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Nos falta tiempo

No sé a usted, pero a mi me falta tiempo. Me levanto muy temprano, tanto que hasta los fines de semana me despierto a horas donde solo los panaderos –los pocos auténticos que quedan–me acompañan. Aún de noche, salgo de casa para ir a trabajar. Muchas veces como en el despacho o algún pintxo –para los vascos esto es como irnos a tomar un vinito–en algún bar cercano. Vuelvo a la oficina. Somos tres los que formamos este equipo. Les pregunto y están igual o peor. Volvemos a casa como antes, sin ver el sol. Pregunto a amigos en sus respectivos trabajos. Me dicen lo mismo. Todos agobiados, todos con la agenda llena. ¿Qué pasa?

Es cierto y algo triste que el tiempo pasa rápido, tanto que no saboreas los días. Lo bueno pasa volando y lo malo también, aunque esto último es como la canción de Sabina, 19 días y 500 noches. Cuando te quieres dar cuenta, estas en la cama rezando las tres Ave María y quedándote dormido. Y en el mejor de los casos, puedes estar un rato en el sofá pero, zas, el móvil te aparta de la realidad y los minutos, los pocos minutos libres que podrías tener para ti, para pensar en el día, recordar con quien has estado, qué te ha salido mal y qué cosa o persona te ha hecho reír, los pasas tecleando, mirando Instagram o wassapenado con varios a la vez.

Sin duda nos falta tiempo. Pero no es culpa de las 24 horas que siempre han regido los días. Sin duda es culpa del ritmo de vida que poco a poco ha ido calando en nuestras rutinas, globalizadas, hipercomunicadas, modernas y tecnológicamente avanzadas. Este es el peaje que estamos pagando por ello. Una mejor organización ya no basta. Unas políticas de conciliación serían otra de tantas. Necesitamos tiempo. Parar y respirar. Dar un paseo, andando o en bici, sin ir a ningún lado en concreto. Releer aquel libro que tanto nos gustó. Hablar por teléfono con quien hace mucho que no hablas. Aburrirse. Cocinar. Limpiar, organizar tu armario o decorar la casa. Probar un nuevo menú en aquella tasca o visitar una tienda nueva. Incluso sí, estar un tiempo de calidad frente al Señor, hablarle sin prisas, porque a este ritmo se nos olvidará como hacerlo. Entrar en una iglesia y sentarte. Todo esto es lo que nos falta y el precio de esta sociedad alocada, inquieta y ruidosa está siendo alto.



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