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Obispo de El Alto (Bolivia) Apoyando el aborto somos el pueblo que grita ¡crucifícalo!

Obispo de El Alto (Bolivia) Apoyando el aborto somos el pueblo que grita ¡crucifícalo!

“Somos los que gritamos “crucifícalo”, cuando por desinterés en asuntos públicos o por intereses personales, permitimos que se gestionen leyes y medidas nefastas, como la apertura al aborto, haciéndolas pasar por buenas y humanas cuando, en cambio, atentan contra la vida de los inocentes como son los  niños que están por nacer”, dijo monseñor Eugenio Scarpellini, obispo de El Alto en la eucaristía del Domingo de Ramos iniciando la Semana Santa.

«Nosotros somos aquel pueblo que a veces llegamos a decir “crucifícalo” cuando permitimos las injusticias, la corrupción, el enriquecimiento ilícito, o peor, somos parte de ello lastimando al inocente, siendo esclavos de los juegos de poder, como los fariseos, que para conseguirlo y mantenerlo no tienen ningún reparo a pisotear o desechar la vida del inocente», precisó en su homilía.

Asimismo lamentó la tragedia que vive Siria en el uso de armas químicas donde todos son víctimas desde niños inocentes hasta militares.

El texto completo de la homilía pronunciada por monseñor Scarpellini es el siguiente:

¡Hosanna y Crucifícalo! Dos gritos, dos actitudes, a distancia de unos pocos días. Son el resumen de toda la vida y la misión de Jesús. Aclamado y condenado constantemente.

A lo largo de la Cuaresma, hemos acompañado a Jesús quien se ha revelado a nosotros como aquel que nos libera del mal y abre los ojos de la ceguera de la humanidad (ciego Bartimeo), nos ha iluminado en el monte de la transfiguración, quien es el agua viva que sacia la sed del sentido de  nuestra vida y la fuente de la vida que vence la muerte.

Lo hemos acompañado con desconcierto en las polémicas, los ataques e intentos de apresarlo, apedrearlo y condenarlo por parte de los judíos.

Hoy domingo de Ramos, en la liturgia de la Palabra vivimos estas mismas contradicciones: en la primera parte hemos revivido el ingreso solemne de Jesús en Jerusalén y en la segunda donde hemos escuchado en profundo silencio el relato de la Pasión de Jesús.

¡Hosanna y Crucifícalo!

¡Hosanna! Aclama el pueblo sencillo de Jerusalén, recibiendo a Jesús en sus calles y aclamándolo “Rey, hijo de David”. En su mente seguramente hay el recuerdo de la multiplicación de los panes, la sanación de los enfermos, la cercanía a los pobres y las palabras de esperanza que han escuchado.

¡Crucifícalo! Nos sorprende como, a los pocos días, el mismo pueblo grite frente a Pilato: ¡a muerte, libera a Barrabas! Che fácil es comprar la conciencia y la voz del pueblo sencillo y humilde. Unas cuantas promesas, unos regalos, algunos infiltrados y la estrategia está hecha. El justo y el bueno se transforman inexplicablemente en el estorbo y el malo que hay que eliminar.

Nosotros somos aquel pueblo que a veces llegamos a decir “crucifícalo” cuando permitimos las injusticias, la corrupción, el enriquecimiento ilícito, o peor, somos parte de ello lastimando al inocente, siendo esclavos de los juegos de poder, como los fariseos, que para conseguirlo y mantenerlo no tienen ningún reparo a pisotear o desechar la vida del inocente.

¡Cuántos inocentes están en el banquillo de los acusados! ¡Cuántas personas mueren todavía en el mundo por situaciones injustas. Jesús, juzgado y condenado encarna a todos ellos, abraza a todos ellos.

Somos los que gritamos “crucifícalos”, cuando por desinterés en asuntos públicos o por intereses personales, permitimos que se gestionen leyes y medidas nefastas, como la apertura al aborto, haciéndolas pasar por buenas y humanas cuando, en cambio, atentan contra la vida de los inocentes como son los  niños que están por nacer.

Es lo que está pasando cuando se utilizan armas químicas en la guerra en Siria donde las víctimas son todos, militares y niños inocentes indiferentemente. Es lo que pasa con la reacción violenta con mísiles que matan sin mirar la cara de las víctimas.

No podemos condenar a unos y callar sobre otros: de donde venga, la  muerte de los inocentes es injusta, hay que condenarla. El valor de la vida de los inocentes no varía a partir de la ideología.

Al mismo tiempo, pero, somos el pueblo que con sinceridad hemos levantado nuestra voz proclamando a Jesús, nuestro rey, hijo de David y Mesías esperado.

Somos la comunidad agradecida por el don de su Cuerpo y Sangre en la Última Cena; agradecida porque el Señor lava nuestros pies, nuestros pecados, el barro de las infidelidades, de las mentiras, de los robos y sensualidades, de la indiferencia y falta de solidaridad.

Somos el pueblo identificado con Cristo, en su sufrimiento, en los dolores de la pasión, sumiso en la pobreza, en la soledad y marginación. Somos el pueblo que junto a Jesús sufre tristeza y angustia frente al dolor de los inocentes, los enfermos terminales, los niños abandonados o abusados, las madres que ven morir a sus hijos por hambre en muchas partes del mundo.

Somos el pueblo golpeado por cuestiones raciales, por fanatismos religiosos, por la violencia en las cárceles o perpetradas por regímenes totalitarios igual que a Jesús coronado de espinas y golpeado por los soldados. En Él está nuestra esperanza.

En la cruz Jesús grita: “¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado?” Es el grito de todos los pobres y las víctimas crucificadas con Él. Pero Dios ha enviado a su Hijo Jesús clavado en la cruz, para abrazarnos a todos y amarnos a todos.

En esta Semana Santa, caminemos a lado de Jesús, reconozcamos nuestros límites, nuestros errores, nuestros egoísmos y divisiones. Con humildad y confianza digamos: “Yo también estaba con los que te han crucificado, Jesús”. Y Él, como al ladrón arrepentido, nos dirá “hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

En el momento de la deposición de Jesús de la cruz, están María, las mujeres y José de Arimatea, quienes desafían la opinión pública, enfrentan a las autoridades, el juicio de los biempensantes y que, con un gesto de misericordia, sacan a Jesús de la cruz.

Son un ejemplo claro para nosotros, los discípulos de hoy, invitados a no cerrar los ojos frente a la injusticia o a las muertes injustas, a no callar nuestra voz y nuestra conciencia, a acercamos a los enfermos solos y abandonados, a rechazar firmemente la tentación de ser otros Pilatos: “Yo soy inocente de la sangre de este hombre”. Pero, nadie es inocente frente a la injusticia.

En esta Semana Santa, en el silencio, la meditación y la oración, podemos descubrir cuán grande es el amor del Padre que entrega su Hijo a la muerte para salvarnos, que es más fuerte el perdón sobre el pecado, que la muerte nunca tendrá una victoria final, sino que la vida reinará porque Cristo ha resucitado y es, hoy, esperanza para todos aquellos que ponen sus ojos y corazón en Él y lo siguen.

Fuente: Iglesiaviva

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