Santa Sede

ONU: Pablo VI, paladín del diálogo entre los pueblos

El compromiso de diálogo de Pablo VI por la paz y el progreso mundiales  

Discurso de monseñor Paul Richard Gallagher en la conmemoración del L aniversario de la visita del beato Pablo VI a las Naciones Unidas (Brescia, 8-10-2015)

Señor ministero de Asuntos Exteriores, señor alcalde, Excelencia, distinguidas autoridades civiles y militares, señoras y señores:
Agradezco ante todo su amable invitación a participar en este «Diálogo entre los pueblos en nombre de Pablo VI», organizado en el marco de las celebraciones del Año Montiniano para conmemorar el cincuentenario de la histórica visita del Beato Pontífice a las Naciones Unidas.
Un año y unos meses después de su subida al solio de Pedro, el 6 de agosto de 1964, el Papa Pablo VI publicó la Encíclica Ecclesiam suam, en la que proponía el diálogo entre la Iglesia y el mundo contemporáneo como uno de los ejes de su pontificado. Impulsado por un amor profundo a la Iglesia de Jesucristo, «madre amorosa de todos los hombres y dispensadora de salvación» (Ecclesiam suam, n. 1), el Beato Pablo VI  quería «aclarar lo más posible a los ojos de todos cuánta importancia tiene, por una parte, para la salvación de la sociedad humana, y con cuánta solicitud, por otra, la Iglesia lo desea, que una y otra se encuentren, se conozcan y se a men» (ídem, n. 2), es decir que dialoguen entre sí. Este diálogo que surge del amor mutuo ha de extenderse después a todos los pueblos.
Pero el diálogo que el Papa deseaba no era una novedad: desde sus orígenes, la Iglesia, querida por Dios como instrumento fundamental del diálogo entre la Trinidad y los hombres, nunca ha dejado de dialogar con las realidades temporales. Al estar en el mundo sin ser del mundo (cf. Ecclesiam suam, nn. 44, 51, 60, etc.; cf. Jn 17, 15-16), la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha dialogado con el mundo para transformar todas las realidades en Jesucristo por medio del amor, y para, a través de él, llevar todas las realidades al Padre (cf. Jn 12, 32 y Ef 1, 10). Sin embargo, en cada momento histórico dicho diálogo ha de ser renovado y replanteado, como respuesta a la evolución de la historia y a las expectativas de los pueblos. Así lo concebía también el Papa Montini, al entablar un diálogo performativo con toda la realidad y con todos los hombres, por el bien de los hombres y por el de la propia Iglesia (cf. ídem, n. 13).
Aun reconociendo que los protagonistas del diálogo Iglesia-mundo son todos los miembros de la Iglesia —jerarquía y fieles cristianos—, y que el campo del diálogo con el mundo es toda la realidad humana (Ecclesiam suam, nn. 19-26), Pablo VI también se planteaba el diálogo entre la Iglesia y el mundo moderno como una particular vocación personal suya (ídem, n. 15), dentro de la cual asignaba un lugar fundamental a la promoción del diálogo entre los pueblos, con vistas a asegurar la paz y un desarrollo humano equitativo.
El Papa Montini consideraba el tema de la paz como un deber imperioso y urgente, puesto de relieve tanto por las profundizaciones doctrinales sobre el papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo como por el desarrollo de las instituciones internacionales, renacidas tras la interrupción provocada por la Segunda Guerra Mundial, y que habían aumentado rápidamente tanto en número como en calidad (ídem, n. 17). El Papa se sentía instado a «contribuir a la educación de la humanidad en los sentimientos y procedimientos contrarios a todo conflicto violento y homicida y favorables a todo pacífico arreglo, civilizado y racional, de las relaciones entre las naciones». De ahí que se declarara igualmente apremiado a « apoyar la armónica convivencia y la fructuosa colaboración entre los pueblos con la proclamación de los principios humanos superiores que puedan ayudar a suavizar los egoísmos y las pasiones —fuente de donde brotan los conflictos bélicos—» (ídem, n. 4). Además, siguiendo las huellas de los pontificados precedentes, se declaraba dispuesto a «intervenir donde se nos ofrezca la oportunidad para ayudar a las partes contendientes a encontrar honorables y fraternas soluciones» (ibídem). Tampoco debemos olvidar, por añadidura, que como telón de fondo de este compromiso por la paz de Pablo VI —y en contraposición a este—, se cernían la amenaza de una guerra nuclear total, una carrera armamentista desenfrenada y las difíciles —y a veces trágicas— «crisis» propias de la Guerra Fría, como la construcción del Muro de Berlín, la crisis de los misiles en Cuba, el inicio de la intervención estadounidense en Vietnam y muchos otros conflictos menores.

