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Obispo electo de Zamora: «La Iglesia tiene que saber acompañar a los hombres de hoy»

Los cuarenta años como sacerdote en las parroquias de la diócesis de Cartagena son la maleta que el murciano Fernando Valera Sánchez llevará a Zamora el próximo 12 de diciembre cuando sea consagrado y tome posesión de la diócesis. En su primer saludo a los zamoranos, ya les adelantó cómo «por pura gracia» les lleva en el corazón. «Quiero amaros en el Señor, entregarme por completo y serviros siendo un hombre de Dios», les dijo el que hasta ahora era el director espiritual de los seminarios diocesanos de Cartagena. Nacido en Bullas hace 60 años, solo ha conocido Zamora en verano «y hace muchos años», pero que no le preocupe el invierno, la diócesis le espera con el calor de la acogida más cercana. Su lema episcopal, «Permaneced en mi amor», recoge «su ánimo de escucha», según expresó en sus primeras palabras a la diócesis, a la que llega «con un estilo sinodal y para servir siempre con alegría». Además, ha explicado para ECCLESIA que sus planes a corto plazo son, sobre todo, «aprender y conocer». Lleva «una libreta y un lápiz» para no perder detalle. «Voy a una Iglesia milenaria, con profundas raíces, con el mayor deseo de compartir la fe y celebrar juntos la experiencia de Dios».

—¿Es consciente de la ilusión que hay en la diócesis de Zamora por su llegada?
—Me va llegando, desde luego. Lo primero que hice fue ir a la diócesis a presentarme por si nos confinaban y no podía trasladarme. Todas las personas que me recibieron y con las que me encontré, me acogieron con profunda alegría y con gran cariño. Tanto los sacerdotes como laicos que estaban en la Casa de la Iglesia me transmitieron ese deseo de que el obispo estuviera presente, de quererme y de estar conmigo también preparando el día de la ordenación el próximo 12 de diciembre.

—Con todas las medidas sanitarias y restricciones. ¿Cómo se prevé que se celebre?
—Tengo que agradecer el trabajo al administrador diocesano y a todo el colegio de consultores que están organizando ese día. La incertidumbre ante el avance de la pandemia hace que se barajen distintas posibilidades, desde un aforo al 50%, a un tercio, e incluso, en caso de que empeore, de forma privada con la presencia de 25 personas y retransmitida en directo. Las circunstancias son especiales y como Dios quiera vamos a hacerlo y así hay que asumirlo. Hay mucha gente que está sufriendo a causa de la covid-19, personas enfermas, familias que han perdido a sus seres queridos… Por eso, hay que sacrificarse y vivirlo con profundidad y agradecimiento independientemente de cómo nos toque hacerlo.

—¿Se imaginaba usted que este año 2020 acabaría consagrado como obispo? ¿Cómo fue ese día que le comunicaron su nombramiento?
—Desde luego que no me lo esperaba. Yo miraba el futuro viéndome en la diócesis de Cartagena y la sorpresa ha sido mayúscula, y la sorpresa de Zamora más aún. El Señor me está dando paz y alegría para asumirlo, pero el primer momento fue de nerviosismo. Habíamos terminado el rezo del rosario en el seminario y recibí una llamada del nuncio, Bernardito Auza, que se presentó. Tuve incluso que preguntarle si realmente era él, cuando me dijo que el Papa Francisco había pensado en mí para que pastoreara la diócesis de Zamora. Al no poder comunicármelo presencialmente a causa de la pandemia, fue muy distinto, pero del mismo modo, una vez que reaccioné me sentí agradecido y diciendo: Señor, si tú lo quieres, esa será tu voluntad.

—Son casi 40 años de sacerdote en parroquias en la diócesis de Cartagena, me imagino, llenos de nombres propios. ¿Ha comenzado ya a despedirse?
—Estos días he comenzado a hacerlo. El sábado fui a una de las parroquias donde estuve como vicario parroquial, a mis 24 años, durante más de seis. Tengo gente que es como mi familia y que me ha acompañado durante tantos años… Y solo tengo una palabra en mi boca, que es gracias. Hago mías las palabras que el Papa Francisco pronunció en la celebración de los 65 años de sacerdocio de Benedicto XVI, palabras que estaban escritas en la estampa del día de su ordenación: «Eucharistomen, gracias». Y gracias porque yo soy quien soy porque el Señor me ha regalado tanta gente con la que he compartido la fe, el ministerio, y he hecho camino. Ahora mismo tengo el corazón agradecido, también a los seminaristas con los que he compartido los últimos diez años. Gracias por su esperanza, su fe, a veces sus dudas, sus luchas… Me he sentido implicado y eso es algo que está en mi corazón. Es algo muy entrañable porque, caminar con gente joven, es algo apasionante.

