Opinión

Odium Dei, por Fidel García Martínez

Odium Dei, por Fidel García Martínez

Es una evidencia que no necesita demostración que el odio a la Iglesia Católica crece de forma exponencial en cantidad y en maldad. Uno de los tópicos de lo políticamente correcto es mofarse de forma cáustica y corrosiva de todo lo católico: moral, dogma y actos de culto públicos y privados. Lo mismo se profanan capillas universitarias con humildes fieles dentro de la forma más obscena y rebuscada; que se las amenaza con reducirlas a cenizas; se comenten sacrilegios profanando sagrarios y desparramando por los suelos los sagradas formas consagradas, que se utilizan los rosarios con las más obscenas metáforas.

Lo que hace unas décadas era propio de intelectuales progres, que criticaban como irrelevantes las manifestaciones populares de religiosidad católica: novenas, procesiones hasta las primeras comuniones, por no citar a las bodas canónicas que se consideraban actos puramente sociales, que según algunos sociólogos laicos o clérigos postconciliares, era modas burguesas con residuos mágicos que había que combatir y desacralizar. Es praxis común en políticos en cuanto llegan al poder sea municipal o autonómico

Las cosas hoy son muy graves porque según lo políticamente correcto de ideólogos politizados y políticos ideologizados el laicismo (odium dei) debe imponerse en la sociedad civil porque España ha dejado de ser católica, como prometía Azaña en los duros tiempos republicanos de los años 20 y 30 del siglo pasado, lo que condujo a una persecución religiosa contra La Iglesia Católica como nunca se había conocido en España desde que los Reyes Católicos forjaron la Unidad Nacional, hoy duramente cuestionada por fuerzas radicales, separatistas y antisistema. Se puede decir que la famosa cuestión religiosa de la que escribió Ortega, vuelve a plantearse hoy de forma improcedente por partidos tanto liberales como social-comunistas. Venga o no a cuento lo primero que se les ocurre a algunos políticos es cuestionar la presencia de la Iglesia como sociedad perfecta con sus fines y estructuras distintas de la sociedad civil-política, pero complementarias. Se debe cuestionar todo lo que tenga relación con la Fe católica: los conciertos educativos, la presencia de los sacerdotes en las cárceles o en los hospitales; la religión en la escuelas; las festividades religiosas deben ser suprimidas por otras que inventen los políticos de turno sin más fundamento que su fobias anticatólicas. Los acuerdos Estado Español y Santa Sede deben ser derogados y suprimidos Todos símbolos religiosos deben desaparecer de la vida española, lo que significaría erradicar lo más importantes de su cultura española que no se puede entender sin las raíces católicas. Se ataca a la Iglesia Católica mientras se pide tolerancia para cualquier secta o creencia sea cual sea y lo que pretenda. En algunos partes se favorecen a otras confesiones para perjudicar a la Iglesia Católica. Esta osadía y fobia anticatólica se manifiesta en querer arrebatar los templos de los que es propietaria la iglesia Católica por parte de socialistas en Córdoba o de podemitas en Zaragoza.

Para justificar esta clara fobia anticatólica se recurre a tópicos tan inconsistentes como la oposición ciencia y fe. La religión será desbancada por la ciencia algo que ya había afirmado el positivismo y que no se ha verificado. Además las ciencias sociales podrán explicar toda la realidad humana, sin recurrir a Dios. Son tópicos que se repiten en los proyectos educativos que están vigentes en todas las fases del sistema educativo desde la base hasta la cumbre. Hoy la crítica se dirige de forma directa y sistemática hacia la religión en sí.   El hombre postmoderno odia lo que le molesta, le entristece. Le perece intolerable que algo o alguien ponga límites a sus ansias de hacer de su propio yo, un ídolo al que todos deben servir y nadie se puede oponer. El hombre político endiosado de enfrenta a Dios y no tolera que nadie le prohíbe nada ni lo amenace con nada, por eso si es necesario se opone a su Creador y reniega de él llegando a lo que llamaba Tomas de Aquino odium Dei, lo que conlleva que el mismo Dios y la religión aparezcan como algo odioso que se debe atacar hasta hacerlos desaparecer de las sociedades donde están presentes. Es la gran tentación diabólica de siempre jugar a ser dios, contra su el Creador lo que han intentado e intentado los regímenes políticos autoritarios y fascistas basados en la culto a la fuerza y el culto al líder que se diviniza.

Fidel García Martínez, Doctor Filología Románica Catedrático Lengua Literatura Primer Premio “María Zambrano”

Avilés Asturias

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