Ante el panorama del mundo contemporáneo suyo, el Beato Pablo VI esperaba que su «propósito de cultivar y perfeccionar» el diálogo de la Iglesia con el mundo pudiera «ayudar a la causa de la paz entre los hombres», imponiéndose como «método que trata de regular las relaciones humanas a la noble luz del lenguaje razonable y sincero», y, por parte de la Iglesia,  «como contribución de experiencia y de sabiduría que puede reavivar en todos la consideración de los valores supremos. La apertura de un diálogo […] decide por sí misma en favor de una paz libre y honrosa […]». Dicha apertura, por consiguiente, «no puede menos de denunciar, como delito y como ruina, la guerra de agresión, de conquista o de predominio, y no puede dejar de extenderse desde las relaciones más altas de las naciones a las propias del cuerpo de las naciones mismas y a las bases tanto sociales como familiares e individuales» (Ecclesiam suam, n. 39).

La riqueza que suponen los 15 años del pontificado del Beato Pablo VI es extraordinaria. Fueron muchos sus momentos y sus decisiones que merecerían definirse como históricos, y que, aun significando una gran alegría para la Iglesia y para el mundo, son fruto de un compromiso heroico del Papa, caracterizado a menudo por grandes dolores en su alma. En vez de intentar la imposible empresa de sintetizar todo su pontificado en esta breve intervención, quisiera examinar algunos aspectos relacionados con la actividad internacional de la Santa Sede como parte del gran compromiso de diálogo con el mundo que el Papa Montini propuso desde su elección.
Con este fin, considero útil formular  algunos comentarios sobre dos documentos clave de esa particular visión: el Discurso en las Naciones Unidas, del 4 de octubre de 1965, centrado en el tema de la paz, y la Encíclica Populorum progressio, del 26 de marzo de 1967, cuyo tema central es el desarrollo. Asimismo, quisiera destacar que la acción internacional de los tres pontificados sucesivos de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco se desarrolla siguiendo, en completa sintonía y fidelidad, las directrices trazadas por el Papa Montini. Servirá a este propósito mencionar algunos momentos de la actividad internacional de la Santa Sede que son manifestación y concreción del diálogo con el mundo que quiso Pablo VI.

Hace tan solo unos días, el pasado 25 de septiembre, el Santo Padre Francisco iniciaba su discurso a la LXX Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas remontándose idealmente a la primera visita de un antecesor suyo, y terminaba su discurso también con palabras de esa misma intervención de Pablo VI ante la ONU, citando antes, en varios pasajes de su discurso, las visitas al Palacio de Cristal de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Con ello, el Papa subrayaba la continuidad en las directrices  marcadas por Pablo VI.

