Si se callase el ruido

No son números, son personas

Las cifras que se manejan no son solo números. Son personas. Cada una de ellas con su historia personal, con su familia, con sus ilusiones y su proyecto de vida. Que no se nos olvide. La curva de la pandemia de la que tanto se habla no son números en una tabla de Excel, son personas. Personas enfermas, muy enfermas o muertas. Cada uno con sus seres queridos. Con una vida que ha tenido sentido porque ha sido vivida con los otros.

Me desperté el sábado con esta noticia:  15 personas, ancianos, del Centro municipal de Mayores de Daroca, en Vicálvaro, mi barrio, al Este de Madrid, fallecieron a causa de la COVID-19. Como en tantos otros lugares de la geografía, como tantos mayores con los que este virus se está cebando. Otros 15 más. Un dato frío. Pero en este caso la noticia era en mi zona, en un lugar que está cerca de la Universidad Rey Juan Carlos, de casa de mis padres y de mi hermano, de los bares, de un parque donde jugaban los  niños… El centro de Mayores está en una zona peatonal del casco antiguo, que cuando pasabas por la puerta se oía la música y se les veía disfrutar. Este grupo, además, seguía aportando su granito de arena a la sociedad, como seguramente hicieron toda su vida: leían cuentos a los niños en una guardería, quienes preguntarán cuando todo esto pase –que pasará- dónde están los abuelos, por qué ya no van, por qué ya nos les regalan sus sonrisas ni sus historias.

15 mayores a los que no habrán podido velar. 15 a los que no les han podido acompañar en los últimos momentos de su vida.  15 a los que nadie les ha cogido la mano ni nadie les ha dado un beso de despedida. Ni una caricia. Cuántas habrán dado ellos a sus nietos, cuánta ayuda habrán prestado a sus hijos, cuánto tiempo regalado. Sin pedir nada a cambio. Cuánta paciencia con los demás. Ellos que siempre se conformaron con poco. Mayores con ganas de vivir, de bailar, de encontrase con otros de su edad para rememorar sus batallas, que no fueron pocas. Desde aquí mi reconocimiento a todos y cada uno de ellos y mi pésame a las familias.

Pero el sábado seguía retumbando también en mi cabeza la impactante bendición del papa Francisco desde una Plaza de San Pedro vacía. Unas palabras para la historia, para volverlas a leer despacio en oración meditada. “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos”. Todos juntos. Abuelos, padres, hijos. Todos juntos debemos remar en una misma dirección: en construir una sociedad habitable, en volver a lo esencial, en estar pendientes unos de otros. Como ellos hicieron durante toda su vida. No podemos dejarles solos. Se lo debemos. Su fragilidad es su grandeza.

Por ello el Papa nos volvió a insistir en que en estos momentos “la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad”.

¿Cuántas veces no hemos ido a ver a nuestros mayores por cansancio, porque nuestra agenda no nos lo permitía, por hacer otros planes, por egoísmo? ¿cuántas veces ellos nos lo han perdonado, no les ha importado y han pensado primero en nuestra felicidad? Este tiempo nos hará mejores si descubrimos de verdad a los otros. Si como nuestros abuelos, pensamos más en su felicidad que en la nuestra.

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