Firmas

Nos mojamos con María aceptando a Dios

Nos mojamos con María aceptando a Dios

Feli Izaguirre

Ocurrió que se puso a llover en la Conmemoración del 50 Aniversario de la Coronación Canónica de la Purísima Concepción, Patrona de Torrevieja (Alicante), el sábado día 28 del pasado mes de mayo, en la Plaza de la Constitución.

Ocurrió inmediatamente después de que fuera colocada sobre Ella la Aureola de su Coronación, preciosa joya de orfebrería, la misma con la que el pueblo de Torrevieja coronó a la Purísima en el año 1966, como muestra de su amor y deseo de mantenerse bajo su protección materna, encomendándole sus afanes, alegrías, preocupaciones, esperanzas, todo, porque a través de Ella llegó y nos llegará siempre, la Misericordia.

Y aunque fuese bajo la lluvia, con ese simbólico acto que da sentido, expresa y hace realidad nuestros deseos, fue renovada la Consagración de la Ciudad de Torrevieja a la Santísima Virgen, a su Excelsa Patrona, la Purísima Concepción. Los hace realidad porque amar a María implica aceptar a Dios en nuestras vidas, como Ella lo hizo.

Y aceptar a Dios en nuestras vidas –decirle Sí, como María, Hágase Tu voluntad-, es dejarse inundar por la Misericordia –el Amor, Dios mismo-, que produce el efecto directo de llenarnos de alegría y de impulsarnos a hacer el bien a todos: ser misericordiosos.

Doy gracias a Dios por haber vivido ese momento y participar de la alegría de tener a María como Madre, que nos protege, nos cuida y nos conduce a Jesús para que le conozcamos verdaderamente y le amemos, porque quien conoce a Jesucristo queda prendado de Él. Con Él nadie se siente solo. Nadie está solo.

Con María, yo me mojé también. Fueron sólo unos cinco minutos, lo suficiente para que se nos calase la ropa entera. Allí estaban los sacerdotes del Señor, inseparables de María, mojándose también, con el obispo de Alicante, y muchos fieles, que decidimos no salir de estampida, sino quedarnos con Ella, Nuestra Madre.

Y después, todo transcurrió con normalidad: el acto solemne, con alguna alteración por la lluvia, y pude ver las lágrimas de algunos voluntarios de la Asociación de la Purísima Concepción, que se habían esforzado tanto en que la celebración quedase impecable.

Como mujer, hija de mi Madre, hija de María, tengo el impulso de decirles que para qué esas lágrimas, que todo salió muy bien.

Y alguien dijo, con toda su buena intención de animar y consolar, que la lluvia eran lágrimas de alegría de la Virgen que caían del cielo por ver a su pueblo allí reunido. Pues bien, era sólo lluvia, y María está con nosotros, con sus hijos, mojándose también, es decir, haciendo el bien, con el motor de la Misericordia: el impulso de la alegría y la confianza de sentirnos amados incondicionalmente.

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