Por lo que respecta al diálogo entre Estados y a la construcción de la paz, el memorable mensaje de Pablo VI en 1965 prodría sintetizarse en cuatro puntos propositivos acerca de la propia Organización: a) La ONU proporciona a los Estados, como fórmula de convivencia pacífica, una suerte de «ciudadanía internacional» que se articula en «un sistema ordenado y estable de vida internacional» (Discurso ante la Asamblea General de la ONU, 4-10-1965, n. 2); b) La Organización existe y trabaja para unir a las naciones, para asociar a los Estados, para unir unos con otros, sin dejar fuera a ninguno (ídem, n. 3); c) La ONU debe seguir la fórmula de la igualdad, es decir que ningún Estado debe estar por encima de los demás (ídem, n. 4:); d) El pacto jurídico que une las naciones a la ONU ha de concebirse como un solemne «juramento que debe cambiar la historia futura del mundo»: «¡No más guerra! ¡No más guerra! Es la paz, la paz, la que debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad» (ídem, n. 5).
Sin embargo, el Papa Montini añade otros dos puntos referentes al desarrollo y a la dignidad humana: 1.º) La paz no se construye solo con la política y con el equilibrio de las fuerzas y de los intereses, sino con el espíritu, con las ideas, con las obras de la paz. La «cima positiva» de la ONU es que «aquí no se obra solo  para conjurar los conflictos entre los Estados, sino también para hacer a los Estados capaces de laborar unidos en favor de los otros […]». Se trabaja para el desarrollo y se trabaja por «los derechos y los deberes fundamentales del hombre, su dignidad, su libertad y, ante todo, su libertad religiosa». De esta manera, según Pablo VI, la comunidad internacional organizada interpreta la esfera superior de la sabiduría humana a incluso la sacralidad del hombre (ídem, n. 6); 2.º) El diálogo internacional trata, «ante todo», de la «vida del hombre, y la vida del hombre es sagrada: nadie puede atentar contra ella». «Incluso en lo que concierne al problema de la natalidad, es donde el respeto a la vida debe encontrar su más alta profesión y su más razonable defensa» (ídem, n. 6).

Se percibe con claridad que el Discurso de Pablo VI en la ONU constituye una pauta que regirá también las palabras a las Naciones Unidas de Juan Pablo II, de Benedicto XVI y de Francisco. Esas palabras de octubre de 1965 son también las directrices conforme a las cuales se ha planteado toda la actividad internacional de la Santa Sede hasta la actualidad.

En relación con el desarrollo y con la actividad de la Santa Sede, cabe recordar que la segunda parte de la Encíclica Populorum progressio, titulada «El desarrollo solidario de la humanidad», en continuidad con el Discurso en la ONU, sugería líneas tan claras como concretas para trabajar por la fraternidad los unos con los otros (cf. ídem, n. 2). Haciendo gala de una notable comprensión de las relaciones económicas, el Santo Padre señalaba las finanzas y el crédito, por un lado, y el comercio internacional, por otro, como  ámbitos prioritarios de la acción común (Populorum progressio, nn. 43-65).

Los pueblos han de poner sus riquezas al servicio de todos (ídem, nn. 48-49), y el instrumento adecuado para ese fin sería un gran fondo mundial, alimentado por lo superfluo de las naciones ricas y, sobre todo, por la contención de los gastos militares. Ello brindaría a los Estados una asistencia financiera generosa y equitativa, sin intereses o con intereses mínimos, evitando que se vean ahogados por las deudas. Tales créditos quedarían garantizados por el control de su utilización sobre la base de planes acordados, instaurándose así una «una colaboración voluntaria, una participación eficaz de los unos con los otros, en una dignidad igual para la construcción de un mundo más humano» (ídem, n. 54).
En materia de comercio internacional, la Populorum progressio conserva, cincuenta años después, notable actualidad. Señalaba, en efecto, Pablo VI que «los esfuerzos, aun considerables, que se han hecho para ayudar en el plano financiero y técnico a los países en vía de desarrollo, serían ilusorios si sus resultados fuesen parcialmente anulados por el juego de las relaciones comerciales entre los países ricos y entre los países pobres» (ídem, n. 56). «Las naciones altamente industrializadas exportan sobre todo productos elaborados, mientras que las economías poco desarrolladas no tienen para vender más que productos agrícolas y materias primas. Gracias al progreso técnico, los primeros aumentan rápidamente de valor y encuentran suficiente mercado. Por el contrario, los productos primarios que provienen de los países subdesarrollados, sufren amplias y bruscas variaciones de precios, muy lejos de esa plusvalía progresiva. De ahí provienen para las naciones poco industrializadas grandes dificultades» (ídem, n. 57).

