Iglesia en España

Nuevos ateos, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza

Nuevos ateos, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza

Hay en nuestra sociedad unas visiones de las cosas que pretende explicar cómo y por qué las personas creen en el Dios cristiano y, por extensión, en la religión en general. Una de esas versiones particulares de la historia, pero muy extendida, sería la “teoría del consuelo”. Es la que está ampliamente aceptada entre los modernos y sofisticados en nuestra sociedad español. Efectivamente, a lo largo de la historia, millones de personas se han sentido atraídas por el Dios cristiano. ¿Por qué lo siguen estando, aunque menos, hoy día?

La gente sigue creyendo en Dios, suponen ellos, porque les consuela. La religión –prosiguen- se parece al opio, como dijo el viejo Marx; es “una ilusión”, decía también S. Freud, que “deriva su fuerza del hecho de que coincide con nuestros deseos instintivos”. ¿Están ustedes de acuerdo con esta visión de la fe cristiana, ahora que han vivido el tiempo de Navidad y Reyes con sanos deseos? ¿Aceptan en su interior que la fe en Cristo sirve de chupete gigantesco contra los dolores de la humanidad? Esta es más o menos la misma explicación que ofrecen aquellos que trabajan en la viña del ateísmo moderno (¿o antiguo?).

Según ellos, mejor es la fe que da tranquilidad que la racionalidad que da preocupaciones, incluso si el precio es un perpetuo infantilismo mental. Así nos consideran, teniéndonos incluso como vagos e infantiles: como el bebé con el chupete, que creen encontrar de este modo consuelo en nuestra fe. Es decir, los creyentes encuentran consuelo en su fe, como niños ingenuos. Pueden ustedes calibrar lo que esto significa: la fe no sirva para la vida, para esta vida, y no merece ser tenida en cuenta sino como una tradición ingenua que poco a poco se desprende cuando los cristianos se hacen adultos. Por tanto, la religión es algo que las personas han inventado para sentirse mejor en cuanto a temas elementales como la mortalidad, el sufrimiento, las privaciones, y todos los infortunios del ser humano.

Toda esta explicación está en el ambiente y los que así piensan, los nuevos ateos, se consideran a sí mismo los “listos”, lo cual implica claramente que los creyentes, por el contrario, serían los tontos. No olvidemos que el presidente Obama en 2008 habló de los ignorantes que se “aferran a sus armas y a su religión”, aunque enseguida tuvo que dar marcha atrás por su tremenda arrogancia. ¿Cómo reaccionamos nosotros? Piense cada uno en lo que vive y cómo vive su fe. Pero debemos darnos razones para creer, no por lo que piensen los demás, sino por nosotros mismos. No está mal hacerlo tras el tiempo de Navidad.

Veamos aquella teoría del consuelo, que antes aludíamos. Según ella, somos cristianos porque en la fe encontramos un refugio. Pero el problema principal de tal teoría es que fracasa y los hechos la desmienten. Para empezar, la idea de que el judeo-cristianismo sea un simple consuelo se desvanece por la misma lectura del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Claro que es cierto que se promete la inmortalidad a quien cumple la ley de Dios y la promesa de más vida es un gran consuelo. Y un consuelo es innegablemente atractivo. Pero, ¿piensan los partidarios de esta explicación los límites que impone la moral judeocristiana a sus partidarios?

Para empezar, consideremos el tema de la sexualidad o del sexo: los paganos de la antigua Roma podían tener concubinas, amantes del mismo sexo, orgías y disfrutes sin límites sin penalización religiosa. De manera parecida, los paganos y los laicistas pueden hacer caso omiso, por ejemplo, del mandamiento que obliga a santificar las fiestas; los cristianos y los judíos practicantes no pueden. Las personas que viven fuera del universo judeocristiano pueden decidir lo que quieran sobre cualquiera de los asuntos más personales: cuándo tener hijos, cómo educarlos, qué comer el día que sea, qué donar a las instituciones de caridad. Así que esa idea de que la gente se refugia en el cristianismo como salida fácil queda desmentida por las demandas de la práctica de la fe.

¿Y qué decir de los mártires, los de la antigüedad y los del siglo XX? ¿cómo puede encajar esa cantidad de personas sufrientes a lo largo de la Historia con la teoría que dice que se sintieron atraídos por la fe para sentirse mejor en sus vidas? ¿Hemos de creernos que esas personas tomaron su cruz porque esa carga les hacía sentirse bien? Tiene que haber algo más de la imperfecta idea de que la gente se refugie en el cristianismo como una especie de premio de consolación para los lentos de intelecto. Claro que lo hay y mucho más profundo.

Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

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