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Mujeres «S» en la Iglesia

Frío, frío. Lo de la «S» no va de «Superwomen». Hay más palabras que también empiezan por la misma letra que me ocupan en este artículo. Tampoco es que sea algo propio de las mujeres exclusivamente, sin embargo, creo interesante recordarnos a nosotras mismas lo «S» que podemos ser.

Cabe la posibilidad de que alguien crea que por «S» empieza la palabra «sublimar», y sí muchas veces en la Iglesia se nos ha sublimado y sublima como para destacar ciertas facetas de nuestras vidas que, al final, terminan por ocultar a la mujeres verdaderas, las del día a día. Pero no es el caso.

También hay otra palabra que seguramente habrá pasado por la mente de alguien y que podría ser, pero no, tampoco es «subordinar» porque, aunque muestras hay en la historia de mujeres subordinadas en la Iglesia, no es ni de lejos en lo que estoy pensando.

Entonces, ¿qué palabras quedan? ¿Qué puede ser? Aquí dejo unas cuantas para elegir.

Somos mujeres sagradas. Porque nuestro barro fue modelado por el mismo Dios a su imagen y semejanza; porque una mujer fue portadora de su Palabra en su seno; porque otras muchas compartieron y transmitieron la Buena Noticia que nos trajo su Hijo; porque el bautismo nos incorpora a Cristo y a su Iglesia.

Somos mujeres en salida. Porque, así como Judith y Esther, y otras mujeres de la Biblia muestran cómo salieron en defensa de su pueblo, Israel, porque estaban atentas a cuanto acontecía a su alrededor, hoy, muchas mujeres salen a ayudar a la familia humana, esté lejos o cerca, porque no deja de ser familia de Dios.

Somos mujeres de sonrisa. Porque, como Sara, no tememos reírnos de algunas propuestas que nos hace Dios que, en principio nos parecen algo descabelladas y al reflexionar un poco, las acogemos confiadas y sabedoras de que su compañía asegura un buen final (aunque el camino tenga curvas).

Somos mujeres solícitas. Porque, como la mujer del perfume, sabemos lo que es ungir para la vida. Y muestra de ello es la cantidad de mujeres fundadoras de órdenes religiosas en el siglo XIX (y en otras épocas), que atendieron con nuevos carismas, suscitados por el Espíritu, a las necesidades que veían a su alrededor.

Somos mujeres sensibles. Porque como Noemí detectó la necesidad de Rut de tener un hijo, con una innata facilidad sabemos detectar situaciones de sufrimiento o necesidad, sean físicas o espirituales.

Somos mujeres de servicio. Porque como la cananea o la samaritana, nos sabemos dadoras de vida en todas sus múltiples formas y situaciones, sin pretender protagonismo.

Somos mujeres de superación. Porque como María Magdalena, hemos sido capaces de vencer contratiempos y obstáculos —colocados muchas veces sin sentido— que nunca debimos encontrar en el camino y, sin embargo, los sorteamos con audacia y en la seguridad de sabernos protegidas y animadas en Él.

Somos mujeres sacramento. Porque como tantas y tantas mujeres de la Biblia, somos portadoras de la Buena Noticia y porque hacemos visible el amor de Dios en cuantos lugares y situaciones podemos.

Somos mujeres que saben sumar. Porque como Marta y María aunamos carismas diferentes ya que sabemos que si somos mujeres «S», lo somos en, para, con, por, y desde la Iglesia.

Somos mujeres de sinodalidad. Porque como Lidia somos capaces de construir y ser Iglesia saliendo a buscar en las afueras.

Somos mujeres «S». Nos sentimos llamadas a evangelizar desde la forma en la que hemos decidido vivir y desarrollar nuestro compromiso bautismal; porque sabemos que la comunión está por encima de todo.

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