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Opinión

Morir en la gloria, por José Moreno Losada

Morir en la gloria, por José Moreno Losada

Mi madre ha muerto recientemente. Con ella, mis hermanos y yo hemos vivido ocho años de relación intensa, dada su situación de debilidad radical de parálisis progresiva. En esta etapa nos ha sacado lo mejor de nosotros mismos y nos ha construido con más fuerza desde su maternidad entregada. Mi sobrino mayor dice que era imposible estar con ella y no dejarte cambiar por su ternura, que todos somos ahora mejores y más cálidos en nuestras relaciones.

Pero quiero hablar de lo que ha sido un proceso largo y de los signos de lo público y lo profesional que han hecho posible esta vivencia de amor y cuidado a la madre mayor y necesitada. El duelo se hace consuelo cuando recogemos todo lo recibido y amado en la historia de lo vivido.

–          Desde  la sanidad pública, hemos contado con los mejores medios y atenciones: la edad de la persona no ha sido una razón para excluirla de lo bueno y necesario -más bien, al revés-. Los profesionales que la han tocado y acompañado –cada uno en su estilo- le han hecho sentirse querida, valorada, animada: médicos, enfermeras, especialistas, hospitales… Han sido ocho años de continuidad y atención personalizada, con una relación de cercanía y dedicación maravillosa.

–          Cuando llegaron los signos de su dependencia, fue valorada y, enseguida, el Plan Concilia -coordinado desde la Cruz Roja en Extremadura- fue nuestro auxilio y nuestro escudo, continuado después por la Ley de Dependencia. A través de ellos, han llegado a mi casa profesionales con un sentido interno de la profesión inmenso: las cuidadoras –Querube y Milagros- han hecho honor a sus nombres y nunca podremos olvidar su trabajo realizado con un amor y un cuidado de nuestra madre impagable. No han escatimado nada de su persona para entregarse y hacer que mi madre se sintiera querida, segura, abrazada, alegre, consentida, comunicada… La ayuda económica para poder pagar estos servicios y, sobre todo, la estructura organizativa de este planteamiento, es claramente uno de los mayores signos del reino para los creyentes.

–          En los últimos momentos hemos visto a profesionales que no optaban por lo rápido o lo fácil en el diagnóstico y en los medios. Siempre han pensado en la persona y su bienestar y, para ello, han determinado lo que consideraban mejor. Nos han ayudado a que su calidad de vida no sufriera, a que  pudiera abrirse a un proceso de cuidados paliativos que le ayudaran a estar bien y a facilitarnos a nosotros el acompañamiento en la etapa final. Recuerdo en los días últimos de Hospital que estuvieron los de Cuidados Paliativos valorando con nosotros cómo hacer lo mejor para ella y nosotros, y nos transmitieron una paz y un cariño de profundidad y estilo…  Y me quedo con un detalle del coordinador de los Cuidados cuando, al finalizar la conversación, con una naturalidad diligente se inclinó sobre mi madre –bastante ausente- y la besó con fuerza y pasión como si fuera la suya. Traigo a colación este gesto porque ha quedado en mí como sacramento de toda la experiencia vivida en estos ocho años en el encuentro con los medios públicos de Sanidad, ayudas a domicilio y dependencia, con sus profesionales, así como de todos vosotros que nos habéis acompañado. Desde ellos  proclamo mi credo en el bien de lo común y lo público.

–          Necesito hoy, desde mi madre, homenajear a todos los que, con su profesión  vocacionada, han entendido que el bien de su profesión no son ellos mismos y los beneficios que puedan obtener externamente de ella, sino la necesidad que los otros –los más débiles y, especialmente, en la pública- tienen de su saber y, sobre todo, de su hacer con amor. Bendigo a todos los profesionales que han estado en el proceso de acompañamiento que hemos tenido con mi madre hasta que se ha marchado con la paz de sentirse siempre querida, y los sacramentalizo a todos en la persona de Milagros, su cuidadora. Ellos son de los que han entendido el verdadero bien interno profesional: aquel que consigue querer y besar a la persona poniéndola como centro de todo su saber y de todo su hacer. Desde ellos se valora lo público como la mejor herramienta de la justicia, la igualdad, la dignidad del ser humano.

–           Por eso, en estas circunstancias, desde esta experiencia, con el deseo de que sea universalizada en toda nuestra sociedad, proclamo el valor y la defensa de lo que es de todos, y confieso que prefiero pagar impuestos y que no me los bajen si es para el mayor bien de todos. Deseamos que todas las personas débiles, enfermas, paradas y ancianas puedan vivir y experimentar el abrazo de lo comunitario que mi madre ha recibido desde las estructuras sociales y profesionales de las que nos hemos dotado, buscando la dignidad y la igualdad de lo humano entre nosotros. Merece la pena la política de lo común, y lo merece sobre todo cuando está llena de profesionales que saben de vocación y de entrega, de búsqueda del bien interno de todo lo que hacen para que sea a favor de los otros y con los otros.

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

 



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