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Nuestra Pascua Inmolada, Aleluya, es Cristo el Señor, Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

Nuestra Pascua Inmolada, Aleluya, es Cristo el Señor, Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

 La Santa Madre Iglesia, recogiendo los relatos bíblicos, le ha dado tiempo – cincuenta días – a la Pascua para que el misterio de la nueva vida que recibimos en Cristo Resucitado pueda ser asimilado en nuestra mente y en nuestro corazón. Necesitamos tiempo para que se asiente en nosotros lo que siempre nos llega en un momento de luz: el don divino de la fe. Necesitamos tiempo para que tome cuerpo en nuestros corazones el canto que proclama lo más bello que nos ha podido suceder: “Nuestra Pascua Inmolada, Aleluya, es Cristo, el Señor, Aleluya, Aleluya”. Vivir de esta experiencia, saborear el encuentro personal con Cristo Resucitado es el punto focal de nuestra vida cristiana. De él procede todo: nuestros sentimientos, nuestras actitudes, nuestras opciones de vida; de él nace la fuerza de la evangelización, de nuestro espíritu misionero.

Hoy repetimos con frecuencia que hay que volver a lo esencial, a los orígenes, a la raíz, y así ha de ser. Esa es siempre una aspiración noble: recuperar la verdad de los comienzos. Pero que no se nos olvide que la vida de los primeros, que el sendero de la vida de aquellos pioneros, que tanto nos impresiona y nos gusta, tenía un manantial que la alimentaba: el encuentro pascual con el Resucitado. De ese encuentro procedía la confesión de fe: “Jesús es el Señor”. La vida de estos hombres y mujeres se construía desde esta alegre constatación: “Pascua Sagrada, ¡eterna novedad! Dejad al hombre viejo, revestíos del Señor”.

Hoy, cuando toda la Iglesia está “en estado de misión”, reponer en nuestra vida el anuncio y la confesión de Cristo, nuestra Pascua Inmolada es una tarea esencial. En realidad la misión comienza por nosotros mismos; no hay misión sin que haya discípulos del Señor que le ven y le escuchan, que están con él en la Eucaristía, en la oración, en la Palabra o en los pobres, tras haberle encontrado. Ese encuentro con Cristo es siempre sorprendente, feliz, pascual, rompedor, valiente, sincero y, por qué no, atrevido, con un toque de locura juvenil que nos disponga a hacer lío. Estar con Jesús, conocerle escucharle, amarle y seguirle mueve nuestros corazones y nuestros pasos y nos lleva a anunciarle donde no se le conoce o nada o de verdad. “Pascua Sagrada, ¡oh fiesta universal!, el mundo renovado canta un himno a su Señor.

Sólo el que encuentra al Resucitado y le conoce en la cercanía del sepulcro vacío o al partir el pan o en las llagas de su costado o en la orilla del lago, allá en Galilea, y le dice como Tomas “Señor mío y Dios mío” o como Pedro “es el Señor”, puede sentir en su corazón el tirón misionero y entender por qué un cristiano no puede dar un paso sin sentirse misionero. Sólo el que se encuentra con Jesús en persona y le reconoce vivo, tras haber pasado por la cruz, podrá cantar con alegría al mundo la convicción que mueve su vida: “Pascua Sagrada, ¡victoria de la cruz! La muerte derrotada ha perdido su aguijón”.

El que se abre a Jesús al encontrarle mostrará en su vida un cambio profundo, el de quien ya posee el tesoro por el que merece la pena dejarlo y darlo todo, para vivir como testigo de una vida nueva que compromete a renovarlo y transformarlo todo en Cristo. El hombre nuevo de la Pascua deja sus huellas entre sus hermanos, porque lleva una vida que ilumina, que embellece, que dignifica. Así es el testimonio de aquel que lleva en su corazón este canto: “Pascua Sagrada, ¡oh noche bautismal! Del seno de las aguas renacemos al Señor”.

Sólo el que vive en Cristo Resucitado puede llevar buena noticia a los corazones. Tras haber sido alcanzado por Cristo, podrá recorrer el camino de la misericordia y podrá decirle a sus hermanos, sea cual sea su dolor, esté como esté su herida: Dios te ama. Y su palabra será creíble, porque el que vive en Cristo muestra siempre salud, vida y alegría. Con el Señor, encontrado y confesado, siempre podemos cantar: “Pascua Sagrada, ¡Cantemos al Señor! Vivamos la alegría dada a luz en el dolor”.

La ilusión y la alegría de la Pascua ha de llevar a las calles de nuestros pueblos y ciudades para que él se pueda acercar, a través de nuestro testimonio en palabra y vida, a los que se sienten más lejos o más débiles o más ciegos en su fe. Sólo esos podrán llegar a cantar: “Pascua Sagrada. La sala del festín se llena de invitados que celebran al Señor”.

Os ofrezco esta reflexión para ayudaros a poner motivación en la tarea misionera que hemos emprendido. Me consta que una gran mayoría de vosotros, acompañados por nuestros ejemplares sacerdotes, estáis poniendo, además de reflexión, mucha creatividad en una empresa que puede renovar el estilo de nuestra Iglesia diocesana y hacerla más misionera. Con esta reflexión mía sobre la Pascua os he querido recordar que lo que nos hace salir a la misión es haber conocido al Señor. Sólo la fe en Cristo resucitado nos dará entusiasmo apostólico, plena disponibilidad y hará que nuestro servicio misionero sea creativo.

Feliz Pascua de Resurrección.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia



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