Diócesis Iglesia en España

Misa de Campaña de la Virgen del Águila Coronada de Alcalá de Guadaíra

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Multitudinaria Misa de Campaña de Santa María del Águila Coronada

 

Con la Misa de Campaña finalizan los Cultos que en Honor, Gloria y Alabanza de la Virgen del Águila celebra en agosto la Antigua, Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad de Santa María del Águila Coronada. El pasado domingo, 19 de agosto, la asistencia a esta misa que se celebra en la explanada anexa a la puerta ojival del Santuario, resultó multitudinaria. Los alcalareños querían ver de nuevo en el dintel de la puerta a la que es Patrona y Alcaldesa Honoraria de Alcalá de Guadaíra, participar de la Eucaristía y besar las manos de la Virgen y el pequeño Jesús.

Los fieles acudían ávidos de Jesús, a participar de la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, ante la Madre de Dios, pues como decía Pablo VI: “A Jesús por María”. “María es siempre el camino que conduce a Cristo“. Todo el que se ha acercado a María es para terminar en Jesús. No se puede concebir un amor a María, que no germine en un amor a Cristo, ya que Él es el centro de nuestra vida y todo lo demás son medios para acercarnos a Él.

La Misa fue celebrada por el Rvdo. P. D. Manuel María Roldán Roses, rector del Santuario y párroco de Santiago el Mayor, acolitado por el “monaguillo oficial” de la parroquia de San Agustín, Julio Espinosa Jiménez. Realmente la misa fue sencilla y preciosa, sin la solemnidad, las representaciones del clero y autoridades civiles, propias de la Función Principal, vivida el pasado 15 de agosto, pero con una profundidad teológica admirable, que evidencia la certeza, seguridad y gozo de la salvación: seremos perfectos y eternos. Gozamos de la Palabra de Dios, en las Lecturas de los textos sagrados, del Evangelio, y de la magnífica homilía, del Padre Manuel María, gran predicador.

Los fieles asistentes, con los dones concedidos por el Espíritu Santo en el Bautismo y perfeccionados en la Confirmación, no solo escuchamos, sino que interiorizamos, vivimos la Palabra y ésta transforma nuestras vidas. Y es que Jesús se va reflejando en nuestro modo de ser y de estar, de actuar en la vida, con los valores cristianos.

Entender la Palabra de Dios requiere formación y práctica. Del mismo modo que en Matemáticas para calcular Integrales, hay que saber previamente operar con derivadas, o sencillamente, para poder dividir, hay que saber multiplicar, sumar y restar. Así ocurre con la Palabra de Dios, vamos accediendo al conocimiento y elevación espiritual, con la formación, y la participación en la Eucaristía, culmen de la vida cristiana.

El mejor ejemplo es poder leer y releer la homilía. Tuve la precaución de poner una grabadora junto a uno de los altavoces que había al final de la explanada y, aquí tienen su contenido íntegro. Valoren ustedes mismos. Algunos no lo harán, les parecerá un texto demasiado amplio. Ellos se lo pierden. Otros lo leerán y entenderán algo, lo releerán y entenderán más. Para todos, sinceramente, disfruten de su lectura e interiorización:

 

Hermandad de Nuestra Señora del Águila Coronada, Siervas del Hogar de la Madre, queridos hermanos todos: 

En esta Novena nos ha acompañado en los domingos esta “lectio continua” del capítulo VI del Evangelio de San Juan, que es el discurso del Pan de vida. Y hoy llegamos a otra parte de este capítulo que concluiremos, si Dios quiere, el domingo próximo. Por eso hay que tener en perspectiva los domingos anteriores. También en una perspectiva o en una consideración, todas las Eucaristías durante nueve días. En el Santuario se ha celebrado la Eucaristía por la mañana y hemos recibido el Pan de la vida, que es Jesucristo el Señor. 

Jesús ha dicho: “Yo soy el Pan vivo”, “viviente”, decía yo la semana pasada porque es una expresión semánticamente mejor. Viviente es el que vive por ti y da la vida. Vivo es el que recibe la vida. Pero Jesús es viviente también por Él, porque él es Dios. Y, por eso, da también la vida. Y Él es el único que puede dar la vida para siempre.

El anhelo del hombre a lo largo de los siglos, desde que existe la humanidad, es un anhelo que tiene dos dimensiones: por una parte la eternidad, pero unida a la eternidad, también la perfección, la plenitud. Es decir, queremos ser perfectos pero no lo logramos. Queremos ser eternos, pero no de cualquier manera, sino perfectamente. Por lo tanto, van unidas estas dos dimensiones, que son atributos de Dios. Solamente Dios es el perfecto y solamente Dios es el eterno. Y el hombre no puede, por sus propias fuerzas, llegar a este umbral. Y tampoco tiene derecho a pedirle a Dios esto. No tenemos ningún derecho, ningunos méritos, porque eso significa participar de la vida divina. Por muy buena que sea una persona, ¿cómo va a participar de la vida divina por sus propios méritos, por sus propias bondades, cuando además no somos buenos, tenemos muchos defectos?

