Diócesis

Nota de la Conferencia Episcopal Tarraconense sobre la crisis económica

En la carta pastoral Al servicio de nuestro pueblo, que los obispos de Cataluña publicamos en enero del año 2011, advertíamos que la crisis económica tan grave que sufríamos ya en aquel momento era uno de los retos más importantes que nuestra sociedad debía afrontar.

Lamentablemente, un año y medio más tarde de la publicación de aquel escrito, esta crisis global, lejos de disminuir, ha ido tomando unas dimensiones extraordinarias que afectan a la mayoría de los sectores económicos. Son muchas personas y familias, trabajadores, pequeños y medianos empresarios, autónomos y funcionarios los que sufren unas graves afectaciones que las medidas económicas recientes han hecho más dramáticas.

Asimismo, la crisis ha provocado que algunos ámbitos tan fundamentales como la atención sanitaria, la educación o los servicios sociales se hayan visto afectados por unos ajustes que, en bastantes casos, perjudican a muchas de las personas que son sus usuarias.

Cataluña, además, tiene una situación económica y un sistema de financiación que hacen muy difícil la reactivación del país, a pesar de los grandes sacrificios que la población se ve obligada a hacer, especialmente las personas que han quedado sin trabajo, los jóvenes y aquellos que disponen de rentas mínimas. Muchas son las voces que claman contra esta situación y, últimamente, se han hecho sentir en numerosas manifestaciones, donde se ha hecho patente el desencanto hacia la acción política y financiera, el rechazo ante la dudosa moralidad de algunas personas e instituciones, y un angustioso pesimismo sobre el posible resurgimiento de la situación.

Durante los últimos meses, la acción social de la Iglesia en nuestro país, realizada por Cáritas, Parroquias, instituciones dependientes de las Congregaciones Religiosas y de los diversos Movimientos y Asociaciones católicas, no sólo se ha mantenido, sino que se ha incrementado, tanto en lo referente a la atención material y espiritual a quienes se encuentran en situación de pobreza, como en la resolución de problemas más urgentes como la atención a los afectados por los desahucios o el paro juvenil.

Como Obispos de las Diócesis con sede en Cataluña, queremos agradecer el trabajo que hacen todas estas instituciones de Iglesia en colaboración con otras instituciones y con las Administraciones y, especialmente, la labor de los numerosísimos voluntarios, así como también el esfuerzo de tantas personas y familias que con su contribución económica hacen posible que se pueda llevar a cabo.

Asimismo, la acción social dela Iglesia Católicano queda relegada al interior de las fronteras de nuestras Diócesis ya que, pese a la crisis económica que sufrimos, seguimos atendiendo y financiando solidariamente un gran número de proyectos en el Tercer Mundo –que debe soportar una crisis endémica más intensa–, a cuyo frente se encuentran muchos misioneros sacerdotes, religiosas y religiosos, laicas y laicos católicos.

Benedicto XVI ha dicho recientemente: “No es deber de la Iglesia definir las vías para afrontar la crisis actual. Sin embargo, los cristianos tienen el deber de denunciar los males, de testimoniar y mantener vivos los valores en que se fundamenta la dignidad de la persona y de promover aquellas formas de solidaridad que favorecen el bien común, para que la humanidad se convierta en la familia de Dios” (Discurso a la Fundación Centesimus Annus, 17.10.2011). Por eso, hay que empapar de compromiso éticoel mundo de la economía y las finanzas, para que la dignidad de la persona humana sea defendida y promovida siempre y para que se evite toda especulación que acaba provocando un verdadero desastre social. También hay que combatir decididamente los brotes de corrupción en el ámbito de las instituciones y administraciones. Y en concreto, debe ser una prioridad de toda nuestra sociedad la preocupación por el gran número de parados, por tantas familias que viven la angustia de una posible pérdida del trabajo, el interés por los jóvenes que se han de poder incorporar por primera vez al mundo laboral, así como también el compromiso por el mantenimiento de los puestos de trabajo, velando siempre para que tengan condiciones dignas.

Hay que analizar los errores cometidos estos últimos años, para no volver a caer más en ellos, y reconocer que quizás todos hemos intentado vivir por encima de las propias posibilidades. Se debería poder pedir responsabilidades, especialmente, a aquellos que han provocado desórdenes financieros y especulación. La sociedad, si quiere ser justa, debe poner las medidas necesarias para que los capitales tomen también responsabilidades en orden al bien común y al justo reparto de los beneficios.

En la carta Al servicio de nuestro pueblo, decíamos: “Es el momento, también, de mirar adelante y de trabajar más esforzadamente pensando en las generaciones futuras. Los obispos hacemos un llamamiento a todos los agentes sociales -autoridades, empresarios, dirigentes, trabajadores- a no decaer en el esfuerzo, a pesar de la dureza de las circunstancias, y a trabajar con esperanza, haciéndolo según los grandes valores humanos y cristianos” (4,f).

Como pastores de la Iglesia Católica, no podemos dejar de decir a todos que, en el fondo de esta actual crisis económica y financiera, hay una crisis de valores y de fe. Cuando el hombre abandona a Dios, se pierde a sí mismo. Cuando las personas quieren construir una sociedad sin Dios, acaban deshumanizándose, porque olvidan la gran pregunta de Dios a Caín, que atraviesa la historia humana: “¿Qué has hecho de tu hermano?” (Gn 4,9).

En estos momentos de incertidumbres y de dificultades, estamos convencidos de la capacidad de nuestro pueblo para afrontar y superar los retos que la crisis económica plantea. Así como en otros momentos históricos difíciles, nuestro país ha sabido enderezarse con nueva fortaleza, también ahora podremos salir adelante si mantenemos la confianza en nosotros mismos, si fortalecemos nuestra tradicional laboriosidad y espíritu de sacrificio, si los dirigentes saben conducirnos poniendo como prioritario el bien común, y si todos nos ayudamos y buscamos la verdadera solidaridad entre los pueblos de Europa y del mundo, iluminados por el Evangelio que siempre nos llama a la conversión.

Queremos colaborar a mantener la esperanza, y la pedimos a Dios. Juntos y con el esfuerzo de todos, con la voluntad de acuerdo y de colaboración de los Partidos políticos, de los Sindicatos y de las Patronales, podremos superar esta crisis tan dura. Necesitamos volver a los valores auténticos, a los que no se marchitan, y a un estilo de vida personal y familiar, institucional y eclesial, austero, generoso y responsable, sin dejar la solidaridad hacia los que tienen menos o tienen que soportar más cargas. Sólo una fe que se traduce en caridad hacia el prójimo se convierte en creíble y convincente.

Ciertamente, creemos que Cáritas –que es la institución eclesial de la caridad- acierta decisivamente cuando propone: Vive sencillamente, para que otros, sencillamente, puedan vivir. Por eso humildemente hacemos un llamamiento para que todos nos orientemos hacia una manera de vivir y de actuar más modesta y sencilla, que no esté por encima de nuestras posibilidades. Asimismo, reclamamos que todos hagamos un esfuerzo de ayudar y de compartir solidariamente con los más débiles de la sociedad, como ya están llevando a cabo, ejemplarmente, muchos cristianos y muchas otras personas de buena voluntad. Y finalmente invitamos a valorar y aplicar los principios fundamentales dela Doctrina Social de la Iglesia, ya que proponen orientaciones válidas para la construcción de una sociedad justa, libre y solidaria, especialmente si los ofrecemos en diálogo con todos aquellos que se preocupan seriamente por la persona humana y su mundo.

 

Salardú, 27 de julio de 2012

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