Diario de un pastor

Nuestros militares: héroes cotidianos

Estaban a nuestro lado y no se hacían notar. En ocasiones, los nombres de algunos de ellos salían en los telediarios porque habían sido víctimas del terrorismo lejano o cercano. Pero ellos seguían ahí, preparándose para las misiones internacionales de paz o repartidos por la geografía nacional en sus cuarteles, bases, buques y establecimientos militares instruyéndose cada día en su oficio de defensores de la paz de España.
Ahora, cuando la sociedad afronta la muerte en un campo de batalla, silencioso y traidor por el enemigo del coronavirus, ahí están nuestros militares que junto con el personal médico-sanitario y tantas otras personas civiles, plantan cara a esta pandemia global, combatiendo calle a calle, las veinticuatro horas del día en más de ciento treinta ciudades españolas y con cerca de tres mil efectivos de momento. “En esta guerra todos somos soldados”, según declaró el Jefe de Estado Mayor de la Defensa (JEMAD).
Los militares, guardias civiles y policías son muy conocedores del rostro de la “hermana muerte”, que diría hace muchos siglos san Francisco de Asís. Al igual que nuestros médicos y personal sanitario, ser militar no es sólo una profesión, sino ante todo una vocación de servicio a sus conciudadanos. En el caso de la milicia, hay un juramento sagrado, bajo una Bandera que nunca se olvida y siempre se ama: defender a la Patria. Así, lo recoge nuestra Constitución Española que se le asigna como misión: “garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional” (art 8).
La vida militar incluye unos valores y virtudes que no se improvisan y que deben practicarse en tiempos de paz, guerra o calamidades como la que nos está asolando. Esta preparación y formación es la que le capacita para poder desempeñar sus funciones de una manera eficaz y eficiente. Sin una espiritualidad y moral castrense no se sostiene un Ejército, y en ello juega un papel importante la cercanía y servicio de nuestros capellanes militares. Porque ser soldado, es todo un oficio que compromete la vida entera y que requiere ejercitarse cada día en el: adiestramiento, destreza, lealtad, fidelidad, creatividad, abnegación, sacrificio, disciplina, obediencia, justicia, valor, honor y patriotismo. Con razón diría el insigne escritor de las letras españolas y universales Pedro Calderón de la Barca que fue, militar, escritor, poeta, dramaturgo, caballero de la orden de Santiago y sacerdote: “La milicia no es más que una religión de hombres honrados”. Pues bien, estos son los hombres y mujeres que en estos momentos de angustia, dolor, enfermedad y muerte que atravesamos los españoles, están velando por nosotros con las únicas armas de la grandeza de sus corazones: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).
Sin embargo, que nadie piense que los componentes de nuestras Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado son invencibles y no mortales. Ellos como cualquier ciudadano, tienen sus familias e inquietudes. También les asalta el miedo y la desazón con lo que está pasando y viéndolo en primera línea de combate. El virus del Covid-19 no hace distinción entre civiles, sanitarios o militares. Ante este enemigo que esparce sus ofensivas por todos los sitios y su rostro se hace visible en los que están padeciendo la grave enfermedad a las puertas de la muerte; no caben medias tintas, moralinas egoístas o ideologías interesadas, sólo la responsabilidad solidaria, el espíritu de servicio, la serenidad de ánimo y la confianza en la victoria sobre esta calamidad. Así, “demostraremos que somos soldados cada uno en el lugar que nos ha tocado” (JEMAD).

+Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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