Victoria Braquehais, religiosa de la Pureza.
Coronavirus

Misioneros mallorquines ante el COVID-19

Son 90 los misioneros mallorquines que evangelizan actualmente por el mundo. Algunos de ellos han contado cómo están viviendo en sus países de misión este duro tiempo de pandemia y emergencia sanitaria y social. Sus testimonios los ha recogido la agencia Balèria, servicio de información católica de la diócesis.

Así, por ejemplo, en Perú evangelizan Margarida Colmillo, hermana de la Caridad de San Vicente de Paúl, y el matrimonio del Camino Neocatecumenal formado por Marc Gili y Esther Romero. La primera está en Chorrillos y estos días presta apoyo espiritual y emocional por teléfono y las redes sociales, asiste a indigentes y personas vulnerables y, en coordinación con la municipalidad, reparte alimentos a enfermos, ancianos y personas pobres de la zona. Gili y Romero, por su parte, se encuentran confinados con sus seis hijos en Callao, donde residen. Los dos colegios y el centro de fisioterapia de las Hermanas de la Caridad en Chorrillos han cerrado.

En Perú el gobierno ha ordenado aislamiento domiciliario y decretado el estado de sitio. Aquellas personas que a partir de las 20.00 horas están en la calle sin causa justificada son detenidas por la policía.

Francisca, Isabel, Idin y María son también Hijas de la Caridad, pero ellas misionan en San Pedro Sula (Honduras), considerada «la ciudad más peligrosa del mundo». En este país centroamericano el confinamiento comenzó el 15 de marzo, de modo que tampoco pudieron celebrar la Semana Santa de modo convencional. No obstante, como «creatividad pastoral» no falta, en esos días se pintaron murales alusivos en las puertas de los hogares, y las familias se convirtieron en pequeñas iglesias domésticas.

En Camerún, por último, trabaja desde 2009 la religiosa de la Pureza Victoria Braquehais. Su congregación tiene allí una escuela de infantil y primaria donde se enseña a 182 niños y niñas pigmeos y bantúes. El centro ha cerrado, y como no hay electricidad, ni ordenadores, ni libros de texto, los niños han tenido que volver a casa con sus padres, abuelos y familiares.

«Si se propaga aquí la pandemia a pesar de las medidas de contención —dice la hermana Victoria— esto puede ser un caos. Apenas hay hospitales y centros de salud, faltan muchos profesionales y todo tipo de medios. En el hospital de Ngovayang, donde yo vivo, no hay médico y muchas veces no se puede conseguir ni un paracetamol. Imposible pensar en batas o mascarillas, ¡ni soñarlo! Sin electricidad, tampoco se podría dar oxígeno… y no quedaría otra que batallar y esperar los resultados, en una lucha cuerpo a cuerpo. Y además, aquí ya se sufren muchas otras enfermedades: malaria, fiebres tifoideas, cólera, diarreas…».

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