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Noviazgo y matrimonio, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

Noviazgo y matrimonio, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

El matrimonio fue instituido por Dios nuestro Señor en el Paraíso terrenal cuando unió como esposos a Adán y Eva. El Matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Esta diversidad no debe hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. Dios, que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano.

Cristo elevó la institución natural del matrimonio a la categoría de sacramento. La misión de engendrar hijos y educarlos, así como el amor que envuelve la unión de los esposos y todo el ámbito de la familia, han quedado apoyados en la gracia del sacramento cristiano. En consecuencia, los esposos reciben las gracias y ayudas especiales que necesitan en su vida para cumplir los deberes que les impone su vocación de engendrar y educar a los hijos que Dios les dé.

Casarse es establecer un vínculo de carácter permanente regulado jurídicamente; vivir con gozo una fecundidad generosa; contribuir a la transformación del mundo y al bien de la sociedad mediante la realización en el amor; expresar de un modo concreto la vocación cristiana a la santidad.

Los esposos están llamados a un amor total y para siempre; ser signos visibles de la alianza entre Cristo y la Iglesia; colaborar en el crecimiento de la comunidad familiar y eclesial; evangelizar y ser testigos, en su ambiente, del amor de Cristo.

La celebración se realiza cuando los contrayentes, que son los ministros de este sacramento, expresan públicamente su mutuo consentimiento, ante un representante oficial de la Iglesia y otros testigos. Si los novios están bautizados y se declaran creyentes, la Iglesia les invita a prepararse para celebrar el sacramento del Matrimonio bajo una de estas dos formas: en el marco de una celebración de la Palabra o dentro de la celebración de la Eucaristía. Cuando los novios no son creyentes o manifiestan una fe llena de contradicciones y desean y piden casarse por la Iglesia, los pastores deben examinar cada caso, sin caer en una actitud rigorista ni tampoco en una benevolencia rutinaria y los mismos novios tendrían que reconsiderar su actitud y  reflexionar con sinceridad sobre su postura.

El sí de los esposos debe ser un acto libre y responsable.



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