Cartas de los obispos Última hora

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo

Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

La creación y la historia son dos grandes temas que aparecen con frecuencia en los salmos. Dios se comunica, se da a conocer, en la creación y en la historia de la salvación. El salmista ora con asombro y gratitud: «Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría; la tierra está llena de tus criaturas» (Sal 104[103],1.24).

Los salmos ensanchan la mirada del corazón y nos enseñan a aclamar al Señor y a darle gracias: «Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos» (Sal 105[104],1).

El estremecimiento, la alabanza, el asombro, la acción de gracias, son los sentimientos que afloran en la solemne celebración de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. El año litúrgico se pliega como un libro que está a punto de concluir y lo hace con un solemne cántico de reconocimiento y de exultación.

La Sagrada Escritura y los sacramentos son los signos por excelencia de la presencia viviente de Jesucristo entre nosotros. Durante el año litúrgico hemos proclamado los grandes textos fundantes de la historia de la salvación y hemos celebrado los principales acontecimientos de nuestra vida: nacer (bautismo), ser ungidos con la fuerza del Espíritu Santo (confirmación), ser alimentados (eucaristía), ser perdonados (reconciliación), ser fortalecidos en la enfermedad (unción de enfermos), ser enviados al servicio de la comunidad (orden sacerdotal), participar de una comunión de vida y amor (matrimonio).

La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo se parece a una paleta de colores, la resonancia de un eco vivo y penetrante, un amplio e inmenso horizonte.

Jesucristo es Rey de todo el Universo, del macrocosmos y del microcosmos; de la armonía de las estrellas y de la sintonía entre las personas; de los designios de la historia y de los latidos de nuestro corazón; del proyecto universal de salvación y de la vocación personal a la santidad de cada ser humano. Jesucristo es el centro de la creación, del pueblo y de la historia. Jesucristo es el principio, el centro y la meta de todo, de todos los seres y de todos los acontecimientos. Él es el Rey del Universo.

Al concluir el año litúrgico en el que hemos contemplado y vivido desde dentro los misterios de Jesucristo —su vida, su predicación, el anuncio del Reino, su pasión, su muerte, su resurrección y el envío del Espíritu Santo— hoy le alabamos como el Rey y el Pastor del Reino definitivo.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+ Julián Ruiz Martorell
Obispo de Jaca y Huesca

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