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Misioneros: «Estoy aquí para dar la vida por cada uno de mis hermanos»

Envueltos en plena pandemia mundial, misioneros de todas las partes del mundo consagran sus cuidados y ofrendan sus vidas —sin tramas paralelas— a todas las voces heridas que tantas y tantas veces desoímos. Porque donde las fuerzas humanas se quiebran, alcanza la mano bondadosa de Dios, a través de las suyas.

Hace unos días me escribía un amigo, de esos que hablan de Dios con la mirada, y me decía que «en el desierto siempre hay una flor, aunque sea de cardo florecido; y en silencio fluye el manantial, que se alberga en las entrañas». Y yo le creí, sin preguntarle siquiera si aún es tarde, porque cuando la ternura y la bondad brotan del corazón, los amaneceres se hacen vida nueva y oración contemplativa, por mucho que el dolor retoñe en hojas secas.
En ese lenguaje de amor resucitado se escribe la melodía de un innumerable puñado de misioneros que, en plena crisis por el COVID-19, en vez de refugiarse bajo el tejado de la seguridad, continúan prestando sus manos para hacerse pesebre de aquel que tan solo tiene pobreza.

«Tras 22 malarias, un secuestro y a punto de ser fusilado, ¿cómo voy a tener miedo al coronavirus?»

«Voy a poner óleos al hospital. Se me muere una viejita de 101 años. Y luego iré a visitar a una mujer de tan solo 40 con cáncer, que también se va. Después te llamo». Con estas palabras, enviadas desde El Paso (ubicado al oeste de Texas, junto a las aguas del Río Grande), el padre José Luis posponía nuestro encuentro a una hora más tarde. Un encuentro virtual, claro, que transformase los 8.732 kilómetros que separan Madrid de Texas, en una avenida mucho más corta.
La conversación vendría después, con su cuerpo y su andar mucho más sosegados. Al otro lado de la pantalla, José Luis Garayoa. Un hombre de fe, que ha sabido reconstruirse tras sufrir, entre otras batallas y enfermedades, un secuestro en Sierra Leona durante catorce interminables días. Nacido en Falces (una preciosa villa de la Comunidad Foral de Navarra), es religioso agustino recoleto, tiene 67 años y, además, posee una sonrisa que recoge —en su interior— una vida forjada en susurros de Quien más le ama. Desde hace cinco veranos, es el párroco de Little Flower Church, una iglesia fronteriza fraguada a puñados de comunión y paciencia. Y, además, es misionero: desliz que configura su arma más importante, la mirada precisa y la ternura silente.

«Si alguien que sabe que se va me pide un abrazo, ¿cómo no se lo voy a dar?»

«Yo, que he sufrido veintidós malarias, he estado secuestrado, he sido testigo de atrocidades innombrables y he estado a cinco segundos de ser fusilado, ¿cómo voy a tener miedo al coronavirus? Si no me mató el ébola, no creo que me mate este virus». Son los primeros sentires de este fraile navarro que, aunque ha desgastado su piel sobre la tierra herida de demasiados países, guarda en su voz la patria que le vio nacer. Y también en su fe, que ha sobrevivido a demasiados naufragios y a un sinfín de noches en vela. Ahí, en el resplandor de sus preguntas y sus lamentos, brota una pasión encarnada hacia Jesús de Nazaret que construye catedrales en cada una de sus ruinas… «En Sierra Leona no había mascarillas, ni guantes, ni nada», insiste. «De hecho, cuando enterraban a los muertos por ébola, los enterradores iban con trajes espaciales, y yo en chancletas, al lado de todo mi pueblo. Y aquí estoy». Hay protecciones que son más de Dios que del hombre, pienso para mí…
Sin duda alguna, se sabe cuidado. Aunque, como todos los misioneros, no juega a ser héroe, por mucho que el guión esté escrito con su nombre… «Aquí, en Estados Unidos, es muy diferente, aunque hay otros riesgos», descubre, con cierta tristeza, sin levantar la vista de la mesa donde reposa sus brazos. Y también su debilidad. «Hay que protegerse, sí, pero sin perder la humanidad», reconoce José Luis. Pero, como bien sabe, «esa línea tan fina implica un riesgo que asume un precio demasiado alto», le replico, posando mi mirada a la misma altura que la suya… «Sí, lo sé —responde enseguida—, pero no puedes renunciar a que el enfermo se sienta querido y humano. Hacerlo con cuidado, por supuesto, pero si alguien que sabe que se va me pide un abrazo, ¿cómo no se lo voy a dar?».

