Cartas de los obispos

Navidad, por el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza

Junto al belén o nacimiento podemos aprender nosotros una lección de cómo revivir lo que ocurrió en Belén de Judá hace más de veinte siglos. Son los Evangelios los que permiten conocer y meditar ese acontecimiento. También lo permite celebrar la Misa de Navidad en la Nochebuena o en la celebración del día 25, asistiendo bien preparados con el sacramento de la Penitencia para recibir a Jesús Sacramentado. La Liturgia es siempre la celebración de la Iglesia que nos garantiza el encuentro con Cristo Resucitado.

En Navidad podemos “sentir” y “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Esta es una llamada a seguir a Jesús en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada, pues, a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos más pobres. Puede leerse con detenimiento Mt 25, 31-46.

Se fija el Papa Francisco, en una reciente Carta Apostólica en el cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche, que aparece en muchos de nuestros belenes. Y dice él que lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los textos evangélicos, sino también por el significado que tiene esta costumbre. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento de la historia? ¿Por qué amo y por qué sufro? ¿Por qué he de morir? Justamente para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Y su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1, 79).

“Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido (y va a suceder) Y que el Señor nos ha comunicado” (Lc. 2, 15). Así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Pensemos en esto cuando con emoción colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores. Si toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías, como lo anuncian los profetas, ¿por qué no participamos nosotros, en tantas ocasiones de esa alegría? Los ángeles y las estrellas son señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta de Belén y adorar al Señor.

¿Y los pastores? ¿Qué hacen? A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas en Navidad, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial. Fijaos en ellos en nuestros belenes. Son los más humildes y los más pobres, aquellos que saben acoger el acontecimiento de la encarnación del Hijo de Dios. A Él, que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro.

Tenemos la costumbre también de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de los mendigos y de gente sencilla que no conoce otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada para Jesús, que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. No olvidemos que, de hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio de Navidad y, a menudo, aquellos que son capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros.

Así nos acercamos a la Navidad. No perdamos un año más la oportunidad de vivirla de verdad con espíritu cristiano. No abunda tanto en nuestra sociedad este espíritu cristiano de la Navidad. Yo les deseo lo mejor para esta conmemoración de 2019. Y pido por todas las familias, por los padres, hijos, abuelos; y por los que están enfermos y lo pasan mal por tantas causas; y por lo que se sientan solos, como si nadie les quisiera. Cristo llega y llena el corazón. Feliz Navidad para todos.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo. Primado de España

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