misa-crismal-palencia
Iglesia en España

Misa Crismal en Palencia

Misa Crismal en Palencia

El Papa Francisco, en su primera misa con público tras la Eucaristía de entronización, el pasado domingo 17 de Marzo, cuarto domingo del tiempo de cuaresma, pronunció una breve homilía en la pequeña iglesia de Santa Ana, dentro del recinto del Vaticano. El evangelio de ese domingo trataba de la mujer adúltera y del perdón que el Señor le concede graciosamente, con la única recomendación de que “no vuelvas a pecar”. Partiendo de este acontecimiento de la vida de Jesús, el Papa quiso aplicar este mensaje evangélico a la Iglesia de nuestro tiempo diciendo:

 

“El mensaje de Jesús es éste: La misericordia. Para mí, lo digo con humildad, es el mensaje más fuerte del Señor: la misericordia. Pero él mismo lo ha dicho: «No he venido para los justos»; los justos se justifican por sí solos. Yo he venido para los pecadores (cf. Mc 2,17)… El se olvida, te  besa, te abraza y te dice solamente: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8,11). Sólo te da ese consejo. Después de un mes, estamos en las mismas condiciones… Volvamos al Señor. El Señor nunca se cansa de perdonar, ¡jamás!. Somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. Pidamos la gracia de no cansarnos de pedir perdón, porque él nunca se cansa de perdonar”.

Pocos minutos después, desde la ventana de la biblioteca privada del Papa, en el palacio apostólico, al rezar el ángelus delante de una gran multitud congregada en la plaza de San Pedro volvió a insistir sobre el mismo tema diciendo: “El rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Ésa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del Señor», dice el Salmo…El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros”.

A continuación recomendó públicamente un libro del cardenal Walter Kasper titulado “La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana”. Yo quisiera centrar la reflexión religiosa de la Misa Crismal de este año en el tema propuesto por el Papa Francisco, recogiendo también algunas ideas del libro citado, en el capítulo que el cardenal Kasper dedica a “La Penitencia: sacramento de la misericordia”. Es un tema que ya he tratado en otras ocasiones, pero que creo que es necesario volver a insistir, al hilo de la hermosa catequesis que nos dió el nuevo Papa nada más comenzar el ministerio petrino de confirmarnos en la fe.

El proceso completo de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola que todos conocemos con el nombre «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso». A la confesión de culpa del hijo, sigue el abrazo reconciliador del padre bueno (cf. Lc 15,11-24). El examen de conciencia al terminar el día, pidiendo perdón por nuestras faltas, la oración confiada ante el Señor sacramentado, las diversas formas de penitencia cuaresmal, etc. nos hacen experimentar la compasión de Dios, sintiéndonos reconciliados con el Padre, “rico en misericordia”.

Pero son sobre todo los sacramentos los vehículos privilegiados de la misericordia divina. A través de ellos se nos da la nueva vida de hijos de Dios y especialmente en la eucaristía se hace realmente presente la fuerza perdonadora de la sangre derramada del Señor. No en balde antes de comenzar los sagrados misterios nos preparamos reconociendo humildemente nuestros pecados y pedimos al terminar el “yo confieso”: “Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna”. Así predispuestos, la participación en la eucaristía, uniéndonos sacramentalmente con Cristo, tiene la virtud de perdonar nuestros pecados cotidianos.

Pero, entre todos los sacramentos, el sacramento de la penitencia es el verdadero sacramento de la misericordia de Dios, quien una y otra vez nos perdona, y una y otra vez nos concede la oportunidad de un nuevo comienzo en nuestra vida espiritual. En ningún otro momento experimentamos la compasión de Dios de forma tan inmediata, tan directa, como cuando en nombre de Jesús se nos dice “tus pecados quedan perdonados”. Tras la absolución del sacerdote, experimentamos la paz espiritual y la alegría interior que este sacramento confiere.

Ya desde los comienzos, la Iglesia primitiva fue consciente de la autoridad de atar y desatar que Cristo confirió a Pedro y posteriormente a los demás apóstoles (Mt 16, 19; 18, 18). En el evangelio de San Juan, esta autoridad se interpreta como autoridad para perdonar o no los pecados: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Esta autoridad es el reglao pascual del Señor resucitado a sus discípulos. Sobre esta base, la Iglesia primitiva desarrolló un procedimiento penitencial, pues el pecado, además de la ofensa a Dios, daña a la Iglesia en general. Por ello, toda confesión es también un volverse visiblemente hacia el cuerpo visible de Cristo, que es la Iglesia.