«Aquí el vía crucis lleva veintiocho estaciones»

Cada uno de los días de su vida es un misterio para este sacerdote, con alma y andar de poeta. La inmigración allí es un secreto de acero y espinas. Un diario escrito a sangre que no tiene páginas suficientes para albergar tanto dolor y tanta pena. Y ahora, con este coronavirus, mucho más. Un horizonte de carne y hueso donde, a veces, da la sensación de que Dios se esconde entre la niebla. «Ya quisiera yo ver más a Dios —balbucea—, pero lo veo, sobre todo, en el enfermo. Veo su rostro sufriente. Aquí el vía crucis no ha tenido catorce estaciones, sino que lleva veintiocho», confiesa, como si estuviera buscando el sentido en alguna parte de su corazón.
«Si yo no entendiese que Dios estaba sufriendo en la mujer que acabo de ver, en su dolor, en sus lágrimas; o en la mirada de mi cocinera, mientras me cuenta que el cáncer de su hermana se ha extendido del cerebro al estómago; o en la madre que acaba de perder a su hijo que se ha quitado la vida… Es que, en estos momentos, si alguien tiene que entender el dolor, es un Dios que también lloró», reconoce, dejándose abrazar por el espíritu de las hermanas de Lázaro. «Son los versos más cortos de la Biblia, y también los más impresionantes para mí: Jesús lloró porque murió su amigo, y Marta le hace el mismo reclamo que yo le hacía hoy: si estuvieses aquí, no se habría muerto mi hermano…». Y cuando parece que no hay remedio, el padre Garayoa da la vuelta a la página, me mira de frente y confía en mis ojos la razón primera y última de su ministerio: «Pero esto va a pasar, y de esta vamos a salir. Hace más de 25 años, le pedí a Dios que salvase a mi madre, aun con la entrega de mi propia vida. Y no pudo ser. Y yo he temblado en la vocación, pero sigo creyendo que merece la pena fiarse de alguien que, aunque no le entiendas muchas veces, da más sentido al mundo que el sinsentido que te dan otros. Quien no sabe del dolor, no sabe de la alegría. Y ojalá el virus nos haya humanizado con el hermano». A veces, «basta con estar, sin más, como tú lo haces, a la lumbre de la vela de quien más sufre», le expreso, intentando paliar el abrojo de su costado. «Estar en primera línea —reconoce—, tan solo estar. Y no tendría que sorprendernos que hayan caído cinco hermanos recoletos en Brasil a causa del coronavirus. Eso duele, pero es una medalla. Yo estoy aquí para dar la vida por cada uno de mis hermanos. Así lo hago, y así lo haré. Y no es heroísmo. De otra manera, mi vida no tendría sentido».

«Este virus ha hecho prisionero al mundo»

Con una mano se cuida y con la otra se cura. Es la enseñanza que me deja prestada el padre José Luis. Al instante, un mensaje de texto me avisa de que, al otro lado del mapa, alguien me espera. Es Pilar Justo, misionera comboniana y administradora del Hospital Saint-Joseph de Bebedjia, en Chad (país sin litoral, situado en África Central). Tiene 76 años: una vida generosa que se hace testamento y promesa en los 46 otoños que ha entregado como misionera en Ecuador, República Centroafricana y Chad.
«Si en este momento de la vida tuviera que comenzar de nuevo, volvería a ser, sin duda, misionera comboniana». Una presentación que responde, de principio a fin, al paso desprendido de su andar. Mucho más en este tiempo de epidemia, que lo está viviendo muy de cerca: «Yo he tenido la impresión de que este virus ha hecho prisionero al mundo. Aquí vivimos con una desprotección total. La única protección es una mascarilla hecha en casa con un trozo de tela». Unas condiciones, desde luego, «nada favorables para dejarse hacer en las manos de quien más lo necesita», le interpelo. «En estas condiciones —reconoce—, las posibilidades de contagio son muchas, pero yo experimento que Dios nos protege; así que estoy viviendo este momento con mucha serenidad y confianza».