—Después de diez años en el seminario, acompañando a los candidatos al presbiterio, llega a una diócesis donde solo 34 de los más de 80 sacerdotes tienen menos de 60 años. ¿Cómo podemos incentivar las vocaciones?
—Como en tantas otras cosas voy a Zamora a aprender. Yo llego allí a trabajar vocacionalmente con los sacerdotes, con el equipo del seminario y con los seminaristas. Voy a allí a vivir y compartir la alegría de ser sacerdotes para sembrar luz por la diócesis. Es una tarea muy hermosa que me ilusiona, porque trabajar en el plano vocacional implica estar disponible para quien nos necesite. A veces, es solo escuchar, acompañar, estar cercano para curar heridas. En este siglo XXI, los sacerdotes necesitamos estar cercanos entre nosotros, querernos, respetarnos, acompañarnos, hacer procesos de discernimiento.

—Precisamente a los jóvenes, en la encíclica Fratelli tutti, el Papa les invita a que participen en la «plaza pública» y no a esperar que los gobernantes resuelvan todo. Ser «luz en el mundo» es todo un reto para los laicos que en España tuvieron un gran impulso tras el Congreso del pasado mes de febrero.
—Es la hora del santo Pueblo de Dios. Una Iglesia en comunión donde los obispos, presbíteros, consagrados, laicos y jóvenes caminemos juntos para ser fieles al Evangelio. La misión del obispo tiene que ser vínculo de unión, y ese es mi deseo, el caminar cada uno aportando nuestros talentos y lo que somos al servicio de la Iglesia. Trabajo muy a gusto con los laicos, nos lo «vamos a pasar muy bien» sirviendo juntos a la Iglesia en este momento tan crucial.

—Cuando el Papa comenzó a escribir esta encíclica le sobrevino la pandemia… El confinamiento fue un tiempo duro pero también lo está siendo esta post crisis. Hemos estado hiperconectados, pero parece que hay una gran fragmentación que hace todavía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos. El Papa ya nos ha advertido de que «nadie se salva solo». ¿Cómo ve usted esta situación en la que estamos?
—Yo insisto en las palabras que ha repetido el Papa Francisco en muchas ocasiones que es la construcción «del hombre interior». La pandemia nos tiene que llevar a construirnos interiormente. El tiempo del confinamiento ha servido en muchas ocasiones para crecer en hondura, en profundidad, en lo que nos constituye en la verdad de nosotros mismos. Y este es un aspecto que tiene que ofrecer la Iglesia. Tiene que saber acompañar a los hombres de hoy y ayudar a que se tenga consistencia interna y que se pueda vivir con alegría también la cruz y el sufrimiento. Es un tiempo muy duro para mucha gente y nosotros tenemos que estar ahí para sanar esas heridas.

—Mientras tanto, en España, en este momento que acabamos de describir, está encima de la mesa una nueva Ley de Educación. Este texto llega sin consenso ni diálogo, afecta a la educación concertada y a la asignatura de Religión, una materia que potencia valores que además ahora son más necesarios que nunca.
—Yo creo que en el plano de la educación está siempre la tentación de colonizarla ideológicamente y es una pena que en España no haya un gran acuerdo para que haya una Ley de Educación que traspase los partidos y quiera de verdad servir al hombre de hoy. Todo lo que sea excluyente implica coartar las realidades que nos constituyen como personas y ciudadanos de un país donde tenemos una raíz muy profunda en la fe católica. Querer negar eso es querer reducir al hombre y a la persona. Me produce pena que se vaya a aprobar una norma tan restrictiva y se coarte la construcción de la formación integral que incluye los valores de los hombres en los distintos aspectos. Porque además, si el hombre pierde esa dinámica de profundidad, de que no somos solo sentimiento sino también alma, espíritu y cuerpo… pierde el plano de lo que somos en la historia

—Son tiempos recios que requieren de sensatez, de luz, de no caer en la desesperanza. ¿Cómo podemos evitar la crispación y promover la cultura del encuentro?
—En la crisis tan profunda que estamos viviendo a causa de la pandemia… como para que encima se busque en el ámbito político excluir, ideologizar o aprovechar el Estado de Alarma para «la ingeniería social». Me parece, cuanto menos, triste. Así lo expresó también el presidente de la Conferencia Episcopal Española, el cardenal Juan José Omella, en su discurso inaugural que pude seguir de forma telemática acompañando al obispo José Manuel Lorca Planes y al obispo auxiliar Sebastián Chico.

—Esta es una Plenaria que por primera vez en la historia se ha realizado de esta manera virtual. ¿Pudo saludar a los que serán sus hermanos en el episcopado?
—Efectivamente, participé en la inauguración y nos presentaron vía telemática. Me alegra mucho formar parte de este ministerio que, junto al Papa, en comunión con él, busca servir a la Iglesia local y universal con toda mi entrega.

—Como zamorana de origen no puedo despedir la entrevista sin preguntarle si conoce la Semana Santa de Zamora.
—Tengo muchas ganas de conocerla, y aunque no sé cómo podremos vivirla este año debido a la pandemia, he visto algunas procesiones que son muy distintas a las de aquí en Murcia. Esa sobriedad con tan hondas raíces es algo de lo que tengo muchas ganas de participar. También me apasiona el románico y en Zamora abunda este patrimonio tan hondo. La diócesis al completo, los zamoranos, ya están presentes en mi corazón. Tengo grandes deseos de servirles y de amarles en el Señor.

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