Editoriales Ecclesia

No se puede combatir la discriminación, discriminando – editorial Revista Ecclesia

No se puede combatir la discriminación, discriminando – editorial Revista Ecclesia

La enorme transcendencia e impacto en la opinión pública nacional e internacional y en la mismas conversaciones, cotidianeidad y preocupaciones de la ciudadanía de la situación en Cataluña ha ensombrecido el conocimiento y el debate acerca de una proposición de ley en el Congreso de los Diputados de España, presentada por el grupo parlamentario confederal de Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea. El farragoso título de la iniciativa parlamentaria es “Proposición de ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales, y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales”.

Por su apología de la ideología de género pura y dura, por sus perfiles fundamentalistas y excluyentes y por las posibles derivadas de conculcación de derechos fundamentales, la Conferencia Episcopal Española (CEE) ha estudiado ya en varias ocasiones el tema. Primero fue en las reuniones de junio y septiembre de la Comisión Permanente, y ahora lo ha sido en Asamblea Plenaria, recién concluida (ver páginas 7 a 9). Igualmente, la parte más extensa del discurso del cardenal presidente de la CEE en la apertura de la pasada Plenaria (ver páginas 8 y 9 del anterior número de ecclesia) estuvo dedicada, con clarividencia y mesura, a este tema.

¿Por qué la Iglesia entra en esta cuestión, que, en principio, podría pensarse que es solo naturaleza política?  Muy sencillo: porque la proposición de ley entra de lleno en esenciales aspectos antropológicos y éticos y porque, socapa de defender los derechos de la diversidad, impone una visión sectaria acerca del ser humano, que se halla en las antípodas de la antropología cristiana y de la misma ley natural.

¿Y cuál es, entonces, la posición de la Iglesia al respecto? En primer, la Iglesia católica rechaza del modo más absoluto a la discriminación de cualquier persona en razón de su sexo u orientación sexual. Segundo, la Iglesia apuesta decididamente por la erradicación de la llamada violencia de género, cuyo ejercicio es una ofensa gravísima a Dios, a la Justicia y a la condición humana.  En tercer lugar, la Iglesia advierte de los graves riesgos que comporta la imposición de la ideología de género, como podrían ser la merma, cuando no el cercenamiento, de las libertades religiosa, ideológica, de expresión, de prensa, de cátedra, etc. Si la proposición en cuestión y sus contenidos totalitarios y de pensamiento único llegará un día, tal cual ahora son presentadas, a ser ley, se podría instaurar una verdadera censura, una asfixia de la libertad y un notable retroceso en los derechos democráticos inviolables.

¿Y qué es lo que la Iglesia pretende al denunciar con esta claridad y contundencia la citada proposición de ley? Evitar, con la utilización de los medios democráticos del diálogo, del razonamiento y de la apelación al respeto a la auténtica pluralidad y tolerancia, su eventual aprobación. Para ello es evidente que la Iglesia no dispone ni votos ni de escaños en las Cortes. Este no es su lugar, ni quiere lo que sea. Pero sí lo son la denuncia de las injusticias, la iluminación de las conciencias y el ejercicio del derecho, que es a la vez un deber, de ser conciencia crítica cuando las circunstancias, como este caso, lo demanden.

De esta manera, la Iglesia pretende, además, alertar a los ciudadanos acerca de los peligros antedichos y contribuir a un generar un clima de sensatez y cordura y de defensa de los valores de una correcta e inclusiva antropología.

Y es que no se puede combatir la discriminación, discriminando. No se pueden defender los derechos, por legítimos que sean y que son, de las minorías y de las opciones de diferencia,  arrasando, perjudicando o turbando los derechos de los demás.

Como afirmó el cardenal presidente de la CEE en su citado discurso, “pretender cancelar la diferencia sexual comportaría no saber afrontarla y ser víctima de innumerables sufrimientos. La igualdad personal no excluye las legítimas y vitales diferencias; la paternidad y la maternidad no son realidades que el hombre pueda componer o descomponer a su arbitrio”.

O como escribió el Papa Francisco en la  Amoris laetitia, “no caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos criaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada” (n. 57).

 

Print Friendly, PDF & Email