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Mujeres convocadas, por Cristina Inogés

Con frecuencia se nos olvida que una de las acepciones de la palabra Iglesia es «convocar». Reconozco que me gusta mucho ver, percibir, sentir a la Iglesia convocándonos.

Somos mujeres convocadas a la misión evangelizadora de la Iglesia desde el mismo momento de la resurrección de Jesús, y aún antes: «Ve a mis hermanos y diles…» (Jn 20, 17), le dijo a una mujer, María Magdalena. Desde ese momento nuestro horizonte tiene una meta, pero los caminos vocacionales hasta alcanzarla son de lo más variado. Estamos a las puertas de una fecha, el famoso 8M, cuya celebración siempre levanta suspicacias. Este año va a estar marcado por la covid-19 y eso se notará en la forma, pero el fondo de las reivindicaciones se mantiene. Con unas se puede estar más de acuerdo que con otras, sin embargo, creo que las formas de hacerlo sí marcan diferencias. Es verdad que todavía queda mucho camino por recorrer para que la igualdad sea un hecho evidente y, nadie puede negar que hay muchas diferencias entre países donde las más notables se dan entre el norte y el sur.

Como mujeres convocadas parte de nuestra responsabilidad es propiciar en la Iglesia unos cambios que sirvan de modelo a una sociedad cada vez más crispada por este tema y por otros. Esto será complicado si nuestras formas, en muchos casos medievales, pretenden convivir con palabras y modelos del siglo XXI. Vendría a ser algo así como proponer sumar naranjas y peras y dar el resultado en «unidades de fruta». Sí, tal vez podría pasar con muchas explicaciones, pero no sería muy convincente porque el problema no estaría bien enunciado.

A nosotras nos toca enseñar a toda la Iglesia que, precisamente en este momento, todos tenemos que ser muy generosos y, desde la opción vocacional que cada uno haya elegido, desde donde cada uno se sienta convocado, aporte por pura convicción y conversión personal para hacer realidad la Iglesia sinodal que nunca debimos perder de vista, y que quedó olvidada hace ya muchos, muchos siglos. Estamos llamadas —convocadas— a hacer visible ese cambio con nuestra actitud propositiva, desarrollando la corresponsabilidad eclesial que tan hondamente sentimos y vivimos, convencidas de estar viviendo un momento histórico y vital para la propia Iglesia, y donde va a ser esencial pasar del «yo» al «nosotros» y en ese «nosotros» tenemos que caber todos, no por ley, sino por la certeza de sabernos Iglesia, comunidad que refleja la manera de ser de Dios.

Las mujeres, la historia lo demuestra, hemos tenido audacia, creatividad, flexibilidad, y corresponsabilidad para llevar a buen término aquello a lo que nos llamaba Dios. Ahora estamos convocadas a hacer visible la riqueza de la diversidad de la que está com-puesta la Iglesia. Cada una lo hará desde donde su vocación la haya llevado y con la comunión, la bella y frágil comunión, como gran tesoro a conservar y trasmitir. Lo que no nos puede hacer olvidar, porque no son realidades incompatibles, que sin la igualdad nada se puede construir. Nuestra igualdad nos viene dada en el bautismo. En caso de duda, unos y otras, deberíamos convocarnos en torno a esa fuente común donde el Espíritu se derrama a borbotones y nunca mejor dicho. Puede ser que, al encontrarnos todos reunidos en torno a la fuente bautismal, descubramos que el sonido de nuestras voces no resulta abrumador, sino sorprendentemente armónico bajo la batuta del Espíritu que coordina nuestras intervenciones. Mujeres convocadas y en Camino Sinodal, invitando, escuchando, ofreciendo y proponiendo. Me gusta la forma que se va dibujando. Ahora, entre todos, a hacerla realidad.



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