Es menester, por lo tanto, un sistema de intercambios comerciales internacionales, basado en tratados y acuerdos específicos, que «restablezca entre las partes al menos una cierta igualdad de oportunidades» y que pueda «crear desde ahora una igualdad real en las discusiones y negociaciones. Aquí también serían útiles convenciones internacionales de radio suficientemente vasto», que establezcan «normas generales con vistas a regularizar ciertos precios, garantizar determinadas producciones, sostener ciertas industrias nacientes». «Tal esfuerzo común hacia una mayor justicia en las relaciones comerciales entre los pueblos aportaría a los países en vías de desarrollo una ayuda positiva, cuyos efectos no serían solamente inmediatos, sino duraderos» (ídem, n. 61).

Es sabido, además, que el Papa Montini consideraba el nacionalismo y el racismo como obstáculos fundamentales para la construcción de una comunidad internacional solidaria, basada en la Carta de las Naciones Unidas, en un sistema normativo internacional financiero y comercial equitativo y multilateral y en el respeto de los derechos humanos (ídem, nn. 62-63).

Desde el pontificado de Pablo VI hasta la fecha, la historia nos presenta una contraposición constante entre los innumerables esfuerzos por construir y mantener la paz y por fomentar el desarrollo y los igualmente innumerables obstáculos que se les van poniendo. En un primer momento, hubo la confrontación ideológica entre el comunismo y el Occidente capitalista, apuntada en la Ecclesiam suam (nn. 103-105). Después, una vez caídos los muros y vuelta políticamente irrelevante la confrontación ideológica, el resurgimiento de los nacionalismos, de los racismos y de presuntas guerras «culturales». Desde el punto de vista de la Santa Sede, por el contrario, la concordia y la vida pacífica entre los pueblos basada en la supremacía del derecho, en unas relaciones económicas inspiradas en un desarrollo solidario y en el respeto de los derechos humanos, sigue siendo una orientación perenne, parcialmente alcanzada pero siempre pendiente de mejora y de profundización. Si, desde esta perspectiva, se releen los discursos en las Naciones Unidas de Juan Pablo II (en dos ocasiones), de Benedicto XVI y del Papa Francisco, así como las grandes Encíclicas sociales de los sucesores de Pablo VI —la última, Laudato si’—, se halla con facilidad una honda sintonía y continuidad  con la acción y con las enseñanzas del Papa Montini.

En su recentísima intervención en la ONU, el Santo Padre, evocando las palabras pronunciadas hace cincuenta años por su antecesor, reiteró la petición de una participación auténtica y de una influencia real y equitativa de todos los Estados en las decisiones de la ONU y de otros organismos multilaterales, especialmente en el Consejo de Seguridad y en los organismos económicos, que han de servir para el desarrollo sostenible de todos. Recordó que el cometido de las Naciones Unidas debe considerarse como desarrollo y promoción de la soberanía del derecho, porque la justicia es requisito indispensable para la realización del ideal de la fraternidad universal. El Papa, mencionando la Agenda 2030 para el Desarrollo, recordó la necesaria conexión entre desarrollo y paz, e invitó a los Estados a la concreción, para asegurar a todos el acceso a la alimentación necesaria, a la vivenda y a un trabajo digno, junto con los derechos humanos fundamentales, entre los que figuran la libertad religiosa y el derecho de las familias y de la Iglesia a educar. En plena sintonía con Pablo VI, también el Papa Francisco condenó todo tipo de guerra, con inclusión, en la actualidad, del terrorismo y de las guerras fomentadas por el narcotráfico, y pidió un compromiso renovado a favor de un mundo sin armas nucleares, en el que tenga plena aplicación el Tratado de No Proliferación.

