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Monseñor Osoro presenta a la Iglesia como “lugar de acogida” en su carta semanal

Monseñor Osoro presenta a la Iglesia como “lugar de acogida” en su carta semanal

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA, sacerdote-periodista

Monseñor Carlos Osoro Sierra, arzobispo de Valencia centra su carta semanal desde la esperanza, como apertura al compromiso generoso hacia todos los hombres, en la Iglesia como lugar de acogida parta mejorar nuestra sociedad.

“La Iglesia, icono del amor y de la ternura de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo, escribe monseñor Carlos Osoro, y, como consecuencia, si es la Iglesia Cuerpo de Cristo, es también un “icono del amor y de la ternura de Dios” entre los hombres y tiene una tarea en estos momentos: Expresar que acoge a los hombres, que es el mejor modo de manifestar el amor y la ternura de Dios”

“La acogida en la Iglesia, añade, tiene que ser una característica del primer anuncio, pues suscita e incentiva el interés por Jesucristo y genera un movimiento de la persona hacia Él; no nos hace crecer en la fe como la catequesis, pero nos hace nacer a la misma con fuerza. Ante tantas heridas que hoy tiene el ser humano en todas las latitudes de la tierra, es muy importante que la Iglesia se presente en este mundo generando, por su vida y sus acciones, por la acogida que realiza con obras, palabras y gestos con los que se muestre el amor y la ternura de Dios manifestada en Jesucristo”.

“En toda la humanidad, pero en estos momentos con fuerza entre nosotros, en nuestra misma sociedad, en el vivir diario, nos encontramos y descubrimos innumerables víctimas que, como en la parábola del Buen Samaritano, están tiradas en el camino con graves e inusitadas situaciones de incertidumbre y de temores, con horizontes que, de vez en cuando, incluso, parecen de violencia, que dificultan la pacífica convivencia y la búsqueda de salidas para los que más están sufriendo. Densas nubes surgen por las situaciones de desamparo que viven tantas personas. No estamos exentos de los conflictos sociales que se generan y que ponen en duda a instituciones necesarias en el diario vivir de los hombres”.

“Por todo ello manifiesta en toda su urgencia la necesidad de tener muy cerca a quien llamamos príncipe de la paz, a Jesucristo, necesitamos su luz y su gracia. Y todo, para que los corazones de los hombres vuelvan a estar disponibles para la reconciliación, la solidaridad, la búsqueda de salidas para quienes están sufriendo más y la curación de las heridas que han aparecido”.

Y añade el arzobispo valenciano, confiando más y más en la bondad misericordiosa de Dios que abre caminos para todos los hombres y elimina los gérmenes nocivos y mortales, una invitación “a acoger a Jesucristo, que es el icono del amor y de la ternura verdadera, que anima también a transformar todo en caminos de crecimiento. La Iglesia es “casa de acogida”, “lugar donde todos los hombres pueden entrar y tener un sitio”, “casa que ofrece curación y salud a todos los hombres sin excepción”, “casa de curación y comunión”.

“La Iglesia, como el buen samaritano, escribe más adelante, tiene que acercarse y pararse ante todos, nunca pregunta nada, se para ante todos, sin condiciones, y todos los que formamos parte de la Iglesia tenemos que conmovernos y acercarnos con la mirada y los gestos de amor y ternura de Jesucristo. Hemos de invitar a todos los hombres a entrar en ella, pues propone a quien es Camino, Verdad y Vida, pero hemos de ser quienes formamos la Iglesia espejos buenos que reflejen el rostro de Dios y la maravilla que es, mostrar con nuestras vidas, ese icono de amor y ternura que es Jesucristo. Todo está abierto de par en par, en esta “casa del Señor”, “casa de acogida”. Que todos vean en nosotros la mirada de Cristo, la que tuvo el Buen Samaritano con aquel que se encontró en el camino, lo miró y lo trató como a una imagen de Dios que somos los hombres, lo curó y puso a disposición de él lo que era y lo que tenía. Así se sitúa el ser humano ante Dios. Hemos de ser capaces de vendar las heridas y poner todos los remedios necesarios para que se curen. El mejor remedio, la mejor medicina, es vivir con el mismo amor del Señor, que tiene su traducción en obras concretas que redundan siempre en recuperar la imagen de Dios que somos, cuando estamos heridos por algo o alguien en el camino de la vida”

Concluye monseñor Carlos Osoro que “servir y acercar el amor y la ternura de Dios a los hombres, en estos momentos que vive nuestra sociedad, es una tarea urgente. Animémonos todos los cristianos a acercar la persona de Jesucristo a los hombres. Tomemos esta tarea como algo urgente, pues la construcción de la ciudad del ser humano tiene todo el sentido. Pero, para ello, hay que saber quién es el ser humano y conocer sus verdaderas medidas. Todo ello nos lo revela Jesucristo. Por eso, fuera el relativismo, que elimina la luz de la Verdad y considera peligroso hablar de la Verdad, y fuera el encapsulamiento de la persona en sí misma. Hay que abrirse a los demás y, por supuesto, a Dios.

Cuanto más nos abrimos a Dios, más entran todos los hombres en nosotros y ponemos nuestras personas al servicio de ellos. Fuera la dictadura del relativismo que nada reconoce como definitivo y deja como medida última solamente el propio yo. Fuera la desesperanza, pues solamente la esperanza hace que el ser humano no se cierre en el nihilismo paralizador y estéril, solamente la esperanza hace que nos abramos al compromiso generoso hacia todos los hombres y a nuestra sociedad para poder mejorarla. Nuestro mundo tiene necesidad del anuncio de Jesucristo. Seamos miembros vivos de la Iglesia y hagamos de ella lugar de “la acogida”.

 



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