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Obispo de Plasencia: “Cuánto más olor a Cristo, más olor a oveja”

Obispo de Plasencia: “Cuánto más olor a Cristo, más olor a oveja”

Homilía del obispo de Plasencia, Amadeo Rodríguez Magro, en la fiesta sacerdotal de San Juan de Ávila

Queridos sacerdotes:    

Las lecturas que hemos escuchado (Ez 34,11-16; Jn 10,11-16), y que se refieren ambas al pastoreo de Dios en favor de su pueblo, no han sido elegidas al azar. Ambas están previstas entre las posibles que la liturgia nos permite seleccionar para la celebración de la Eucaristía en la fiesta del Doctor San Juan de Ávila; y en ambas, que se refieren al pastoreo amoroso de Dios, queremos  renovar nuestra identificación con Jesucristo, el Buen Pastor.

Por el Profeta Ezequiel, el Señor Dios manifiesta un corazón “increíblemente” amoroso y compasivo. Y digo “increíblemente”, no porque dudemos de la capacidad infinita del amor de Dios. Sólo utilizo esta expresión para que se ponga de relieve el contraste con nuestra capacidad de amar, para que no nos olvidemos que somos torpes y frágiles en el amor. Es necesario, por tanto, que como pastores del pueblo de Dios nos fijemos con profunda atención en la dedicación del Señor en favor de su grey. El pastoreo de Dios es nuestra única y verdadera referencia en la atención ministerial de aquellos que nos han sido confiados, para que los cuidemos en su nombre. Si somos pastores, es únicamente porque Él, a pesar de nuestra torpeza para este oficio, nos ha constituido como tales. Razón demás para que no perdamos de vista en nuestro ministerio sacerdotal el modo de proceder de Dios, pues sólo en él nuestra acción pastoral encuentra su legítima expresión y el impulso que siempre necesita.

La crisis moral, laboral y económica en medio a la cual hoy somos pastores del pueblo de Dios, está interpelando de un modo especial nuestro pastoreo. Estoy seguro de que ninguno de nosotros es indiferente ante lo que sucede a nuestra gente. También hoy, como recuerda Ezequiel, la grey del pastor está dispersa en un día de oscuros nubarrones. Unos nubarrones que, porque afectan a las ovejas, son la preocupación de sus pastores. Sería insensato por nuestra parte mantenernos indiferentes ante las causas y las consecuencias de todo lo que está sucediendo. Pasar por esta crisis, insisto en que moral, laboral y económica, sin que sea para nosotros un signo de los tiempos y sin que tenga una lectura en profundidad desde nuestra “caridad pastoral”, además de una actitud superficial, sería una grave falta de responsabilidad apostólica.

Porque la grey del pastor está dispersa en un día de oscuros nubarrones, necesita oír y ver la acción de Dios, necesita confiar en el poder de Dios, en el amor de Dios que dice; Sacaré a mis ovejas de en medio de los pueblos, las reuniré de entre las naciones, las llevaré a su tierra, las apacentaré en los montes de Israel, en los valles y en todos los poblados del país”. También hoy, una por una, las ovejas, las descarriadas y las sanas y fuertes necesitan saber que Dios es el que apacienta “con justicia”. Y esa mediación, de palabra y de obra, le llega por nuestro ministerio.

San Juan nos ha recordado, en el Evangelio, que Jesucristo, en su cercanía encarnada como Buen Pastor, confirma la total dedicación de Dios a las ovejas, a las del redil y a las que están fuera; porque, eso sí, el pastor busca y atrae también a las descarriadas, es decir, el pastor apacienta para unir a las ovejas bajo su pastoreo amoroso. Pues bien, en este misterio del corazón de Dios, manifestado en Cristo, que se muestra pastor, estamos los sacerdotes. En Jesucristo hemos sido constituidos pastores del Pueblo de Dios. “En virtud de su consagración, los presbíteros estamos configurados con Jesús buen pastor y llamados a imitar y revivir su misma caridad pastoral” (PDV 22).

