Carta del Obispo Iglesia en España

Nuestra responsabilidad, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

Nuestra responsabilidad, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

Como el resto de los españoles, los católicos somos invitados a votar en las elecciones generales del domingo 28 de abril. En este escrito, no voy a hablar de los candidatos y de los partidos políticos que les presentan a estas elecciones. Los fieles católicos son lo suficientemente maduros, o lo deben ser después de tantos años de normalidad electoral, para votar según las diferentes posibilidades, o no votar. La referencia de la Constitución Española, que nos indica las reglas del juego democrático, me parece importante en estas circunstancias.

Como español y como Obispo de la Iglesia Católica, me preocupa más cómo será el futuro de nuestra Patria, tras estas elecciones. Deseo grandemente que seamos capaces todos de desterrar actitudes en la vida pública que en el pasado nos llevaron, antes de yo nacer, a una lucha entre hermanos, de consecuencias nefastas. Se debe distinguir entre el mal y el bien, pero no dividir la sociedad entre los buenos y los malos, siguiendo los impulsos de un maniqueísmo político que tiene el peligro de un reduccionismo inaceptable. Los políticos tienen su importancia, pero más la tiene la vida diaria de la “res publica”, del bien común, de los problemas realmente importantes. Tengan respeto los representantes políticos por los ciudadanos y evitarán caprichos e ideologías que tal vez les interese solo a ellos.

Y es que, en mi opinión, no debemos permitir que los políticos elegidos democráticamente entren en una lucha de personalismos, de modo que ellos, elegidos para algo concreto, ocupen toda la esfera de la vida política, de la “polis”. Esto tendría más que ver con una política partidista, que no nos hace bien, sino que nos puede llevar a un liberalismo un tanto egoísta, que no tiene en cuenta los más desfavorecidos. Debe haber en nuestra sociedad, de manera cada vez más nítida, lugar a la sociedad civil y para la vida de sus grandes instituciones, pues no se agotan estas en la actividad de los representantes políticos elegidos en el Parlamento y el Senado de la nación. Que los representantes políticos se dejen de sus ideologías y se dediquen a servir al bien común, al bien de todos, respetando la libertad que nos da nuestra dignidad de seres humanos y reconoce, que no otorga, nuestra Constitución.

Pienso que nuestra vida pública está muy ideologizada y con una violencia dialéctica exasperante, como hemos visto en la campaña electoral; parece haberse perdido esa unión de nuestro ser con la realidad, con la vida cotidiana de la mayoría de los españoles. Y la política, en opinión del Papa Francisco, “no es mera búsqueda de eficacia, estrategia y acción organizada. La política es vocación de servicio (…) que promueve la amistad social para la regeneración del bien común” (Discurso a los participantes en un seminario sobre el compromiso político en América Latina, 4 de marzo de 2019).

Estoy convencido que siempre se puede estar de acuerdo en lo más básico del ser humano: su dignidad irrenunciable, la igualdad básica entre los seres humanos, y entre las mujeres y los hombres, la capacidad de hacer el bien y evitar el mal, luchar por el bien que nos alcanza a todos, por el bien común, defender la vida porque no somos un número ni uno más, somos cada uno único. Son realidades a las que atender, antes de decidirse por esta o aquella opinión, por este o aquel grupo, por este o aquel partido político.

Somos capaces de colaborar por el bien común en contextos donde no todos piensan igual, como en la familia o en el trabajo, porque hay respeto por el otro, aunque no sea de los nuestros. Es lo que permite que en nuestra sociedad existan ámbitos donde se puede vivir y no estar siempre sospechando de los demás, y comenzar iniciativas sociales que salen al encuentro de nuestras necesidades. Esto genera confianza en el entorno donde vivimos. No la genera que los representantes políticos elegidos piensen que ellos tienen que dirimir todo y estar en todo. Así se llega a la fractura entre los políticos y los demás ciudadanos, que amenaza la libertad y fomenta la desconfianza hacia ellos. Quiera Dios que no sea así.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

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