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Navidad 2020

En el comentario sobre la Navidad que cada año os hago llegar desde estas páginas, quiero acentuar en el de ahora la cifra de 2020. Por supuesto tiene más importancia la primera palabra, NAVIDAD, porque encierra una realidad fundamental en la vida cristiana, una actitud prácticamente universal, y unos recuerdos que nos conmueven acercándonos a la nostalgia, a la alegría y a la esperanza.

Ha sido un año complicado para todo el mundo debido a la pandemia de la COVID-19. Sus efectos han posibilitado un cambio en los métodos de trabajo, en las costumbres, en las diversiones y en el ocio; incluso nuestras celebraciones se han visto alteradas. También ha llenado el corazón de mucha gente de sentimientos de dolor, de miedo, de incertidumbre. Durante varias semanas se ha respirado en nuestras calles y plazas una enorme tristeza y hemos escuchado muchos lamentos en grupos de profesionales que veían cómo sus medios de subsistencia se desplomaban. Se han paralizado gran cantidad deactividades culturales y deportivas o se mantienen con afluencia nula o reducida de público. Hemos repetido hasta la saciedad toda suerte de dificultades e incomodidades en las que nos hemos sentido envueltos.

Ante todo ello los cristianos anunciamos, también en las circunstancias de este año, el nacimiento de Jesucristo, la NAVIDAD. La celebramos y la vivimos. Es la fiesta de Dios que se hace hombre y acompaña a toda la humanidad en sus vicisitudes a lo largo de la historia. Nos acompaña dándonos consuelo, fortaleza y esperanza. Y los seres humanos lo celebramos con alegría, con cantos y luces en las calles y también con reuniones familiares y de amigos en las casas.

Algunos se empeñan en advertirnos con insistencia que debemos hacer modificaciones en nuestras costumbres y celebraciones. Y otros nos resistimos a participar en esa dinámica de oscurecer, de ocultar o de privatizar el trascendental acontecimiento de nuestra vida y de nuestra fe. Podremos adaptar algunos rasgos característicos que nos acompañan en este tiempo pero que no son esenciales para el acontecimiento que celebramos. Por ejemplo los horarios y las comidas, los villancicos o los vestidos, las representaciones de los belenes vivientes en plazas o los estáticos en nuestros domicilios… Pero lo trascendental, que Dios nace, y el anuncio que hacemos los cristianos de este hecho no lo cambiaremos nunca y lo viviremos, a pesar de todo, llenos de alegría y de esperanza. La humanidad ha tenido momentos de mucha tragedia y de mucha felicidad; los cristianos en cualquier circunstancia hemos predicado al Salvador que nace y nos acompaña.

Os invito en estos días de Navidad a detener un momento vuestra vida y a contemplar al Niño de vuestro «belén». Pedidle por los difuntos de esta pandemia y por sus familias; pedid por los enfermos y sus cuidadores, por los ancianos y las residencias; rezad por todos los que viven en la más absoluta soledad o están atrapados por el miedo; pedidle que aumente la solidaridad entre nosotros, que nos sintamos cercanos a los más vulnerables, que participemos en todas aquellas actividades que reviven la felicidad de los otros. Así practicaréis con coherencia la expresión «feliz Navidad».

Reflexionad unos segundos sobre vuestro ritmo actual de vida, no exageréis en el consumo de lo superficial. Compartid lo vuestro con los demás, sed generosos con las familias sin recursos, o sumidas en el paro laboral. Cambiad el mundo tal como el Niño nos pide, busquemos a Dios para encontrarnos con el prójimo y acompañarlo en su historia. Mi felicitación a todos.

 

+Salvador Giménez Valls
Obispo de Lleida



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