Donde no alcanza la vida, llega la oración

La hermana Pilar reconoce que el miedo no paraliza su vocación de servicio. «Esta situación se la he encargado a san Daniel Comboni, el apóstol de África, y a tantos combonianos que han dado la vida por este continente, para que le pidan a Dios ahorrarle a estos pueblos semejante sufrimiento». Y, «¿lo está haciendo?», le pregunto, aunque, por su semblante esperanzado y alegre, intuyo inmediatamente su respuesta. «Sin duda alguna. Eso sí, continuemos fieles en la oración».
Las cifras de contagios y muertes en Chad, que ascienden a 820 y 68 respectivamente, asegura que son «relativas», pues «los test los tiene solo la capital». Datos que no detienen su anhelo de abrazar, en los últimos, el rostro del Cristo roto, que continúa muriendo en los que pierden la vida al borde del camino. Por eso, antes de decirnos adiós, porque debe volver al ardor del arado y del silencio, para seguir sembrando la Palabra en aquella tierra de abundancia y soledad, de sonrisa y despedida, la monja zamorana de Torres del Carrizal escribe en mi libreta la frase que siluetea, a viva voz, sus ojos compasivos: «Siempre merece la pena vivir y compartir la vida. Solo con la ayuda de Jesús, yo podré ofrecerla y darla. Pero escríbelo, ¿eh? Mientras, en Él yo confío».

«Tras el primer caso de COVID-19 aquí, pensaba que iba a ser una hecatombe»

A 3.000 kilómetros de sor Pilar me espera Natale Paganelli. Su mirada cercana y compasiva deja entrever, entre la sombra que recubre el corazón de África, la luz calmada de este misionero y administrador apostólico de la diócesis de Makeni, en Sierra Leona. Al trasluz, desnuda su vocación javeriana (desde 1975) y sacerdotal (desde 1980), fraguadas —a fuego lento— en 2015, cuando fue nombrado obispo por el Papa Francisco.
22 años en México y 15 en Sierra Leona como misionero dan buena cuenta del resplandor que dejan sus pasos al andar. Golpe a golpe. Y verso a verso. Como el poema de Antonio Machado. Pero sin descuidar, en su pisada, a los preferidos del Padre. «Yo, tras confirmarse el primer caso de COVID-19 aquí, pensaba que iba a ser una hecatombe, teniendo en cuenta el estilo de vida de la población y la falta de estructuras sanitarias, incapaces de enfrentarse a las consecuencias del virus», confiesa el obispo italiano, nacido un 24 de diciembre de 1956 en Grignano, una pequeña localidad perteneciente a Bérgamo (Italia).
«Si la pandemia ha puesto de rodillas a la economía de los países ricos, aquí ya estaba de rodillas antes del coronavirus», reconoce el prelado. «Este virus ha empeorado terriblemente la situación de la gente y del país, con la clausura del aeropuerto y las comunicaciones entre regiones; todo está parado, muchos han perdido el trabajo, el gobierno no tiene entradas… Y no sé lo que va a pasar en los próximos meses…».

