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Misioneros, esperanza de la Iglesia

Esta semana han sido actualidad en mayor o menor medida tres países sumidos en una guerra interna: Myanmar, Etiopía y Camerún. El Papa Francisco alzó su voz el domingo 20 para implorar, junto a los obispos birmanos, la creación de corredores humanitarios y poder asistir a las miles de personas necesitadas de ayuda urgente —alimentos y medicinas, sobre todo— en esa nación, víctimas inocentes de un ejército que no duda en quemar cosechas y bombardear iglesias, escuelas y pagodas. La Asamblea General de la ONU ha condenado estos días también, por fin, el golpe militar perpetrado el pasado 1 de febrero contra el gobierno democráticamente elegido de Aung San Suu Kyi.

En Etiopía, donde se celebran elecciones este lunes, la guerra tiene por escenario la región de Tigray y dura ya siete meses. Los muertos de la intervención militar ordenada en noviembre de 2020 por el primer ministro Ahmed Abyi —galardonado el año anterior, paradojas de la vida, con el premio Nobel de la Paz— se cuentan ya por miles, y los desplazados por decenas de miles.

El tercer conflicto armado, tan desconocido por la opinión pública como olvidado por quienes saben de su existencia, transcurre en Camerún, donde el ejército y la guerrilla de las provincias anglófonas siguen empeñados en solucionarlo a través de las armas y no del diálogo, aunque ello acarree grandes sufrimientos a una población ya de por sí abandonada. Estas tres guerras tienen como telón de fondo un elemento común: las aspiraciones secesionistas de una parte del territorio nacional, llámese Kachin, Tigray o Ambazonia. No está de más recordarlo en estos tiempos de nacionalismo excluyente y miope, de miradas cortoplacistas y manipulación de sentimientos, vengan estas de donde vengan.

Y es en este contexto de horror cuando con más fuerza emergen el mensaje de amor y esperanza cristianos en la figura de los misioneros. El lector puede encontrar hoy un buen ejemplo en el testimonio de Pilar Cobreros, religiosa en Camerún. Su congregación, las Siervas de María Ministras de los Enfermos, está a cargo del único hospital que permanece abierto en Widikum, y ella misma dirige desde hace seis años otro centro en las proximidades de Dschang, a unos 150 kilómetros del epicentro del conflicto. Desde ahí, y como tantos otros misioneros dispersos por el mundo —en Etiopía, en Myanmar—, sor Pilar, sin hacer ruido, calladamente, como esa semilla que cae en tierra fértil, cura a quienes sufren dolor, alimenta a los desplazados que pasan hambre, transmite el amor gratuito de Dios a todos sus hijos, y ayuda a construir el Reino de Dios.

En estos tiempos convulsos de crisis, de disputas, de falta de comunión —la última Plenaria de los obispos de Estados Unidos ha sido buen ejemplo de ello—, los misioneros constituyen la gran esperanza de la Iglesia. Su labor es lo más cercano al Evangelio que predicó Jesús. Por eso resulta reconfortante y satisfactorio saber, a la luz de la última memoria de las OMP, que los españoles siguen depositando en ellos su confianza. La Iglesia, recordémoslo, es misionera por naturaleza, y la misión, como es sabido, compete a todos los bautizados.



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