La acción internacional de Pablo VI tuvo también otra importante manifestación, de carácter más técnico y, por lo tanto, menos conocida en sus detalles, pero igualmente importante: me refiero a la presencia internacional de la Santa Sede; presencia que conoció, a partir del pontificado del Papa Montini, un crecimiento y una consolidación decisivos.

Como es sabido, la presencia internacional de la Santa Sede como sujeto soberano e independiente de derecho internacional tiene orígenes antiguos, pero, a partir de 1945, con el desarrollo de las organizaciones internacionales, la Santa Sede ha tenido una presencia cada vez mayor en el ámbito multilateral. Ya como colaborador de Pío XII, monseñor Giovanni Battista Montini desempeñó un importante papel a la hora de favorecer la evolución de dicha presencia, que se reforzó a raíz de su elección al solio de Pedro, siguiendo las líneas trazadas en la Ecclesiam Suam, en su Discurso en la ONU del 4 de octubre de 1965 y en la Populorum progressio.

Ya en 1964, la Santa Sede se acreditó como «Estado observador» en el seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas. En aquel mismo año, la Santa Sede participó activamente, en calidad de miembro, en la I Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad), convertida más tarde en órgano permanente de la Asamblea General. Resulta interesante ver la coincidencia entre las ideas fundacionales  de la Unctad y sus primeros programas, por un lado, y, por otro, las orientaciones que sobre el comercio internacional proporcionan los números 56-64 de la Populorum progressio. Y es que la Unctad , particularmente en sus primeras grandes sesiones (1964, 1968, 1972), intentó crear un marco jurídico general para el comercio internacional, orientado a equilibrar las desventajas de los países más pobres. Procuró, asimismo, convertirse en plataforma para las negociaciones comerciales multilaterales y para la promoción de acuerdos regionales. La Santa Sede, que sigue siendo miembro del Unctad, colaboró activamente en el diseño del así llamado «sistema de preferencias generalizadas». Aun cuando, debido a varios factores —entre los que figura el nacionalismo que denunció Pablo VI—, la Unctad no logró culminar sus grandes objetivos, y muchas de sus funciones han sido suprimidas de hecho o absorbidas por la Organización Mundial del Comercio (OMC), creada en 1994, la Santa Sede, también mediante su presencia como Observador en la OMC desde 1998, ha seguido colaborando activamente, en la medida de sus posibilidades y de su propia naturaleza, en la constitución de un sistema comercial favorable al desarrollo de los países más  desfavorecidos.

En la época de la Populorum progressio, ya existía el Grupo de Organizaciones del Banco Mundial (Grupo del Banco Mundial, o Banco Mundial a secas), fundado en 1944 para prestar asistencia a los Estados devastados por la guerra. Con todo, las audaces y previsoras propuestas de Pablo VI no han hallado, en la comunidad internacional, un eco proporcional al que tuvieron en materia comercial. El Banco Mundial nunca ha sido dotado, por parte de los Estados, de los recursos suficientes para actuar en el sentido sugerido por el Papa Montini; antes al contrario, durante las últimas décadas del siglo pasado, se convirtió,  más bien, en una de las causas del grave problema de la deuda de los países más pobres. San Juan Pablo II retomó con fuerza las orientaciones de Pablo VI, con su vehemente e insistente petición de condonación o de reducción sustancial de la deuda exterior de los países más pobres. Así, en torno al año 2000, se logró mantener un diálogo entre la Santa Sede y las autoridades del Banco Mundial, especialmente con vistas al diseño y a la promoción del programa internacional  PPME (Países Pobres Muy Endeudadoa). Y, en recentísimo discurso ante la ONU, también el Santo Padre Francisco volvió a afrontar con decisión este problema.

