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Níger cuenta ya con nuevos misioneros

El padre Rafael Marco Casamayor, religioso de la Sociedad de Misiones Africanas (SMA), es misionero en África desde hace más de 50 años, más de 30 pasados en Benín y actualmente en Níger, primero en Tera y Gaya y recientemente en Dosso.

«Llegamos a toda velocidad, acompañado por razones de seguridad por la escolta impuesta, que tenía prisa por volver a Niamey, me acompañaron René, un joven seminarista del SMA, y otro chico de la misión de Dosso». Así comienza el relato del P. Rafael a la Agencia Fides en el que describe su nuevo camino de evangelización en tierra de misión: «En el camino -continúa- nos encontramos con nuestros compañeros Habib y Jolidon que habían partido antes que nosotros y que seguirían hasta Dogon Dutchi, otra misión. Dos equipos de misioneros dispuestos a recorrer los caminos de un país confinado, me dije al contemplar la juventud y el humor de mis hermanos; ambos iniciamos de nuevo la aventura misionera».

«Respirando aire nuevo»

«La escolta nos dejó a la entrada de la ciudad y, una vez que entramos en la misión de Dosso, fuios recibidos calurosamente por las hermanas burundesas. En esta vocación itinerante nuestra, nos encontramos respirando aire nuevo, contemplando cada detalle, cada gesto, la casa, el patio, los árboles y el polvo. La recepción solemne tuvo lugar el domingo durante la Eucaristía. El padre Gabriel, el sacerdote que la presidía, nos presentó a la comunidad y nos dio la bienvenida. Un anciano de la asamblea me regaló una estera, para ‘acoger, escuchar, hablar con tu nueva gente y dialogar con tu rebaño entre la hierba del campo y el polvo del camino’; luego un par de sandalias ‘para que salgas, camines en busca de la oveja perdida’; y finalmente también un rosario ‘para rezar y enseñarnos a rezar’».

Revitalizar la comunidad

El P. Rafael comenta que la ceremonia fue emotiva, alegre, cautivadora, sencilla y profunda. «A lo largo de la semana siguiente recibí visitas y, por supuesto, escuché consejos, quejas, resentimientos y molestias que parecían indicar una sensación de abandono forjada en la ausencia. La verdad es que llevaban demasiado tiempo sin sacerdote, sin una verdadera coordinación o plan, confiando sólo en la buena fortuna».

«Me han acogido y hoy formo parte de la comunidad con la que he hecho un pacto. Me he dado cuenta de que durante mucho tiempo se han sentido abandonados y les invito a dejar atrás el resentimiento y la amargura, precisamente para revitalizar nuestra comunidad. Todos venimos de entornos muy diferentes y Dios nos reúne para ser testigos de su amor aquí en Dosso».

«El proyecto es de todos y juntos lo haremos realidad. Nuestra comunidad, nuestra familia, puede renacer a partir de nuestra capacidad de donación y sacrificio; y de la gracia de Dios», concluye el misionero.



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