Sin embargo, actualmente, es preciso reconocer que el sacramento de la penitencia está atravesando una grave crisis. Muchos no experimentan ya el sacramento como un regalo pascual ni como una liberación; al contrario, a menudo es entendido como una pesada obligación o como un medio de control y de tutela de las conciencias por parte de la Iglesia. Por eso, en muchos lugares, la gente se acerca despreocupadamente a recibir el cuerpo eucarístico del Señor sin tener en cuenta la recomendación del Apóstol: “quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz” (1 Cor 11, 27-28).

Otras veces, se ha oscurecido tanto el sentido del pecado, por falta de una buena formación moral, que se considera superfluo recibir sacramentalmente el perdón del Señor. En efecto, muchos de nuestros contemporáneos han generado una ilusión de inocencia verdaderamente patológica. La culpa siempre la tienen los demás o el sistema. Se da un sorprendente mecanismo de exculpación que libera a la conciencia de toda necesidad de pedir perdón. Recurrir a la misericordia de Dios se considera así innecesario o, incluso, una muestra de una religiosidad infantil, impropia del hombre adulto.

Por consiguiente, es necesario hacer redescubrir este sacramento. Es cada vez más importante el formar la conciencia de los fieles para que participen digna y fructuosamente en el banquete eucarístico en estado de gracia.

 

Pero todas estas consideraciones sobre la misericordia divina y el sacramento del perdón tienen también consecuencias importantes para nosotros, los sacerdotes, y para nuestro ministerio sacerdotal. El encargo de perdonar los pecados es el encargo que el Señor resucitado hace a los apóstoles. Y este encargo se ha perpetuado en la Iglesia a través de sus sucesores, los obispos, y de sus necesarios colaboradores, los presbíteros. De ahí que para todo sacerdote sea una obligación y una obra de misericordia estar dispuesto a administrar celosamente el sacramento del perdón. Hemos de tener siempre presente que se nos preguntó como condición para ser ordenados sacerdotes: “¿Estás dispuesto a presidir con piedad y fielmente la celebración de los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación, para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia?”.

 

El Papa emérito Benedicto XVI advertía en un discurso dirigido a la Penitenciaría Apostólica en Marzo del año 2010: “Es preciso volver al confesionario, como lugar en el cual celebrar el sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que “habitar” más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la misericordia divina, junto a la presencia real en la Eucaristía”.

 

Ahora bien, nosotros, los sacerdotes, no sólo somos ministros del sacramento de la misericordia divina. También nosotros necesitamos sentir el perdón de Dios en nuestra vida.  El vigor de nuestra vida espiritual está en relación directa con la práctica habitual del sacramento de la reconciliación. La confesión habitual de los pecados, aunque sólo sean veniales, ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante el sacramento de la penitencia, el don de la misericordia del Padre, nos vemos impulsados a ser también nosotos misericordiosos con los demás. Por eso, sólo practicando asiduamente el encuentro con el Señor en el sacramento de la misericordia, nosotros, los sacerdotes, podremos hacer descubrir a la comunidad que se nos ha confiado la alegría y la necesidad que tienen de la misericordia divina.

La exhortación apostólica “Reconciliatio et paenitentia” del beato Juan Pablo II nos advierte: “La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la penitencia […]. En un sacerdote que no se confiesa o se confiesa mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirán muy pronto, y se dará cuenta también la comunidad de la que es pastor” (nº 31).

 

Termino repitiendo las palabras con las que he comenzado, pues también para nosotros, los sacerdotes, iban dirigidas las palabras que el Papa Francisco pronunció en los primeros días de su pontificado, en su meditación sobre la misericordia divina: “El Señor tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del Señor», dice el Salmo…El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros”.

 

Pues, que así sea. Amén.
 

Ciertamente, recordamos ahora cómo

 

 ……………………………………


la íntima unión entre el sacramento de la reconciliación y la participación en la eucaristía, es cada vez más necesario formar la conciencia de los fieles para que participen digna en el banquete eucarístico en estado de gracia.

 

La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la penitencia […]. En un sacerdote que no se confiesa o se confiesa mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirán muy pronto, y se dará cuenta también la comunidad de la que es pastor” (RP).

 

Print Friendly, PDF & Email

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.