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No hay amor más grande, por Cristina Inogés

Santa Juliana de Mont Cornillon es de esas santas no excesivamente conocidas, pero a la que le debemos la celebración de una de las grandes fiestas en la Iglesia.

Juliana vivió entre 1193 y 1258 y fue monja agustina en el convento del que toma su apellido. Desde muy joven tuvo visiones —que no comentó con nadie hasta pasados bastantes años— en la que veía a luna atravesada con una especie de anillo oscuro. No lo entendía hasta que, en una nueva visión, se le explicó que la Iglesia celebraba todos los misterios de Jesucristo, pero no su presencia real en la eucaristía. Y a ello dedicó su vida. No le fue fácil —porque desde la resurrección, algunas mujeres nos han sobresaltado—, sin embargo, su insistencia lo consiguió aunque la oposición fue dura, y no llegó a verlo en esta vida. Fue Urbano IV, en 1264, nueve años después de la muerte de Juliana, quien estableció la fiesta del Corpus Christi, a nivel local; Juan XXII, en 1317, la declaró fiesta para toda la Iglesia.

Por las actuales circunstancias de este año la celebración tendrá menos solemnidad externa ya que no habrá procesiones —en el claustro de una catedral puede que haya alguna—, sin embargo, la verdadera vivencia interior no tiene que verse afectada. Celebrar el Corpus Christi implica un compromiso, más bien diría “el” compromiso, porque ¿de qué sirve adorar la presencia real de Cristo en la eucaristía si, tras hacerlo, no miramos a nuestro prójimo? Quien dice mirar dice implicarse en su vida.

Las necesidades se han multiplicado de forma exponencial a causa de la pandemia por la que todavía transitamos. A la necesidad de paliar la penuria de alimento, gas, electricidad, o ropa, se suma la necesidad de acompañar a personas cuyo horizonte termina en cuanto abren los ojos por la mañana porque lo que han perdido es la esperanza. También la fiesta del Corpus Christi debe ser oportunidad de devolver la esperanza. Aquí está lo más importante si sabemos hacerlo.

Juliana de Mont Cornillon meditaba habitualmente con un texto del evangelio muy concreto “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Es verdad, Jesucristo está con nosotros, y eso hay que hacerlo evidente en medio del sufrimiento, de las tragedias personales, familiares, y laborales. Y, para ello,  no podemos confundir la esperanza que nos trajo Cristo con una huida hacia delante para conseguir más, porque pensamos nada se puede parar y, menos, mirar atrás. Pues sí, tenemos que parar y mirar atrás y escuchar, una vez más que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Darlo todo, darse del todo. A eso nos llama la festividad que celebramos en la que Dios se partió y compartió con todos y cada uno de nosotros. Hay que celebrar sin miedo al compromiso; no somos tan frágiles como creemos; estar hechos de arcilla nos hace flexibles y, si nos volvemos a poner confiadamente en las manos de Dios —hacernos pobres, humildes— él puede volver a modelarnos y sacar de nosotros algo maravilloso e impensable por nosotros mismos, porque eso pasa cuando libremente nos hacemos necesitados.

La presencia real de Cristo en la eucaristía es la evidencia del profundo acto de amor de Dios hacia el hombre; no se encarnó para abandonarnos más tarde, nada de eso. Se encarnó para quedarse y darnos la oportunidad de ser nosotros los testigos activos de ese inmenso amor que nos dio y, en consecuencia, actuar como él lo hizo. Porque ¡no hay amor más grande!

Por Cristina Inogés 

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