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Santa Sede

Obispos de Portugal en visita ad Limina con el Papa Francisco

¿Dónde escondemos al Jesús que está siempre con nosotros?

Discurso del Papa Francisco a los obispos de la Conferencia Episcopal Portuguesa con ocasión de su visita «ad limina Apostolorum» (7-9-2015)

Venerado Cardenal Patriarca, queridos hermanos en el episcopado:

Con fraternal alegría os recibo y saludo en este vuestro encuentro colegial  con el Sucesor de Pedro, pidiéndoos que trasladéis a todos los miembros de vuestras circunscripciones eclesiásticas mis más cordiales saludos, junto con mis deseos de gran serenidad y confianza en el Señor. Cuando las dificultades parecen  ofuscar las perspectivas de un futuro mejor; cuando experimentamos el fracaso y el vacío a nuestro alrededor, es el momento de la esperanza cristiana, basada en el Señor resucitado y acompañada de un amplio esfuerzo caritativo en favor de los más necesitados. Me alegra mucho ver que la Iglesia que está en Portugal es solidaria y solícita con la suerte de su pueblo, como, por cierto, acaba de referir vuestro presidente, el cardenal Manuel Clemente, en las amables palabras de saludo que me ha dirigido y que le agradezco, invitándoos por mi parte a perseverar juntos en el camino del anuncio de la salvación de Jesucristo.

Veo con esperanza crecer la sinodalidad como opción de vida pastoral en vuestras Iglesias particulares, y que procuráis implicar al mayor número posible de sus miembros en la obra incesante de evangelización y de santificación de los hombres. Deseo expresaros mi aprecio por el celo pastoral y por las numerosas iniciativas que habéis emprendido, tanto individualmente como en calidad de Conferencia, durante los años transcurridos desde la Visita ad Limina de 2007; años que tuvieron un momento culminante en la acogida que reservasteis al Papa Benedicto XVI en mayo de 2010. De gran utilidad por su realismo interpelador se reveló el sucesivo sondeo general sobre la fe y las creencias de vuestro pueblo, que tuvo una primera respuesta  general en vuestra Nota pastoral titulada Promover la renovación de la pastoral de la Iglesia en Portugal (abril de 2013)  con los «caminos —son vuestras palabras—  que ahora nos proponemos recorrer para saber llevar mejor a Cristo hasta nuestros hermanos y a nuestros hermanos hasta Cristo».