 

Por lo tanto, el camino era a la inversa, era el camino al contrario: que Dios viniera a nuestra humanidad para que la humanidad pudiera llegar a participar de la naturaleza divina. Este es el centro de este discurso, que es un discurso eucarístico, porque en la Eucaristía se nos hace participar ya de la vida divina. Es decir, Jesús ha venido a compartir nuestra humanidad. Su vida temporal acabó, resucitó, subió al Cielo, pero se ha quedado con nosotros también, para que esa participación en la vida divina sea no solamente después de nuestra muerte, sino también ahora. Y además, en esta participación de la vida divina en la Eucaristía, tenemos nosotros también la semilla de la perfección, la semilla de la inmortalidad. Y esto es lo que la mayoría de los hombres que escuchaban a Jesús no entendieron. No podía comprender esto. Por eso Jesús insiste: el único camino es entrar en comunión conmigo. Es tener una unión en común conmigo. La Eucaristía es por tanto una mediación, la más perfecta que existe. ¿Por qué? Porque Jesús, a la acción del Espíritu Santo y con las palabras del sacerdote ministerial viene a las pobres especies del Pan y del Vino, con todo su Cuerpo, Sangre, Alma humana y Divinidad. Y se nos da gratuitamente como nuestro alimento; es un alimento de vida eterna. Por eso Jesús dice “Vuestros padres comieron el maná en el desierto”. Es decir, tenían la ley, los sacrificios, pero murieron. Sin embargo, el que como de este sacrificio (Jesús es Sacrificio), el que venga a este Altar (Jesús es este Altar), el que participe de este Sacerdote (Jesús es el sacerdote), entonces él tiene vida eterna. “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”.

 

Y por eso lo comprendemos tan bien en el Pan y el Vino consagrados, porque cuando comes ese pan y bebes ese vino, eso ya forma parte de ti, de tu cuerpo. Pues Jesús en la Eucaristía forma parte también de tu persona, de toda tu alma, de toda tu vida: “Habita en mí y yo en él. Igual que el Padre habita en mí. Yo vivo por el Padre, y del mismo modo, el que me recibe a mí con la Eucaristía vivirá por mí; el que entra en comunión conmigo”.

 

Así pues, queridos, todo el afán de la vida humana es estar en comunión con Dios, que es el que nos puede dar la perfección y la eternidad; y no tenemos otra forma, no tenemos otro camino. Y es tan fácil, tan gratis, tan maravilloso, porque Jesús se nos ofrece no solamente los domingos, sino diariamente, en la Eucaristía.

 

Cada domingo se celebran en Alcalá 20 Eucaristías; entre el sábado por la tarde y el domingo. A todas horas, en todos los barrios, para que este don, este regalo tan maravilloso que Jesús nos hace, pueda llegar a todos, a todos los que quieran. Y no existe otro anhelo más grande del hombre. No tenemos otro tesoro al que aspirar más maravilloso que estar en comunión con Jesucristo, para que Él nos dé su vida. Nosotros le hemos dado la nuestra, la vida humana, la naturaleza humana de Jesús, una carne de pecado y muerte. Y Él quiere hacernos partícipes de su divinidad, de la perfección y de la eternidad.

 

María, nuestra Madre, ha vivido esa comunión con Jesús, su Hijo, y con el Dios vivo y verdadero, de manera admirable. Ella es la hija admirable de Dios Padre que siempre se ha abierto al don de Dios y siempre ha estado en obediencia ante Dios. Ella es la Madre y la esposa de Dios Hijo, porque participa con él en la Redención, es corredentora y medianera. Ella es el Vaso y el instrumento elegido del Espíritu Santo, templo y tabernáculo, por tanto, de la Santísima Trinidad.

 

¡Con qué amor, con qué devoción recibiría María la Eucaristía, sabiendo que recibía el Cuerpo y la Sangre de su Hijo! ¡Con cuánto agradecimiento, con cuánta perspectiva de ver que en los siglos se realiza el plan de Dios, y que al final Dios nos llama y quiere que toda la humanidad esté en comunión con Él, y que todos seamos sus hijos, y que participemos, por tanto, de su naturaleza divina, de su eternidad y de su perfección!

 

A Ella miramos, para que ella, que es nuestra educadora en la fe, nos enseñe a valorar y a vivir este sagrado misterio de la Eucaristía. A Ella nos encomendamos para que nos guíe hasta su hijo Jesús. Con Ella queremos venir de la mano para recibir al Señor en la Eucaristía. No hay compañía más dulce y más buena que la de la Madre que nos lleva a recibir al Señor en la Eucaristía. A Ella encomendamos nuestros afanes, nuestros sufrimientos y dolores. A Ella le pedimos que sepamos mirar con ojos de fe el don que Dios nos hace en la Eucaristía, que es el don de la perfección, de la vida eterna, de la divinidad.

Francisco Burgos Becerra
Responsable de la Pastoral de Comunicación de la Parroquia de Santiago el Mayor de Alcalá de Guadaíra

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