«Tres hermanos míos, una cuñada y un sobrino se contagiaron al mismo tiempo»

Natale es una persona alegre y feliz. Lo expresan las arrugas de sus mejillas, la templanza de sus manos y el brillo de sus párpados. Aunque ahora sea de noche. Y no solo en Sierra Leona, sino también cerca de él, donde más tiemblan los dogmas y las certezas. «Yo soy originario de Bérgamo, una de las provincias italianas más afectadas por el virus, y de los cuatro hermanos que tengo, tres se contagiaron al mismo tiempo, mas una cuñada y un sobrino. Fueron momentos muy difíciles, y te aseguro que nunca he rezado tanto en mi vida como ahora». Creo que cada pensamiento tiene su expresión propia, y algunos de los suyos podrían detener el universo unos instantes. Y no pide explicaciones, porque todas sus cicatrices han sido curadas en una cruz: «Más que pedirle una explicación a Dios, deberíamos pedírnosla a nosotros mismos. ¿No será que todo esto sea fruto de nuestras ambiciones y egoísmos?», me pregunta, sin titubear un solo segundo en sus razones.

«Yo no le tengo miedo a la muerte, sino al sufrimiento»

Abrazar a Cristo en el sagrario «es más cómodo» que hacerlo en Ibrahím, «que huele a miseria y a enfermedad». Con estas palabras, el padre Garayoa, quien también escribió su nombre en el barro y la orfandad sierraleonesa, me hablaba de ese amor que tanto duele, y que muchos nunca llegan a comprender. Melodía que monseñor Paganelli, desde luego, conoce de memoria… «Yo no le tengo miedo a la muerte, sino al sufrimiento», confiesa el misionero javeriano. Aun así, «nunca tuve deseos de dejar Sierra Leona para ir a un país más seguro».
Hablando con este obispo, uno descubre que su vida tiene un final feliz, que transita a la intemperie de un sendero de nubes abrazadas y de pájaros trinando cualquier melodía de amor acompasada. «¿No tiene a veces la sensación de que Dios se esconde cuando tanto duele la vida?», le pregunto. «Dios nunca se esconde, Él siempre nos indica el camino a seguir», afirma, «pero nosotros seguimos nuestros caminos». Y después de tres segundos, reconoce que «el verdadero problema es que Dios nos quiere tanto que siempre respeta nuestra libertad; pero Él escribe derecho también en los renglones torcidos y, de todo mal, saca el bien».
Él mismo ha podido constatar cómo, durante los momentos de crisis, la gente saca lo mejor de su corazón: «Lo vi durante el ébola y lo estoy viendo ahora en tiempos de coronavirus; cuanto gesto de solidaridad entre la gente, sin mirar la etnia o la religión del otro». Y en estos gestos «yo veo la presencia amorosa de Dios». Un Dios que «nunca abandona a su pueblo», y que «siempre busca el modo y las personas idóneas para ayudarlo».

Como quien forja un nido en el corazón de un poema

Por cierto, Natale, «¿hasta qué punto está dispuesto a dar la vida, como lo hizo Jesús, por quien la necesite?». Se lo consulto en el mismo idioma que él empuña para darse al hermano, sin tiempo ni descanso. Y su sed hacia el Absoluto no se gasta, como quien forja un nido en el corazón de un poema… «Yo estoy convencido de que, para una sacerdote y para un consagrado, es natural estar al lado del pueblo en cada momento, especialmente en los momentos más difíciles».
Es la manera que tiene el italiano de mover la piedra que aprisiona la resurrección, caminando entre el dolor de las voces multiplicadas hasta encontrar, de nuevo, un claro de la mano del Maestro: «El pastor no abandona el rebaño cuando este está en peligro —afirma, desentendiéndose de testamentos envueltos en papel mojado—; el pastor lucha contra el lobo, mientras que el mercenario huye porque no está dispuesto a arriesgar su pellejo. Ninguno de nosotros pensó en huir cuando llegó el ébola, y tampoco ahora con el coronavirus». Por eso, este obispo de alma noble y desprendida, reza como jamás lo hizo, rompiendo el vacío del abrazo deseado, en el dolor de la ausencia de quienes iluminan hasta el abismo con su sola presencia. Por puro y desmedido amor… «Es cuestión de fe, de confianza y de coherencia», concluye.