Una Iglesia serena y guiada por el sentido común

De vuestros informes quinquenales he podido deducir, con verdadera satisfacción, que las luces superan las sombras: la Iglesia que vive en Portugal es una Iglesia serena, guiada por el sentido común, escuchada por la mayoría de la población y por las instituciones nacionales, aun cuando no siempre se siga su voz; el pueblo portugués es bueno, hospitalario, generoso y religioso; ama la paz y quiere la justicia; cuenta con un episcopado fraternalmente unido; tiene sacerdotes, preparados espiritual y culturalmente, que desean dar un testimonio cada vez más coherente de una vida interior vivida de manera evangélica, al estar enraizada en la oración y en la caridad; dispone de consagrados y consagradas que, fieles al carisma de sus respectivos fundadores, manifiestan a la sociedad contemporánea el valor perenne de su entrega total a Dios mediante los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, y colaboran en la pastoral de conjunto de cada una de las Iglesias particulares, siguiendo las directrices del documento Mutuæ relationes; tiene laicos que expresan, con su vida en el mundo, la presencia eficaz de la Iglesia con vistas a una auténtica promoción humana y social de la nación, recordando la siguiente indicación del Concilio Vaticano II: «El apostolado en el medio social, es decir, el esfuerzo por llenar de espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes, y las estructuras de la comunidad en que uno vive, hasta tal punto es deber y carga de los laicos, que nunca lo pueden realizar convenientemente otros. En este campo, los laicos pueden ejercer perfectamente el apostolado de igual a igual. En él cumplen el testimonio de la vida por el testimonio de la palabra. En el campo del trabajo, o de la profesión, o del estudio, o de la vivienda, o del descanso, o de la convivencia son muy aptos los laicos para ayudar a los hermanos» (Apostolicam actuositatem, n. 13). En semejante consonancia de intentos por vivir la comunión en la Iglesia y por contribuir a la presencia de esta en el mundo, se abren muchos espacios para iniciativas adecuadas, particularmente para cuantos desean vivir la experiencia del voluntariado en los ámbitos de la catequesis, de la cultura y de la asistencia amorosa a sus propios hermanos pobres, marginados, discapacitados, ancianos.
Mientras me congratulo profundamente por todo esto, os exhorto a proseguir en el empeño de una evangelización constante y metódica, firmemente convencidos de que una formación auténticamente cristiana de la conciencia constituye una ayuda inmensa e indispensable también para la maduración social y para un bienestar auténtico y equilibrado en Portugal. Confiando vivamente en Dios, no os desaniméis ante situaciones que suscitan perplejidad y os causan amargura, tales como ciertas parroquias estancadas y necesitadas de reavivar la fe bautismal que despierte en el individuo y en la comunidad un auténtico espíritu de misión; parroquias  en ocasiones centradas y cerradas en «su» párroco, a las que la falta de sacerdotes, además, impone una apertura a una lógica más dinámica y eclesial en la comunión; algunos sacerdotes que, tentados por el activismo pastoral, no cultivan la oración y la profundidad espiritual, factores esenciales para la evangelización; un gran número de adolescentes y de jóvenes que abandonan la práctica cristiana una vez recibido el sacramento de la confirmación; un vacío en la oferta parroquial de una formación cristiana juvenil posconfirmación, formación que podría impedir en gran medida futuras situaciones familiares irregulares; por último, la necesidad de conversión personal y pastoral de pastores y fieles, hasta que todos puedan decir con verdad y alegría: «La Iglesia es nuestra casa».

Jesús camina con el joven

Mis queridos hermanos: No puede dejar de preocuparnos toda esta desbandada de la juventud, que tiene lugar precisamente en la edad en la que le es dado tomar las riendas de su propia vida. Preguntémonos: ¿La juventud abandona porque así lo decide? ¿Así lo decide porque no le interesa la oferta recibida? ¿No le interesa la oferta porque esta no da respuesta a las cuestiones y a los interrogantes que hoy la inquietan? ¿O no será, simplemente, porque hace mucho que el traje de la primera comunión dejó de servirle y se mudó de ropa? ¿Es posible que la comunidad cristiana  insista en vestirla? Su amigo de aquel entonces, Jesús, también creció, tomó la vida en sus propias manos —no sin alguna incomprensión por parte de sus padres (cf. Lc 2, 48-52)— y abrazó los designios del cielo sobre sí, llevándolos a cabo con un abandono completo en manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Recuerdo que, en un momento de crisis y vacilación por el que atravesaron sus amigos y seguidores, muchos de los cuales acabaron desertando, Jesús preguntó a los Doce: «“¿También vosotros queréis marcharos?”. Simón Pedro le contestó: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”» (Jn 6, 67-69). La propuesta de Jesús los convenció; hoy, nuestra propuesta de Jesús no convence. Creo que, en los guiones preparados para los sucesivos años de catequesis, la figura y la vida de Jesús están bien presentadas; lo que tal vez se revela más difícil es encontrarlo a él en el testimonio de vida del catequista y en el de la comunidad entera que lo envía y apoya, fundamentada en las palabras de Jesús: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20). De que él está con nosotros, ninguna duda cabe; pero ¿dónde lo escondemos? Porque, si la propuesta es Jesucristo crucificado y redivivo en el catequista y en la comunidad; si este Jesús se pone a caminar con el joven y habla a su corazón, este, con toda seguridad, se enardece (cf. Lc 22, 15. 32).
Jesús camina con el joven… Por desgracia, al pensamiento dominante actual, que considera al ser humano como aprendiz de creador de sí mismo y totalmente ebrio de libertad, le resulta difícil  aceptar el concepto de vocación, en su sentido elevado de una llamada que llega a la persona de parte del Creador de su propio ser y de su propia vida. La verdad es, sin embargo, que Dios, al crearnos indudablemente libres en nuestra existencia, predispone, en cierto sentido, nuestra esencia, al pensarla y dotarla de las capacidades requeridas para una misión concreta al servicio de esta humanidad a la que ama. Y nos ama demasiado como para abandonarnos al azar y a la ausencia de bien. De este modo, nuestra felicidad queda absolutamente supeditada a que individuemos y sigamos el llamamiento con vistas a dicha misión.  Semejante libertad de lo más íntimo de nuestro ser, predispuesta para un determinado bien, el mundo la define como una contradicción, y, con arreglo a su cálculo de probabilidades, no vislumbra posibilidad alguna de que recalemos en el lugar exacto que un ser infinito nos habría asignado. Pero el mundo se engaña, ya que «el Señor mira la humildad de su esclava […] y ha hecho obras grandes en [ella]». Estas palabras traducen la certeza de una joven bienaventurada, pero que veía que la misma misericordia que Dios  había tenido con ella «llega a sus fieles de generación en generación» (cf. Lc 1, 48-50).

