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Mónica Marín: «Irte fuera para aprender a vivir por dentro»

JATARI significa levántate en quechua. Y eso es lo que ha hecho un grupo de jóvenes a través de lo que ellos consideran «una forma de vida». La misión significa para ellos «irse fuera para aprender a vivir dentro».

Esta experiencia no acaba con el viaje, sino que empieza. «Vivimos en una sociedad dormida, que muchas veces se deja llevar sin importar qué le suceda al de al lado mientras no me afecte a mí y me haga salir de mi zona de confort». Por eso, Mónica Marín, una de las fundadoras de esta ONG, explica para ECCLESIA que las misiones se pueden convertir en una forma de vida «si vives intensamente y en constante movimiento».

Es madrileña y logopeda, con 27 años. Tras haber descubierto «esa alegría que nace de una felicidad profunda», asegura que ojalá «todos los domingos fueran el DOMUND».

JATARI lleva organizando desde 2019 (pandemia mediante) misiones en Perú con jóvenes voluntarios que dedican su verano a ayudar a los demás. Pero no hace falta irse tan lejos «para ser misionero». Esta organización ha creado espacios de misión en España, en Madrid, Palencia y Huelva, donde los jóvenes «contagian» la alegría de «haber sido llamados» para revitalizar las zonas más necesitadas.

—¿Quiénes sois JATARI?

—Somos una asociación formada por jóvenes laicos y su fin es básicamente «el contagio». Queremos ser la chispa para transmitir la alegría que hemos recibido nosotros. Ahora mismo tenemos misiones en Perú, pero también en España, en Palencia y en Huelva. Fue en Perú donde en nosotros se encendió esa ilusión por hacer de la misión nuestro modo de vida y precisamente por eso nos bautizamos como JATARI, que en quechua significa levántate. En mi caso llevaba muchísimo tiempo con sentimiento de «dar algo más». Con 18 años me fui de misiones por primera vez con las Misioneras de la Caridad de Rumanía. Es entonces cuando siento esa llamada, ese «levántate» que se materializa años después tras participar en la JMJ de Cracovia. Ya no era una «huida o un capricho», era una necesidad a la que le fuimos dando forma hasta que nuestra iniciativa fue una realidad.

—Son muchos los jóvenes que, siendo de Iglesia o no, buscan ayudar en países donde más se necesita o muestran su lado más fraternal como ha ocurrido durante la pandemia. ¿Podría ser la misión un punto de encuentro para que los jóvenes puedan descubrir algo más?

—El mundo tiene que vivir estas experiencias porque muchas veces irte fuera significa aprender a vivir dentro. Por eso, una vez que lo vives se enciende una chispa que te pone en movimiento y sientes la necesidad de contárselo a todo el mundo. También hay que destacar que cuando llegas allí es una experiencia agresiva, quiero decir, que te llevas tus heridas. Ese es uno de los aprendizajes que yo me traje conmigo en mi primer año en Perú. Vivimos en una sociedad dormida, aletargada, incluida la Iglesia. Muchos jóvenes, por desgracia, se han encontrado con esa Iglesia dormida, una Iglesia que no atrae, una Iglesia que «solo» dice cosas. Pero luego los medios se aprovechan y hacen otra. Por mucho que queramos «maquillar» la situación actual, esa es la imagen que los jóvenes reciben. Por eso, durante la pandemia, cuando por ejemplo todos nuestros comedores estaban abiertos, los jóvenes descubrieron una cara de la Iglesia que quizá no habían visto o nadie se la había contado. La Iglesia estuvo y está al pie del cañón y ese ha sido un «gancho» estupendo para invitarles y decirles «vale, ahora que has visto que la Iglesia es esto, vente, y descubre que esto es solo un trocito». Y a partir de ese momento ellos verán que ese servicio es también el fruto de haberse encontrado con Dios y entonces, ya no puedes parar de servir. Los jóvenes de hoy en día necesitamos experiencias, somos «experienciales» y necesitamos vivir las cosas. No nos basta con que alguien nos lo cuente. Pero generar esa experiencia sin un acompañamiento detrás, es como encender una vela y luego apagarla. Después hay que acompañarles. No es bueno vivir «a picos» y la Iglesia tiene que dar esa respuesta.

—Ese sentimiento del que nos hablabas, de «sentir la necesidad de contar» lo que ha vivido es aterrizar el lema del DOMUND de este año: «Id y contad lo que habéis visto y oído».

—Es que como te decía, no es solo vivir la experiencia y quedártela para ti. Es vivir para luego contársela a los demás, es compartir ese sentimiento. Tenemos que ir y contar lo que hemos visto, pero tenemos que saber contarlo, porque nuestro mensaje es el mejor Mensaje de la historia. Pero tenemos que ser creativos y originales, darle belleza. Las misiones «te enamoran» porque te conviertes en parte activa de lo que está sucediendo. Yo he tenido la suerte de que desde el minuto uno he visto cómo Dios me transformaba a mí. Y de esa forma, «la misión» se convierte en una forma de vida, también en tu entorno, en tu casa, con tus amigos, en el trabajo.

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