Tiempo de caminar

No tomarás el nombre de Dios en vano

De pequeños nos enseñaron los Mandamientos casi de carrerilla, antes de la Primera Comunión. El que da el título a este post es el segundo de ellos. Sin embargo, a diario vemos cómo los rosarios, los crucifijos y la Biblia se están empleando como símbolos de valor político. Que la fe es el aspecto fundamental que define nuestra vida y nuestro comportamiento como cristianos es una máxima que solemos entender a la perfección. Pero, ¿qué pasa cuando existen «líderes sociales» que se sirven de nuestras creencias para buscar un rédito político o personal?

Hace unos meses, el político italiano Mateo Salvini blandía un Rosario en su mano derecha justo antes de realizar una soflama contra la inmigración. Esta misma semana, y tras las mayores revueltas sociales en EEUU desde los años 60, Donald Trump aparecía en la puerta de una iglesia, Biblia en mano (al revés, por cierto), justo después de pronunciar un discurso netamente marcial. Sin tener que viajar mucho, un medio de nuestro país publicaba hace un par de años una portada con los políticos «que van a Misa», como si hubiera que llevar un pin en la solapa para visibilizar esta práctica dominical, cuando después sus actos y discursos se alejan profundamente de la Doctrina Social de la Iglesia. Ni que decir tiene cuando, en plena campaña electoral, los representantes públicos «se pegan» por un buen sitio en una Misa, para que se les vea bien en las fotos, y protestan incluso si no se les ha ubicado correctamente (o «no se les ha invitado a Misa»), ignorando que para la Iglesia todos somos iguales.

No nos engañemos: en ninguno de los casos señalados estos gestos buscan la defensa social de la religión católica (o protestante, en el caso de Trump). Simple y llanamente buscan atraer a una buena parte de su electorado. Como si sostener una Biblia o un Rosario fuera una reivindicación de sus posturas y de su autoridad. Y en muchos casos, constituye una instrumentalización religiosa para justificar la violación sistemática de los derechos humanos. Buscan entremezclar política y religión, confundiendo al pueblo llano y autoproclamándose adalides sociales de la fe, salvadores de la ortodoxia cristiana, mientras en paralelo se dedican justamente a lo contrario, mientras defienden mensajes completamente opuestos a las enseñanzas de Cristo en esos Evangelios que dicen conocer tan bien. Se trata de algo completamente irrespetuoso, un mercantilismo ofensivo de la fe. Solamente los fieles más sinceros y profundos podrán identificarlo así. Pero hay una masa votante con un nivel de religiosidad quizá no tan profundo, que es a la que estos políticos se dirigen cuando realizan este tipo de gestos.

El populismo más burdo, del cual estamos también bien servidos en España, convierte la fe en un juego político de bajo nivel. Y la religión comienza a formar parte de un discurso público (tanto por mensajes como por gestos visuales) nada alentador. Frente a esto, el Papa Francisco ha recordado en no pocas ocasiones que la comunicación tiene que ser «una herramienta para ir al encuentro, no para crear contrastes, para dialogar y no para monologar, para orientar y no para desorientar, para entenderse y no para malentenderse, para caminar en paz y no para sembrar odio, para dar voz a quien no la tiene, no para hacer de megáfono a quien más grita». Para el Santo Padre, «hay que obrar en la verdad y en la justicia, para que la comunicación sea realmente un instrumento para construir y no para destruir».

La política partidista divide, Dios sin embargo es de todos. Y, desde luego, a mí como creyente, estos gestos no me representan.

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