Revista Ecclesia » No matarás, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia
mandamientos
Iglesia en España

No matarás, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

No matarás, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

El tratamiento del quinto mandamiento ofrece ocasión para una reflexión profunda sobre el valor de la vida humana y la defensa de la salud. Entre los derechos humanos el primero y fundamental es el derecho a la vida, desde su concepción hasta su conclusión natural y es el origen de cualquier otro derecho.

Hay tres aspectos importantes en este mandamiento: el respeto a la vida humana, a la dignidad de la persona y a la salvaguarda de la paz.

En el primero se trata, entre otras cosas, de la legítima defensa. «El que defiende su vida no es culpable del homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal», afirma el Catecismo (n. 2264). Más aún, la legítima defensa se convierte en un deber grave para aquellos que son responsables de «la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad» (n. 2265). En este apartado se introduce el delicado asunto de la pena de muerte. Exactamente se dice lo siguiente: «La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana. Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo “suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos» (CCE 2267).

No es tanto la pena de muerte lo que defiende, cuando la legítima defensa. El amor hacia sí mismo sigue siendo un principio fundamental de la moralidad que funda la legítima defensa.

Dentro de este mismo apartado, el aborto merece un tratamiento especial, insistiéndose en que «la vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción» (n. 2270). Se recuerda que «la colaboración formal» con el aborto está sancionada con la excomunión. La eutanasia y el suicidio también son contemplados en el mismo capítulo.

Después de contemplar los derechos no del cuerpo, sino del espíritu, como el honor; se habla del escándalo y del derecho a la salud. Se aconseja evitar «toda clase de excesos, el abuso de la comida, del alcohol, de tabaco y de las medicinas» (n. 2290); se condena el uso de la droga, calificándolo de «falta grave», «la producción clandestina y el tráfico de drogas son prácticas escandalosas» (n. 2291).

Con respecto a la investigación científica en el ámbito del cuerpo humano, es positiva siempre que procure «la curación de las enfermedades y el progreso de la salud pública», pero no podrán ser aceptadas investigaciones que impliquen «actos contrarios a la dignidad de las personas o a la ley moral»; se rechaza el trasplante de órganos cuando no se tiene el permiso del donante o de su tutor, y se advierte que es «moralmente inadmisible provocar directamente para el ser humano bien la mutilación que le deja inválido o bien su muerte, aunque sea para retardar el fallecimiento de otra persona» (n. 2296).

Termina la explicación del mandamiento con el tema de la paz. La tesis de base es que hay que evitar la guerra, y para ello se establecen unas estrictas condiciones para la guerra justa, semejantes a las de la defensa personal, con el añadido de que los medios modernos de destrucción tienen tal capacidad que debe valorarse con mucha precisión el uso de los mismos.

Se reconoce a los poderes públicos el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la legítima defensa, y se califica a los militares de «servidores de la libertad y de la seguridad de los pueblos» (n. 2310); se advierte también que «la carrera de armamentos no asegura la paz» (n. 2315), y se critica «la producción y el comercio de armas» (n. 2316).

En resumen el evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús.

 

 

                                                                  + Ángel Rubio Castro

                                                                     Obispo de Segovia



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Cada semana, en tu casa