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Necesitamos el silencio y la oración, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara

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Necesitamos el silencio y la oración, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez

En nuestros días nos encontramos con personas muy buenas, con un gran corazón y extraordinarios sentimientos pero, con frecuencia, sus pensamientos y actuaciones están condicionados por lo vivido en el pasado o por las corrientes ideológicas del presente.

A estos hermanos les resulta muy difícil ser realistas, analizar los acontecimientos distinguiendo los aspectos positivos de los negativos y, sobre todo, les resulta imposible ponerse en la posición del otro para establecer un diálogo provechoso.

Estas dificultades para hacer un análisis realista de los acontecimientos y para establecer un diálogo fluido con los demás llevan inconscientemente a establecer divisiones radicales entre buenos y malos, entre progresistas y conservadores. Lo que éstos piensen o digan en sus apariciones públicas no se tiene en cuenta. A la hora de emitir juicios sobre sus semejantes, tampoco importa el hecho de que busquen el bien común de la sociedad y el servicio desinteresado a sus semejantes en los comportamientos diarios.

Algo similar sucede cuando se emiten opiniones sobre los comportamientos religiosos de otros hermanos. Sin la necesaria distinción y la previa reflexión, se trasladan los análisis políticos y sociales a los comportamientos religiosos de las personas. Como consecuencia de ello, se les adjudica la etiqueta de progresistas o conservadores sin pararse a pensar previamente si son auténticos cristianos, si ponen a Jesucristo en el centro de sus vidas y si el Evangelio es el foco luminoso que ilumina sus comportamientos.

Cuando nos dejamos arrastrar por los criterios ideológicos en el conocimiento de Dios y en la relación con Él, en vez de fundamentar nuestro conocimiento en su Palabra y en las enseñanzas de la Iglesia, todos corremos el riesgo de fabricar ídolos o crear dioses a nuestra medida y de acuerdo con nuestras necesidades. En vez de profundizar en las Escrituras para descubrir el verdadero rostro de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nos conformamos con la formación religiosa de la niñez o con los comentarios de las personas próximas a nosotros. Esto nos impide llegar al verdadero conocimiento de Dios como plenitud de sentido para los interrogantes más hondos de todo ser humano.

Este somero análisis de la realidad nos permite caer en la cuenta de que necesitamos pararnos, pensar y tener criterios propios para no emitir opiniones subjetivas y para no dejarnos guiar por el relativismo o la ideología del momento, según la cual lo que hoy es blanco mañana puede ser negro. El tiempo cuaresmal nos invita a revisar nuestro modo de pensar y de actuar, saliendo al desierto y buscando momentos de silencio para descubrir que Dios se preocupa de nosotros y sale a nuestro encuentro para mostrarnos su misericordia y para ofrecernos su perdón.

Para dejarnos encontrar por este Dios, manifestado en Cristo Jesús, necesitamos momentos de oración y de contemplación. Sin estos tiempos de encuentro con el Señor en la oración, las actividades diarias pierden el sentido y la orientación. Cuando abandonamos la oración o la vivimos de forma rutinaria en vez de verla como trato de amistad con quien sabemos que nos ama, experimentamos cansancio ante las dificultades, nos asustamos ante los problemas del camino y nos falta la necesaria esperanza para cumplir la misión confiada por el Señor.

La contemplación de Dios, que es amor, nos ayudará a asumir las exigencias de la caridad y nos permitirá descubrir que somos depositarios de un tesoro que hace posible la humanización de la sociedad y que nos ofrece la posibilidad de caminar en una vida nueva, la vida en Dios y para Dios.
Con mi bendición, feliz tiempo de Cuaresma.

+ Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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