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Omella, en la beatificación de Joan Roig: «Quería transformar la sociedad, pero no desde la violencia, sino desde el Evangelio»

La Sagrada Familia de Barcelona ha acogido en la mañana de este sábado 7 de noviembre la ceremonia de beatificación del joven barcelonés Joan Roig Diggle, asesinado por odio a la fe el 12 de septiembre de 1936. La ceremonia ha sido presidida por el arzobispo de la Ciudad Condal, Juan José Omella, y concelebrada por el arzobispo emérito Lluis Martínez Sistach y el nuncio apostólico en España Bernardito Auza, amén de un nutrido grupo de sacerdotes y diáconos. Cumpliendo con las disposiciones dictadas por las autoridades para garantizar la seguridad, el aforo del templo ha sido limitado a un reducido grupo de fieles, aunque la celebración ha podido ser seguida también a través de los medios de comunicación: la web diocesana, 8TV, Radio Estel y Radio María. Entre los asistentes había familiares del nuevo beato y miembros de la «Asociación de Amigos de Joan Roig», que fue la que promovió su causa hace unos treinta años.

Tras las lecturas (Segundo Libro de los Macabeos, Carta de San Pablo a los Romanos y el Evangelio de san Juan sobre el grano de trigo que cae a tierra y muere), el arzobispo de Barcelona ha comenzando su homilía recordando que el Papa Francisco aprobó el decreto de beatificación el 3 de octubre de 2019 y que el del joven Joan es un gran «testimonio de amor a Cristo y a los hermanos».

«Era un joven normal que tenía los gustos y aficiones propios de su edad. Su padre era un hombre emprendedor y tenaz que trabajaba en una empresa textil y su madre (inglesa) era hija de un ingeniero industrial afincando en Barcelona», ha señalado. La familia del nuevo beato era profundamente creyente y dio a sus cuatro hijos una sólida formación cristiana. De niño, Joan tenía la ilusión de llegar a ser un día un sacerdote enamorado de la Eucaristía y un apóstol de los obreros.

Según su director espiritual, el ya beato era «un revolucionario cristiano». Su hermana Lourdes recuerda su malestar cuando viajaba en tren y veía cómo los fogoneros tenían que trabajar duramente para ganar un mísero jornal, mientras los ricos se divertían en las playas sin tener en cuenta el sufrimiento de las clases más humildes. «Nuestro joven mártir —ha dicho el cardenal— supo reconocer “la existencia de un anhelo de justicia social” en el seno de la sociedad. Joan, consciente de esta situación, similar a la que actualmente nos toca vivir, quería transformar la sociedad, pero no desde la violencia, sino desde el Evangelio que se concreta en la Doctrina Social de la Iglesia».

No obstante, pronto tuvo que abandonar su ilusión de ordenarse sacerdote porque su padre se arruinó y él tuvo que ponerse a trabajar con 14 años como dependiente en una tienda de ropa del barrio del Poble Sec.

«Que Dios os perdone como yo os perdono»

Cinco años después, con 19, Joan era asesinado por odio a la fe. Para entonces la familia se había trasladado ya a Masnou y el nuevo beato pertenecía a la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña, siendo vicepresidente del Consejo Comarcal de la Federación del Maresme. Era, además, un líder nato, y al estallar la guerra eso lo convirtió en objetivo. Joan encontró la muerte martirial en la noche del 11 de septiembre de 1936, menos de dos meses después del alzamiento. Los milicianos fueron a buscarlo a su casa. Él, que como los primeros cristianos no podía vivir sin la Eucaristía, comulgó poco antes de ser apresado, pudiendo así tranquilizar a su madre diciéndole: «Dios está conmigo».

Sus captores lo condujeron al cementerio de Santa Coloma de Gramanet y le asestaron cinco tiros en el corazón y uno de gracia en la nunca. Las últimas palabras salidas de sus labios fueron: «Que Dios os perdone como yo os perdono». Uno de sus biógrafos asegura que «el único motivo por el que lo mataron fue por ser católico», y que él «murió porque no tenía miedo de defender a Cristo».

Modelo de vida cristiana en nuestra sociedad

«¿Qué podemos aprender de su testimonio? ¿Qué nos puede enseñar a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo?», se ha preguntado Omella, antes de responder: «Joan Roig puede ser un modelo de vida cristiana para los jóvenes y adultos de nuestra sociedad. Su testimonio puede suscitar en nosotros el deseo de seguir a Cristo con alegría y generosidad. (…) Joan fue un joven cristiano de corazón y de hechos. Vivía una profunda amistad con Jesús. Cristo era la fuente que alimentaba todas sus palabras, todas sus relaciones, todos sus proyectos».

El arzobispo barcelonés ha comentado igualmente que cuantos lo conocieron quedaban impresionados por su «profunda vida espiritual», destacando «su profundo amor por la Eucaristía», que era para él «el alimento que fortalecía su fe y su esperanza».

Este nuevo beato —ha concluido el purpurado de Cretas (Teruel)— «nos enseña que todos los cristianos estamos llamados a vivir nuestra fe en comunidad. Nadie construye solo su propia fe. La fe cristiana es esencialmente comunitaria».

Al finalizar la Eucaristía, que ha coincidido con el décimo aniversario de la dedicación de la basílica al culto por el Papa Benedicto XVI, el cardenal Omella ha anunciado también el comienzo de las obras de la Residencia Benedicto XVI para personas discapacitadas.

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