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Opinión

No temamos la bondad, la ternura, la misericordia, la esperanza, la novedad – editorial Ecclesia

            En nuestro comentario editorial de la pasada semana, ya aventurábamos los rasgos del estilo y del talante del Papa Francisco. Textualmente apuntábamos al respecto estos adjetivos: “Sorprendente, humilde, sencillo, religioso, caritativo”. Concluidas las tres primeras y trepidantes semanas de su ministerio apostólico, comprobamos ya lo certero de aquel pronóstico, por otro lado evidente con tan solo haber contemplado sus primeros pasos.

Estamos, en efecto, ante un Papa, en buena medida, distinto, eso sí, como distinta es cada persona. Un Papa con personalidad propia y que en el ejercicio de su misión emplea y desarrolla no solo lo mejor de sí mismo, sino también lo que entiende pueda mejor responder a las actuales necesidades y demandas de los tiempos eclesiales y sociales. Y esto ha acontecido con todos los Papas, como suceden con todas las personas. Cada uno tenemos nuestra propia manera de ser y de actuar. Y ello nunca lo es en comparación o contraposición con nadie. Solo en anales de la historia de la Iglesia contemporánea, podríamos además encontrar numerosos referentes de que así ha sucedido en la inmensa mayoría de los casos, tras la sucesión de un Papa por otro. ¿O fueron menores los cambios y los gestos que Juan XXIII, Juan Pablo I o Benedicto XVI –por citar tan solo tres obvios ejemplos-  desplegaron en relación a sus respectivos antecesores, Pío XII, Pablo VI o Juan Pablo II?

Advertíamos asimismo en nuestro anterior editorial que a todos los miembros de la Iglesia nos correspondía ahora acoger la novedad en la continuidad, y hacerlo sin traumas, rupturas o  anquilosamientos, con apertura y generosidad. Y añadimos ahora que sin nostalgias ni aspavientos, con gratitud y con docilidad. Los numerosos gestos con los que se ha prodigado el Papa Francisco hablan por sí solos y nos transmiten un inequívoco y bien hermoso y evangélico mensaje y testimonio de sencillez, austeridad, cercanía y fraternidad. Y el pueblo fiel, el Pueblo santo de Dios, lo ha captado a las mil maravillas y se siente encantado, dichoso y esperanzando con y ante su nuevo pastor supremo. Y todo ello sin restar un ápice de respeto, veneración y afecto a los anteriores Papas, como además –la Providencia así lo ha querido- quedó gráficamente de manifestó, el sábado 23 de marzo, con el encuentro entre Benedicto XVI y Francisco I.

Ni este ni ningún Papa es más nuestro ni es menos nuestro, no es mejor ni peor, en la medida en que se aproxime o se aleje de nuestras legítimas sensibilidades, gustos, intereses, idiosincrasias, preferencias, prioridades o posicionamientos ideológicos.  No es el Papa –ni este ni ninguno- quien tiene estar en sintonía con nosotros, sino que hemos de ser nosotros, e incondicionalmente, quienes estemos en sintonía con él. Nosotros no somos jueces ni interpretes de la ortodoxia o de la ortopraxis, sino que es Pedro la roca en la que se cimenta la unidad, la comunión y la misión de la Iglesia.

“No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura”, exclamó y reiteró el Papa Francisco en la misa del inicio solemne de su pontificado, el martes 19 de marzo. “El Señor nunca se cansa de perdonar”,  “el mensaje más fuerte del Señor es la misericordia”, señaló el domingo 17 de marzo. “¿Cómo quisiera una Iglesia una Iglesia pobre y para los pobres?”, confesó el sábado 16 a varios miles de periodistas. “No os dejéis robar la esperanza, la esperanza que Jesús nos da”, “no os avergoncéis de la cruz de Cristo”, “la verdadera alegría está en el don de sí mismo”, “es bueno ir con Jesús”, fueron algunas de las frases, de los titulares de su homilía del Domingo de Ramos, a su vez, renovada convocatoria para la JMJ 2013 Río de Janeiro. Y con este glosario de pensamientos y con tantos de los gestos de estas tres semanas en la retina y en el corazón de todos, ¿cómo no pensar, cómo no sentir y percibir la fragancia y la frescura del Evangelio; cómo, al igual que los discípulos de Emaús, no dejar enardecer nuestros corazones?

Dios –dijimos igualmente en nuestro pasado editorial- estuvo grande con nosotros en el último cónclave. Dios está grande con nosotros mediante el Papa Francisco. Así, pues, que el Dios que comenzó la obra buena, Él mismo la cuide y la siga desarrollando.



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