La acción internacional de la Santa Sede a favor de la paz, del desarrollo y de los derechos humanos no se redujo a su adhesión a la Unctad, sino que, a lo largo de los 15 años del pontificado de Pablo VI, adquirió la forma de un «diálogo» a todo nivel. Durante aquellos años, la Santa Sede se adhirió —a veces como miembro y más a menudo como observador— a muchos organismos internacionales y a muchas convenciones.  En particular, en 1967 la Santa Sede acreditó a un observador ante la Oficina de las Naciones Unidas de Ginebra. Sucesivamente, empezó a participar como observador en las sesiones del Ecosoc (Consejo Económico y Social de la ONU), en las comunisiones económicas regionales del propio Ecosoc y en muchos organismos especializados, entre los que figuran la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Mundial de la Salud.
Como parte de la acción internacional impulsada por Pablo VI, la Santa Sede participó en las dos grandes conferencias diplomáticas para la codificación del derecho internacional: la Conferencia de Viena sobre el Derecho Diplomático y la Conferencia de Viena sobre el Derecho de los Tratados, convirtiéndose después en parte de ambas convenciones.  A ese mismo período se remonta también la presencia de la Santa Sede en las organizaciones regionales más importantes, como el Consejo de Europa y la Organización de Estados Americanos. Igualmente a los años entre 1963 y 1978 se remonta su participación en el desarrollo del sistema internacional de protección de los derechos humanos con su adhesión a la Convención contra la Discriminación Racial, al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares y su participación en la Conferencia para la Cooperación y la Seguridad en Europa.

El Beato Pablo VI, a raíz de los propósitos que expresó en la Encíclica Ecclesiam suam (n. 110), siguió desarrollando los esfuerzos iniciados por Juan XXIII y encaminados a la apertura hacia los países de la Europa oriental, añadiendo al objetivo del reconocimiento de los derechos de la Santa Sede el deseo de promover la libertad religiosa —con inclusión de la libertad de la Iglesia católica— y de favorecer la paz y la concordia entre los pueblos. El Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, ratificado por la Santa Sede el 25 de febrero de 1971, forma parte de los esfuerzos de contención de la carrera nuclear y, en general, de la carrera armamentista, pero también sirvió para establecer cauces de diálogo con las autoridades de la URSS.

La participación común de la Santa Sede y de la Unión Soviética en algunos tratados multilaterales suponía ya un reconocimiento jurídico internacional de la Santa Sede por parte de la Unión, así como una oportunidad de diálogo. Con todo, la importancia política del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares estriba en que, junto con la Conferencia de Helsinki, introduce a la Santa Sede como actor en el centro de las negociaciones políticas de la Guerra Fría y justifica un diálogo directo con las autoridades soviéticas. Es sabido que el cardenal Casaroli se desplazó personalmente a Moscú para entregar el instrumento de ratificación, y fue recibido oficialmente por dichas autoridades.
Pablo Vi quería que el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares se interpretara de manera progresiva, es decir que implicara la asunción de compromisos adicionale, en particular: a) La paridad de acceso a las aplicaciones pacíficas de la tecnología nuclear a favor de los Estados parte que no son potencias nucleares; b) la continuación de las negociaciones con vistas a un programa de desarme general y completo. En línea con esta ambiciosa perspectiva que la Santa Sede asignó a dicho Tratado, esta pidió una aceleración de las negociaciones  con el fin de obtener resultados rápidos y concretos, así como un borrador de acuerdo a presentar a la Conferencia sobre Desarme en relación con el desarme nuclear, la prohibición de armas químicas y bacteriológicas, la limitación de las armas convencionales y un programa de desarme general y completo sometido a un riguroso control internacional. Tales propuestas trazaron así, de hecho, un plan de trabajo de la Santa Sede que se manifestaría después, durante el pontificado de Juan Pablo II, en su participación activa en las negociaciones y en la adhesión a los más importantes tratados de desarme (1).

