Revista Ecclesia » Nuestra Señora de los Dolores
Rincón Litúrgico

Nuestra Señora de los Dolores

Con motivo de la presentación de Jesús en el Templo, el justo Simeón  anunció a María que aquel Niño sería una bandera discutida y que a ella una espada le había de traspasar el alma (Lc 2, 35). No una, sino hasta siete espadas ha ido evocando y contemplando el pueblo de Dios en el itinerario de María, la Madre de Jesús.

La piedad popular ha prestado una atención cordial y agradecida a la presencia de María en el Calvario. Siguiendo el evangelio de Juan, la ha visto al pie de la cruz, recibiendo el encargo de su Hijo, que la confiaba al discípulo amado (Jn 19,25-30).

Tras dar cuenta de la muerte de Jesús,  los cuatro evangelios coinciden en evocar la presencia de José de Arimatea y Nicodemo.  Son ellos los que se apresuran a pedir una autorización de  Pilato para dar sepultura a Jesús.

Pero la piedad popular ha imaginado que el cuerpo de Jesús no podía permanecer en cualquier lugar antes de los ritos que solían acompañar a la preparación de los cadáveres.  No era comprensible que María no se acercara al cuerpo martirizado de su Hijo. Debía tenerlo de nuevo y por última vez en sus brazos y cerca de su corazón.

1. La mirada de los artistas

En la Capilla Scrovegni, de Padua, Giotto representó el llanto de María sobre Cristo muerto. Salpicados por el azul del cielo, los ángeles contemplan el gesto de ternura con el que María se inclina hasta el rostro de su hijo, mientras lo acaricia con sus manos. El fresco nos invita a identificarnos con aquellas dos personas anónimas que, dándonos la espalda, sostienen el cuerpo y la cabeza de Jesús.

Duccio di Buoninsegna parece adelantarse unos instantes a esta escena. Junto al discípulo amado, María se acerca a recibir en un abrazo al Hijo que todavía está siendo descolgado de la cruz.

En el Descendimiento pintado por Caravaggio, que se conserva en la Pinacoteca Vaticana, María lo contempla con paz, mientras los amigos se lamentan.

Además de la famosa Piedad que se venera en la Basílica de San Pedro, Miguel Ángel nos dejó también la que se conserva en la catedral de Florencia y la que encontramos en el Castillo Sforzesco de Milán.

No podemos olvidar la talla de la Virgen del Camino, que recibe en su santuario basílica de León a los peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela.

2. La voz de los poetas

Ya en el siglo XV, Gómez Manrique daba voz a esa Madre que acoge el cuerpo muerto de su Hijo. Con las palabras de las Lamentacionesbíblicas, ella interpela a todos los que pasamos por el camino para que veamos si hay un dolor como el suyo:

«Llore conmigo la gente

de todos los tres estados,

por lavar cuyos pecados

mataron al inocente,

a mi Hijo y mi Señor,

mi Redentor verdadero.

¡Cuitada! ¿Cómo no muero

con tan extremo dolor?»

Por su parte, Lope de Vega recoge la oración del devoto que contempla a María sosteniendo el cuerpo muerto de su Hijo:

«Poned en vuestro regazo

la cabeza soberana,

y veréis que vuestro esposo

ya no os alegra y regala.

Y si el costado miráis,

y aquella profunda llaga,

Dios os dé paciencia, Virgen,

porque consuelo no basta”.

Más cerca de nosotros, Gerardo Diego compara las caricias que María dedicaba en otro tiempo al Niño con las que ahora despide al Hijo muerto:

“Qué lejos, Madre, la cuna

y tus gozos de Belén:

No, mi Niño, no hay quien

de mis brazos te desuna.

Y rayos tibios de luna

le acariciaban la piel

sin despertarle. Qué larga

es la distancia y qué amarga

de Jesús muerto a Emmanuel».

3. La profecía y la esperanza

No es extraño que el pueblo de Dios haya contemplado con amor y dolor esta escena de la Madre que sostiene sobre sus rodillas el cuerpo muerto de su Hijo. La imagen de la Piedad es una auténtica profecía, que refleja y denuncia los dolores de todas las madres de todos los tiempos.

Hijos perdidos en lejanos campos de batalla, o en los arrecifes de una costa a la que deseaban llegar para comenzar una vida más digna.

Hijos maltratados en trabajos infames, o perdidos por los oscuros callejones de la droga y de otras mil asechanzas.

Hijos caídos en accidentes de tráfico y en secretas maniobras, o secuestrados quién sabe por qué oscuros ajustes de cuentas.

Estos son los otros hijos de Dios que, al fin encuentran en su verdadera Madre, la caricia que otros no pudieron encontrar nunca en la suya.

Esta espada, clavada en el corazón de María de Nazaret, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, es la más cercana, la más comprendida y sentida por el pueblo de Dios.

Esta espada, hundida en el pecho de María, Madre de Dios y madre de todos los hombres, es un grito que demanda y suplica la amanecida de la esperanza para la humanidad acuchillada.

 

 



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