«Soy la persona más feliz del mundo»

Y si hay alguien que sabe, a corazón abierto, de confianza, ella es Pilar Sainz. Esta misionera, nacida en Soria y criada en Sevilla, espera mi llamada a 8.775 kilómetros de mi hogar. Se encuentra en Esmeraldas, Ecuador, desde hace 39 años; y, aunque tiene 75, su brío y su denuedo manifiestan que, como decía Gabriel García Márquez, «la vida es la cosa mejor que se ha inventado».
Y como de vivir se trata, lo hace a pleno pulmón, aunque el coronavirus haya parado demasiados relojes en esta endeble heredad… «Después de 12 años en África y 39 en Ecuador, estaría dispuesta a dar mi vida por los demás, sí, aunque tengo mucho miedo de contagiarme de coronavirus», confiesa la religiosa. También te digo que «confío mucho en Dios y, si volviese a nacer, volvería a ser misionera comboniana. ¿Y sabes por qué? Porque soy la persona más feliz del mundo. Hay personas muy felices, pero yo me llevo el premio. No tengo ninguna duda». Una introducción, sin duda, digna de presidir todas las librerías de este mundo.

«La pandemia ya es más grande que el país»

Sor Pilar es maestra y, como delegada del obispo de Esmeraldas, tiene más de cuarenta colegios a su cargo. Pero su misión no conoce de títulos, ni los quiere, y solo sabe de servicio… «Este tiempo lo estoy viviendo con mucha tristeza, porque han muerto a montones y la pandemia ya es más grande que el país. Es muy triste ver los cadáveres por la calle, el dolor de las familias al perder a sus seres queridos, y cómo los políticos solo barren para ellos. Eso es muy doloroso». En ese momento, la voz alegre y distendida de Pilar se quiebra por completo. Y se emociona al poner rostro a cada nombre que se fue, y llora en silencio su ausencia.
«No confío en los políticos, pero sí en Dios, y estoy segura de que Él hará todo lo posible para que aquí no haya más personas que mueren», asevera la consagrada. Es una mujer segura y compasiva. Detesta la mentira, y lo repite en más de una ocasión, porque amar la verdad por amor es el camino más corto hacia los brazos del Padre: «Me siento impotente delante de una familia que ha perdido cuatro, cinco o seis miembros, ante la mirada de unos niños asustados que miran a sus padres contagiados, cuando pienso en los profesores o amigos que ya no están aquí… Y confío en Dios, sí, pero me siento humanamente impotente».
Con Pilar no hace falta hablar mucho. Basta con escucharla. De puntillas, como quien pisa terreno sagrado. Porque es ella quien va amasando las palabras para hacerlas renacer. «Es un momento muy duro. Llegas a la noche y dices: “Señor, ¿qué puedo hacer?”. Y ahí te quedas, callada, porque no encuentras una solución. Y, después de un rato, acabas yendo al silencio de la capilla, a rezar, y a intentar entenderlo…», confiesa, un tanto apagada.

Un Dios padre y madre que no abandona a sus hijos

Cuando al alfarero se le rompe una vasija, empieza a rehacer otra. A su gusto. Y en ese barro se abandona la religiosa: «No entiendo lo que está pasando, ni qué quiere Dios de mí, pero confío mucho en Él». Un Dios que para ella, y aunque muchos no lo consigan entender, ahora está más presente que nunca. «Sí, no se esconde, porque es padre y madre al mismo tiempo; y un papá y una mamá no se esconden nunca de sus hijos. Nunca. Sea la situación que sea». Por cierto, sor Pilar, le digo, antes de despedirnos: «Después de 75 años, ¿estás dispuesta a todo por Él?». Una pregunta que encuentra su sentido cuando abarca y esculpe la medida perfecta del amor: «Yo estoy dispuesta a dar la vida si es necesario», admite. «Con miedo, sí, pero si Dios me la pide, aquí estoy».

