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Opinión

A Monseñor Carlos Osoro; Benedictus qui venit in nomine Domini, por José Alberto Rugeles

A Monseñor Carlos Osoro; Benedictus qui venit in nomine Domini, por José Alberto Rugeles Martínez

Rodeado del afecto de sus paisanos y de muchos de sus antiguos diocesanos de Ourense, Oviedo y Valencia, así como de la esperanza de incontables diocesanos de Madrid, Mons. Carlos Osoro Sierra tomará posesión de la Archidiócesis madritensis pasado mañana en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena.Llega a Madrid “Don Carlos el Peregrino” como le llamó el Papa Francisco, durante el saludo de la Visita Ad Limina Apostolorum.

Llega sin más nada que el deseo de hacer “nuestros los sueños de Dios: crezcamos en la gracia y en la fuerza que nos viene del Señor a pesar de nuestra debilidad: El va delante”.

Sabe Mons. Osoro que el hombre, el Obispo es débil, pero es fuerte también. Y lo es cuando “saliendo de sí mismo para anunciar a Jesucristo el Obispo asume con confianza y valentía su ministerio, factus pontifex, convertido realmente en “puente” tendido a todo ser humano. Con pasión de pastor, que sale a buscar las ovejas, siguiendo a Jesús” como enseña la Exhortación Apostólica Pastores Gregis de S. Juan Pablo II.

Llega a Madrid con el equilibrio de quien sabe que es necesario buscar la verdad y la solución de los problemas actuales. Hace años Mons. Osoro comentaba con razón algo que sigue actual: “Hay quienes tienen prisa y quisieran que todo fuera más rápido; o a la inversa, quienes encuentran que todo va demasiado de prisa. Unos y otros se duelen, En uno y en otro caso reaccionamos como si estuviéramos en el lugar de Dios. Nos posesionamos de un poder del que no tenemos derecho; entonces nos salimos de la esperanza o somos demasiados pesimistas y vamos a dar en un crepúsculo horrible. Tenemos que convencernos de que nuestra época es tan amada y dirigida por Dios como las otras, y que nuestro pesimismo, venga de la postura que sea, forma parte del pecado contra el Espíritu, del pecado que en cierta manera se sitúa fuera del propio perdón, porque al consentir en la duda sobre la bondad de las criaturas y sobre el futuro atacamos la bondad del Creador. Pero hemos de confesar que la actitud contraria es señal de la misma falta; los que se dejan llevar por las ideas de novedad, sin darse cuenta que somos capaces de traicionar a Cristo y a la cruz de Cristo, cuando pretendemos prescindir del perdón y de la salvación de Dios al no reconocer que todos tenemos parte en el pecado, en el hastío, en la cobardía, y que en cada uno de nosotros hay una parte de crepúsculo. Es necesario que desaparezcan entre nosotros las sospechas y los a priori. Todo esto es destructor de la confianza en la Iglesia” (“A la Iglesia que amo”). Un pensamiento que podía ser escrito hoy.

Con su paz, con su equilibrio, con su cercanía, “sin oro ni plata”, pero con profundo amor a Jesucristo y a los hombres, llega a Madrid el nuevo Pastor.
Bienvenido sea.



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