toda injusticia y violencia. Soñamos con tu libertad creadora, la que interpela  los dinamismos de los fuertes  que imponen sus verdades a costa de golpes en el rostro de los sencillos y los débiles. Sólo hemos de temer a la connivencia con el poder injusto que destruye y hace sufrir  a los que, con la verdad del amor, construyen el día a día de la historia en el anonimato del trabajo callado y esforzado para sostener nuestro mundo. Queremos como tú ser voz de los que no la tienen, nos atrae tu respuesta valiente, y queremos besar la cruz de la valentía que nace de tomar postura junto a los que sufren. Soñamos con una boca y unas manos que nunca hieran, ni ofendan, que sólo amen y proclamen la justicia.

 “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no  fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí” “Tú lo dices. Yo soy rey. Yo para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”

Queremos ser reyes como tú, queremos ser de tu reino. Sabemos que solo los esforzados lo pueden arrebatar, que la puerta es estrecha, que los ricos –ponen su corazón en las seguridades- lo tienen difícil…que lo tienen fácil lo que están cansados y agobiados, los que se aparejan en tu yugo y  comparten la carga. Tenemos la clave, no está lejos: “cada vez que lo hicisteis con uno de estos lo hicisteis conmigo”, la entrada en  tu reino está en los últimos, en los débiles…apostar por un mundo que se piensa y se siente desde los pequeños, que se compromete porque otro mundo es posible. Qué bueno, se trata de “decrecer para crecer”, un rey que nos invita con su propia vida: “Cristo siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza”. En este reino tuyo, la pobreza enriquece. Los esclavos por amor son reyes. Ahora entendemos aquello de que “el que quiera ser el primero sea el último, y el que quiera ser el jefe que sea el servidor de todos”. Tú en la cruz eres nuestro rey, y nosotros hoy queremos también tu corona, queremos tu realeza. Deseamos ser  como tú, para poder entrar en tu reino.

“Tú no tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no la hubieras recibido de lo alto”

Aspiramos a vivir sólo de la fuerza que viene de la autoridad del Padre, la que tú te ganaste en  los caminos y en las plazas de la historia en tu pueblo.  Nada te doblegó en el deseo de ser buena  noticia, de sanar,  perdonar, liberar, consolar… Es posible una sociedad con la verdadera autoridad que viene de lo alto. Es posible una política de lo humano, lo común y lo público. Es posible un poder y una organización no corrupta, con una autoridad sana y limpia. Pero sólo será  posible con  hombres libres, como tú, que se hagan cargo de la realidad y tomen parte en ella. Hoy queremos abrazar tu encargo, ser cirineos en el mundo de lo público y lo comunitario, en la política de cada día. Asumir la dimensión social y política de nuestro ser ciudadanos y creyentes. Deseamos hacer un mundo según Dios, y esto no lo haremos si no nos dejamos conducir por tu autoridad que nos envía al mundo para construirlo, para hacer la ciudad.

“Mujer, aquí tienes a tu hijo” “Aquí tienes a tu madre”

Dijimos no pedirte nada, que nuestra boca no fuera pedigüeña, pero ahora se nos escapa el deseo como petición. La mirada de hijo y madre en el calvario, y la ternura a borbotones que se respira  en tu corazón crucificado nos obliga a la petición de lo sublime: “Danos, Señor, tu ternura y tus entrañas”. Misericordia, Señor, misericordia. Danos tu mirada y tu palabra oportuna para mostrar tu ternura a los que la necesitan. En la cruz  preocupas por el dolor de quien te acompaña en un amor traspasado,  con un dolor anunciado y aceptado, como voluntad del Padre a favor de los hermanos. Queremos como tú, tener entrañas de consuelo y cuidado, de ternura y entrega para que nadie esté solo ni descuidado. Queremos que en este mundo nuestro,  a  la madre nunca le falte el amor del hijo, y que al hijo nunca le falte la ternura amorosa de la madre. Que todos lleguemos a tener corazón de hijo como tú, y entrañas de madre como ella.

 “Tengo sed”

«De noche, iremos, de noche,

sin luna iremos, sin luna,

que para encontrar la fuente

sólo la sed nos alumbra.»(Luis de Rosales)

Inaudito, el creador de la fuente del agua viva que salta hasta la vida eterna, ahora tiene sed. Sed de mí y de ti, sed de todos. Sed de que seamos salvados, de que todos podamos beber en la fuente de su amor inagotable, sed de dar de beber al sediento, de vestir al desnudo, de consolar al triste, de alimentar al hambriento, de curar al enfermo, de visitar y liberar al encarcelado,  de justificar la vida del pobre dándole la alegría del evangelio… sed, sed de vida en la muerte entregada. No hay quien  pueda dar más  cuando  ya es menos… es nada. Y nosotros estamos sedientos de tener  tu sed, de ser fuente como tú, para que en nosotros puedan encontrar descanso los que están en los desiertos áridos de la vida y del mundo.

“Todo se ha cumplido”

El centurión se ha dado cuenta al verte morir  y Pedro pronto te lo va a decir: “Señor, tú sabes que te quiero”.  La palabra del Padre ha quedado cumplida en tu amor entregado, en tu expiración  de radicalidad en el Espíritu; con tu muerte ha caído todo muro, el cielo y la tierra se han encontrado para la eternidad, ya no pueden permanecer los muertos en la muerte, ya tienen que resucitar. Porque el mártir amado del Padre ha cumplido su palabra, y ahora toda palabra está en el corazón y en la manos del Padre. Sólo queda esperar su fidelidad y misericordia que se hará luz en el hijo amado rompiendo la atadura de la muerte para siempre. Al cumplimiento del hijo amado, corresponde una vida a la medida del corazón del Padre, una vida eterna. Sólo queda esperarla confiados. ¿Cómo no vamos a querer morir contigo, cómo no vamos a desear ser como tú, tener tu palabra, tu corazón, tus manos, tus pies…cómo no querer clavarnos en tu mirada para sentir como tú en medio del mundo?  Ahora ya tú eres nuestro tesoro escondido, que tenemos que gritarlo por la alegría que nos das, ahora tú eres nuestra fuerza; ahora agarrados y abrazados a ti en la cruz queremos que también en nosotros se cumpla la voluntad del Padre  y entre todos sepamos llevar la cruz de nuestra humanidad, limitad y sufriente, hasta la manos del Padre para que la resucite con la fuerza de su corazón que ha explotado  en la lanzada y nos ha dado para siempre el agua que nos purifica y la sangre que nos salva.

Por eso hoy, sólo  presentamos  nuestro deseo al verte y adorarte en la cruz: “Queremos ser como Tú”. Y te hablamos con los versos sentidos y atinados de un corazón joven -Álvaro-  que ha decidido seguirte:

DESCENSO

La mesa puesta, el vino, el pan partido

tu palabra palpitante en la memoria

y al filo del ocaso fugitivo

la silueta que se entrega, silenciosa

a la noche más oscura de la historia.

 

A tu derecha el pórtico vacío

de lenguas disecadas y oblaciones

y a los pies del estandarte de proscrito

la agónica orfandad de las naciones.

 

Desciende de este el árbol que te yergue

hasta los pozos más profundos de los hombres.

 

Desciende por arterias luminosas

que abrazan los latidos silenciados

de los que heredan la intemperie de las horas.

 

Desciende en vertical desde las ramas

hasta el lugar donde claudica, fronterizo

el frío sedimento de la muerte

al caudal de tu savia enamorada.

 

ÁLVARO MOTA MEDINA

(Responsable JEC en Badajoz)

 

 

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