Pasar del modelo escolar al catecumenal

Y no hay motivo alguno para que una persona, fuere quien fuere, se excluya a sí misma de esta tierna mirada de Dios sobre su humilde criatura. «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49, 15). Jesús camina con el joven… Al catequista y a la comunidad se les pide pasar del modelo escolar al catecumenal: no solo conocimientos cerebrales, sino encuentro personal con Jesucristo, vivido en una dinámica vocacional según la cual Dios llama y el ser humano responde: «El Señor me llamó desde el vientre materno […] como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel: he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza» (Is 49, 15). La Iglesia que está en Portugal necesita jóvenes capaces de responder a Dios que los llama, para que haya de nuevo familias cristianas estables y fecundas, para que haya de nuevo consagrados y consagradas que lo den todo a cambio del tesoro del Reino de Dios, para que haya de nuevo sacerdotes que se inmolen con Cristo por sus hermanos y hermanas. Tenemos a tantos jóvenes desempleados y el Reino de los cielos carece de operarios y servidores… Dios no puede querer eso. ¿Qué sucede, pues? «Nadie nos ha contratado» (Mt 20, 7). Necesitamos dar dimensión vocacional a un itinerario catequético global capaz de cubrir las diferentes edades del ser humano, de forma que todas ellas constituyan una respuesta al buen Dios que llama: ya en el vientre materno, nos llamó a la vida y nuestro ser se asomó a ella, y, al terminar su etapa terrenal, ha de responder con todo su ser a esta llamada: «Siervo bueno y fiel; […] entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 21).
No os faltan, queridos hermanos, celo apostólico ni espíritu de iniciativa para alcanzar este objetivo, mediante el empleo del esfuerzo humano unido a la eficacia del auxilio divino. Dice Jesús: «El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago» (Jn 14, 12) —no obstante nuestra total indignidad y a pesar de nuestra debilidad humana—. También los Apóstoles eran hombres débiles. También Pedro era un hombre débil. Sea este, pues, un esfuerzo de colaboración —es decir de la Iglesia entera, pues a la Iglesia aseguró el Señor su presencia constante y su infalible asistencia—. Tras esta visita ad Limina, reanudad con compromiso renovado vuestro camino, transmitiendo a todos la certeza de mi solidaridad y empatía fraternal. Comparto vuestras ansias y vuestras esperanzas, vuestras preocupaciones y vuestras alegrías; con vosotros y por vosotros invoco a la Virgen Santísima, hacia la cual no dejan de tender vuestros corazones con amor filial. Y no os olvidéis de rezar por mí. Os confirmo mi afecto fraternal y os imparto la bendición apostólica, con la que también pretendo abrazar a los fieles encomendados a vuestros desvelos pastorales.

(Original portugués procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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