«Este momento inédito ha dado sentido a la misión»

Escribía la ensayista María Zambrano que «solo en soledad se siente la sed de la verdad». Y la última parada de este viaje misionero estaba llena de gente, pero más necesitada que nunca de la Verdad.
Rolando Ruiz está en Madrid. Apenas nos separan algunos kilómetros y, sin embargo, la pandemia del COVID-19 nos obliga a hablarnos de corazón a corazón. 31 años de vida religiosa, vividos en África subsahariana, en Camerún, en Chad y, actualmente, en España. Atrás queda su México lindo y querido, la tierra que le vio nacer, y también partir, pero siempre prendido a su inagotable sonrisa. Porque sabe que, al final, siempre vuelve a amanecer… «Este momento inédito ha dado sentido a la misión, para enamorarme de nuevo y con mayor ardor de Jesús», confiesa, consciente de que el aislamiento que ha sufrido por el coronavirus podría haberle costado la vida. «Aunque también ha sido un tiempo para vivir la encarnación, pues hemos sido probados con la muerte de diecinueve hermanos».

«En casa, todos hemos tenido los síntomas y un hermano nos ha dejado»

Este discípulo de san Francisco Javier y coordinador de misiones de la Vicaría VI, es sensible al dolor y al sentir apesadumbrado del hermano. «Nos ha sorprendido la tempestad, como evocaba el Papa Francisco, al igual que a los discípulos del Evangelio, pero Dios nunca nos abandona». De hecho, «en casa, donde vivimos ocho, siete hemos tenido los síntomas y un hermano nos ha dejado». Una muerte que deshizo en mil pedazos las lágrimas de Rolando, quien —lejos de esconderse para salvar su piel— lo acompañó al hospital en la ambulancia para que no se fuese solo hasta el Cielo… «Me habían aconsejado no hacerlo; aun así, era mi hermano, tenía 85 años, y no podía dejarle solo».

«El COVID-19 nos ha permitido descubrir la necesidad de la ternura»

«Hemos tenido que vivir una capacidad de soledad que genera interioridad», revela, mientras mira de reojo a la ausencia, que aguanta sin temblor entre sus manos. La mirada de este misionero sostiene todo el peso de una soledad habitada que, después, como un náufrago en busca de sentido, acude al sagrario para llevar a Dios al hermano que sufre. Porque sabe que Su palabra bastará para sanarlo. «Tengo escritos un montón de nombres en un papel: amigos, personal sanitario, enfermos, familias en luto… Y cuando celebraba la Eucaristía en mi habitación, durante mi aislamiento personal, ponía los nombres en un sobre bajo el corporal. Y le decía a Dios: “Tú has dado tu vida por nosotros, yo te los presento”. Así lo hice, y así sigo haciéndolo. Pero, cada vez, agregando más nombres…».
Tanta entrega ha tallado su alma a la medida del cireneo. Máxime aquí, en Madrid, donde la pandemia ha arrasado con todo. «Nuestra misión es ser transparencia del Dios amor, en especial para aquellos que han visto desfigurarse el rostro de la ternura de Dios. Esta pandemia nos ha permitido descubrir la necesidad de la ternura y la compasión hacia los más frágiles y abandonados», concluye este sacerdote de Jesucristo, enjugándose así el dolor, la impotencia y el crujido de los días pasados. Preludio, desde luego, de un tiempo nuevo y eterno.

Y tan solo por amor

Santa Teresa de Calcuta insistía, a diario, en que «no debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz». La pena es que, a veces, no hay tiempo suficiente para que se cumplan todos los milagros que se necesitan. Pero ahí siguen los misioneros, en plena pandemia, al borde de la cicatriz. Vidas como la de José Luis, Pilar J., Natale, Pilar S., y Rolando. Con miedo o sin él. Con el alma en carne viva o llenando de Dios la soledad de los días más tristes. Pero ahí. Siendo Iglesia en Nazaret y construyendo Evangelio a pinceladas. Ahí. Cuidando cada pliegue destejido y curando pobres llagas, cuando el frío sabe a ausencia, y tan solo por amor.

Por Carlos González

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