Es necesario que no nos olvidemos nunca de que sólo somos pastores, de que nada más y nada menos que hemos sido llamados y elegidos para ser pastores. Cuánto más firme y más arraigada tengamos esta convicción, menos peligros tendremos de buscar otros oficios que supuestamente sean más honrosos que el de ser un buen pastor. Quizás sea para evitar ese peligro que, usando el lenguaje llano y sencillo de Jesucristo, el Papa Francisco nos haya dicho, con mucha razón, que hemos de “oler a ovejas”. Excelente olor, imprescindible olor el que nos propone para nuestra vida sacerdotal. Pero no podemos olvidar que se trata de un olor muy original, muy específico; un olor que sólo es apreciable por quien ama a las ovejas. Sólo por amor, el pastor es capaz de estar en el rebaño recogiendo con piedad y ternura las experiencias olorosas que emite cada una de las ovejas. El olor a ovejas sólo se respira con una presencia amorosa y servidora en medio del rebaño que nos ha sido confiado.

De cualquier modo, los sacerdotes no podemos olvidar que el olor a oveja se enriquece con el olor de Cristo. Sólo en él el olor del servicio, de la entrega, de la dedicación total, se convierte en ese perfume bendito que los buenos pastores saben identificar. El auténtico olor a oveja tiene que pasar por la autenticidad del olor de Cristo. Se puede decir que el olor a oveja sólo es auténtico, si además de pasar por la cercanía compasiva a la gente, pasa también por aquellos lugares y experiencias en los que se consolida la vida en Cristo; pues o Jesucristo vive de veras en mí o el olor se desvirtúa y deja de ser esa esencia que transforma la vida, la mía y la de aquellos para los que soy pastor en su nombre.

Se puede muy bien decir que de un pastoreo santo depende siempre la salud espiritual de la vida de la Iglesia. No olvidemos que la santidad del pastor es esencial para la vida del rebaño. Un buen lema para los sacerdotes bien podría ser: “Cuánto más olor a Cristo, más olor a oveja”. Por eso, no estaría demás que no nos quedáramos sólo en la bella y ya anecdótica imagen del Papa Francisco, y nos preguntáramos de verdad cómo es el olor de las ovejas y, sobre todo, cómo se impregna de sensibilidad amorosa el ministerio de los pastores. Un buen modelo a imitar en esta búsqueda continua de una auténtica espiritualidad del clero diocesano es siempre nuestro Patrón, San Juan de Ávila. 

Queridos hermanos sacerdotes, y de un modo especial me dirijo a los que en este año celebráis vuestras bodas de oro y plata: no me cabe ninguna duda de que lleváis impregnado en el alma el olor fuerte y vivo de las ovejas a las que pastoreáis y habéis pastoreado a lo largo de vuestra vida sacerdotal. A vuestro obispo y a vuestros hermanos sacerdotes nos consta vuestro profundo amor pastoral. Lo vemos en la trayectoria ministerial de cada uno de vosotros. Sabemos de vuestra dedicación, de vuestra entrega, de vuestra actitud de servicio; os acompaña la fama de buenos pastores, dedicados a cada una de las ovejas, y en especial, de las más pobres y débiles.

Al celebrar con vosotros vuestras bodas de oro y plata, necesariamente nos vemos fortalecidos por la referencia de vuestra fidelidad, que siempre está embellecida por la fidelidad amorosa de Jesucristo, Buen Pastor y Sumo y Eterno Sacerdote. Gracias, Santos, Mateo, Ángel, Pedro, Félix y Antonio por vuestra vida sacerdotal. Gracias, porque cada uno de vosotros sois testigos fieles de que, en Jesucristo, los sacerdotes encontramos el fundamento de nuestra vida. Gracias, porque sois un ejemplo vivo para todos nosotros de que hay una razón que le da ilusión y energía a todas nuestras acciones: la del don de sí a los demás, al modo del don de Cristo crucificado y pastor fiel y abnegado de sus ovejas.

Gracias porque hoy nos estáis mostrando que el día a día del ministerio no se puede vivir si no es en la clave de identificación Jesucristo; una identificación que estoy seguro habéis vivido y estáis viviendo con una profunda humildad; ya que, como vosotros sabéis por experiencia, la vida en Cristo sólo es posible en un proceso de profunda y constante transformación, en el que cada día hay que dejarse renovar, perfeccionar o corregir.

Gracias y felicidades de corazón. También sabemos, sobre todo porque nos miramos a nosotros mismos, de que nada ha sido fácil a lo largo de esos 50 y 25 años. Pero justamente porque, además de lo feliz y placentero, ha habido luchas en las dificultades, hoy le podemos decir al Señor, al mirar vuestras vidas sacerdotales: “Señor, gracias por haber estado grande con estos seis sacerdotes. Por lo que has hecho en ellos estamos muy alegres. Con ellos hacemos nuestra la alegría agradecida de tu Madre y nuestra Madre, la humilde esclava del Señor.

+ Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

 



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