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Mozambique: Visita al hospital de Zimpeto

El Papa Francisco ha visitado esta mañana el hospital de Zimpeto, a 25 kilómetros de Maputo en Mozambique. En este lugar, se ha encontrado con los enfermos y trabajadores de la Comunidad de Sant’Egidio que ayuda a los que padecen SIDA, a través del programa DREAM. Un programa que ha conseguido dar un vuelco al tratamiento de esta enfermedad en África.

Acogido y acompañado por el fundador de la Comunidad de Sant’Egidio Andrea Riccardi, Francisco ha entrado en el hospital que está a 19 kilómetros de la nunciatura, inaugurado en junio de 2018 por el presidente de Mozambique Nyusi y por el entonces nuncio apostólico, Edgar Peña Parra. Los niños lo han saludadocon una danza y un canto tradicional, luego el pontífice ha descubierto una placa conmemorativa y escucha al coordinador nacional del proyecto Dream, Cacilda Massango, quien recuerda que aquí los enfermos «reciben medicinas gratuitas, tratamientos de salud, alimentos, pero sobre todo dignidad y amistad».

Gracias al proyecto Dream, según Cacilda, en toda África «cientos de miles de madres seropositivas han tenido la alegría de dar a luz a sus hijos sin SIDA. Ver nacer a un bebé sano es una experiencia maravillosa para una madre enferma: ¡un milagro! Hoy la cura es un sueño hecho realidad.

Francisco, teniendo como telón de fondo la parábola del Buen Samaritano dice: «Todos los que han pasado por aquí, todos los que vienen con desesperación y angustia, son como ese hombre tirado al borde del camino. Y, aquí, ustedes no han pasado de largo, no han seguido su camino como lo hicieron otros —el levita y el sacerdote—. Este centro nos muestra que hubo quienes se detuvieron y sintieron compasión, que no cedieron a la tentación de decir “no hay nada por hacer», «es imposible combatir esta plaga», y se animaron a buscar soluciones».

El Papa continuó su discurso afirmando que el hospital es «la casa, donde vive el Señor con los que están al lado del camino (…) han escuchado ese grito silencioso, apenas audible, de infinidad de mujeres, de tantos que vivían con vergüenza, marginados, juzgados por todos”. Y a ellas, continúa el Papa, “han añadido a los que padecen cáncer, tuberculosis, y a centenares de desnutridos, especialmente niños y jóvenes».

El Papa resaltó que el éxito de la misión del hospital reside en la búsqueda comunitaria y humilde de la salud de los enfermos, por eso afirma: «Son un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor (…)  que honra al otro como persona y busca su bien».

El Papa insiste en la relación existente entre la escucha del sufrimiento del otro y la posibilidad de ayudarle a reencontrar su dignidad: «Escuchar este grito les ha hecho entender que no bastaba con un tratamiento médico, ciertamente necesario; por eso han mirado la integralidad de la problemática, para restituir la dignidad de mujeres y niños, ayudándolos a proyectar un futuro mejor».

Los límites de la acción sanitaria en el lugar no han sido impedimento para, con humildad, trabajar con otros. El Papa subraya esta realidad: «Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia (…) sin ningún tipo de protagonismo». El Papa también resaltó el empeño institucional por formar operadores locales, así como la generación de redes de cooperación con profesionales de la salud a través de la telemedicina.

El Papa integra a la escucha de los más pobres, la obligación de escuchar los gritos de «nuestra oprimida y devastada tierra, que gime y sufre dolores de parto (…) tenemos que darnos cuenta que somos todos parte de un mismo tronco».

El Papa se despidió de los presentes volviendo a la parábola del Buen Samaritano y les dijo: «Cuando nosotros nos vayamos, cuando vuelvan a la tarea cotidiana, cuando nadie les aplauda ni les considere, sigan recibiendo a los que llegan, salgan a buscar los heridos y derrotados en las periferias».

El Papa ha regalado una placa devocional de la Virgen María con el Niño. Pertenece a la fabricación moderna de Deruta, una de las cerámicas italianas más importantes, cuya tradición en la elaboración artística del ladrillo no sólo se remonta a finales del siglo XIII, sino que aún se utiliza en la actualidad.

La Virgen se representa como un medio busto en el gesto de presentar al Niño Jesús como «camino de salvación», sentado sobre un cojín colocado sobre las rodillas de su madre mientras él extiende sus manos hacia ella, según un modelo estilístico típico de muchas obras realizadas por el famoso escultor florentino Benedetto da Maiano.

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