Análogamente, la que es en la actualidad la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) constituye la consolidación de un proceso iniciado en 1969 con una serie de negociaciones y de reuniones por la paz, la seguridad y la cooperación en Europa: fueron sus protagonistas los dos bloques contrapuestos, occidental y comunista,  y el resultado de ello fue la adopción del Acta Final de Helsinki, en agosto de 1975. Dicho proceso contó con una activa participación de la Santa Sede, bajo el signo de ese diálogo internacional que quiso y fomentó Pablo VI, quien ni siquiera excluía el diálogo con las autoridades del bloque comunista (Ecclesiam suam, n. 110).

La Santa Sede, considerada de manera análoga a un Estado, recibió una invitación del Pacto de Varsovia, que Pablo VI supo aceptar con rapidez. La Santa Sede, con su participación activa en el proceso de Helsinki, desde 1969 hasta 1975, consiguió que el Acta de Helsinki pusiera las bases para un ejercicio mínimo de la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión o de credo religioso para los ciudadanos de la Europa oriental.
La firma del Acta Final, en cambio, demostró el interés de la Santa Sede en no permanecer ajena a una iniciativa de cooperación, de paz, de desarrollo, a la que se adhirió la práctica totalidad de los Estados europeos. Además, la participación de la Santa Sede no quedó circunscrita al proceso de Helsinki, sino que constituyó una modalidad concreta  de interpretar, en un contexto histórico inédito, marcado por la contraposición de dos bloques a escala europea y mundial, su misión en el mundo al servicio de la paz y de la seguridad en Europa. Tras la firma del Acta de Helsinki, Pablo VI expresó, en particular, el apoyo de la Santa Sede a las resoluciones de la Conferencia referentes a la defensa de los derechos y de las libertades fundamentales del hombre como pilares para asegurar a Europa una paz estable y una cooperación mutua. Hoy se aprecia fácilmente cómo la acción de paz de Pablo VI, en parte incomprendida en su momento, fue una de las causas del proceso que culminó en 1989 con la caída del Muro de Berlín.

Al encaminarme ya hacia la conclusión de esta intervención mía, deseo recordar la reciente intervención del Papa Francisco en la ONU, que, evocando las palabras de Pablo VI, formulaba propuestas concretas para la actual coyuntura histórica. Decía el Papa Francisco: «Quisiera ahora que mis palabras fueran especialmente como una continuación de las palabras finales del discurso de Pablo VI, pronunciado hace casi exactamente 50 años, pero de valor perenne, cito: “Ha llegado la hora en que se impone una pausa, un momento de recogimiento, de reflexión, casi de oración: volver a pensar en nuestro común origen, en nuestra historia, en nuestro destino común. Nunca, como hoy, […] ha sido tan necesaria la conciencia moral del hombre, porque el peligro no viene ni del progreso ni de la ciencia, que, bien utilizados, podrán […] resolver muchos de los graves problemas que afligen a la humanidad” (Discurso a los Representantes de los Estados, 4-10-1965). La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada.Tal comprensión y respeto exigen un grado superior de sabiduría, que acepte la trascendencia —la de uno mismo—, renuncie a la construcción de una elite omnipotente, y comprenda que el sentido pleno de la vida singular y colectiva se da en el servicio abnegado de los demás y en el uso prudente y respetuoso de la creación para el bien común. Repitiendo las palabras de Pablo VI, “el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo” (ibíd.)».

(1) Se trata de la Convención sobre la prohibición   o restricción del empleo de algunas armas convencionales que pueden considerar excesivamente dañinas o tener efectos indiscriminados; la Convención  sobre la prohibición de empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersona y sobre su destrucción; el Tratado sobre la proscripción total de pruebas nucleares, y la Convención sobre la prohibición de desarrollo, fabricación y almacenamiento de armas bacteriológicas (biológicas) y tóxicas y sobre su destrucción.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCELSIA)

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