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Al abrir la puerta

Navidades áridas

No es extraño que en estas fechas se presente una cierta aridez de espíritu. Tiene que ver con la nostalgia, los recuerdos de las navidades pasadas, de lo que fue y ya no será –Dickens irrenunciable en estas semanas-, tanto como con el bombardeo insaciable de un espíritu navideño que por fuerza hay que reconquistar entre el frío, la lluvia, las artificiales luces de las calles y los anuncios de buenos deseos y familias reencontradas.

Da un cierto fastidio –y un mucho de desazón- esa necesidad de que este tiempo tenga que ser perfecto. Fastidio por la sensación de imposición y de que por más que el cuerpo te pida otra cosa –silencio, apartamiento, que te dejen en paz con tanta campanita y melodía navideña- lo que hay es lo que hay. Desazón porque también el corazón pide la alegre serenidad de la celebración navideña, los buenos deseos y la felicidad del sentido. Qué caramba, desazón porque uno no desea ser un Ebenezer Scrooge de tres al cuarto al que todo le parecen paparruchas y preferiría ser el protagonista de un anuncio de turrón o de juguetes, con sus jerséis cálidos, sus sonrisas, sus celebraciones y sus brindis de alegría y paz delante de un belén que cubre de sentido verdadero lo que nos envuelve.

Seguro que este año extraño que llevamos pasa su factura sin remedio y la aridez tiene que ver con el agotamiento, con el hartazgo, con no ver mucho del sendero que tenemos por delante o de seguir viéndolo oscuro con falta de luz, de más luz.

¿Cómo sostenerse en esa cuita, en esa situación, en este estado de ánimo? ¿Cómo hacer para no claudicar o para sobrellevar, para no hundirse, para que las cosas pasen de la mejor de las maneras posibles? ¿Cómo incluso levantar algo el espíritu –sursum corda- y no caer en ser el cascarrabias de estas fechas, en que los días estos dejen algo de su sentido de bondad, de esperanza, de ilusión en nosotros?

Creo que tres claves necesitaremos. Tres palabras.  Paciencia. Esperanza y Empeño.

La paciencia prudente de saber esperar. De que el tiempo pone las cosas en orden. En paz. Paciencia ante lo que hay, sabiendo que todo pasa.

La esperanza confiada de que el mañana será mejor es capaz de transformar el hoy y el ahora, creer en que hay primaveras tras los inviernos, hace que los inviernos se vivan de mejor modo. Esperanza.

Y el empeño. Empeñarse en las cosas, en querer que salgan adelante, que sean de otro modo, acaba lográndolo. Empeñarse en alcanzar claves, las alcanza. Empeño que significa esfuerzo, voluntad, ánimo. Empeño.

Paciencia, esperanza y empeño para no dejarse vencer ni por la aridez ni por la superficialidad de este tiempo.

 

Vicente Niño Orti @vicenior



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