Carta del Obispo Iglesia en España

Misa con ordenaciones de diáconos y presbíteros, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

Misa con ordenaciones de diáconos y presbíteros, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

01/07/2018

Un cordial saludo, queridos ordenandos. Con vuestros padres, con vuestras familias, la Catedral os acoge en este día importante para vuestra vida. Os acompañan vuestros formadores y profesores, los sacerdotes de vuestras parroquias de origen y donde habéis vivido este año vuestro apostolado; también tantos jóvenes y otros fieles laicos que tal vez asisten con curiosidad a esta ceremonia. A todos os agradezco vuestra presencia, como la de los demás seminaristas, que fijan su atención en la gracia que, Dios mediante, ellos recibirán en futuro próximo.

El sacerdocio del Nuevo Testamento inaugurado con los Apóstoles tiene una estructura totalmente cristológica. Quiero decir que significa que el hombre sacerdote está incluido en la misión de Cristo. Por ello, lo esencial y fundamental para el servicio de un sacerdote es, de acuerdo con ello, una profunda vinculación personal con Cristo. El sacerdote tiene que ser una persona que conozca a Jesús desde dentro, que se haya encontrado con Él y que haya aprendido a amarlo; hay que ser, pues un hombre de “oración”, un hombre “de espíritu”. Sin una fuerte consistencia espiritual no puede perseverar a la larga en su ministerio.

No digo esto para asustaros. Todos hemos sentido debilidad antes de ser ordenados diáconos y presbíteros. Pero tened claro que, desde el momento de la ordenación, de Cristo tenéis que aprender que en vuestra vida no se trata de autorealizaros ni de tener éxito. Que hay que aprender desde ya mismo que no construimos para nosotros una vida interesante o grata al ser ordenados; que no creáis para vosotros una comunidad de devotos o seguidoresde vuestras personas, sino que trabajáis en favor de la vida en Cristo para los demás, y que esto es lo que verdaderamente importa. Al principio esto choca con la natural inclinación de nuestra existencia, pero, a la larga, se pone de manifiesto que este dejar de ser importante mi yo personal es lo que verdaderamente libera.

Quien actúa para Cristo sabe que uno es el que siembra y otro el que recoge. No necesita estar continuamente pensando en sí mismo; deja en manos del Señor el resultado y hace sin miedo lo que le corresponde, liberado y contento por su seguridad en todo. Tal vez cuando hoy se angustia tanto el sacerdote, cuando se siente cansado y frustrado, eso se debe mucho a una crispada búsqueda de resultados. Y la fe se convierte en un pesado fardo que apenas se puede llevar a rastras, cuando debería ser como unas alas que nos llevan adelante.

De la interna unión con Cristo nace por sí misma la participación en su amor en favor de los hombres y mujeres, en su voluntad de salvarlos y ayudarlos. No se puede dudar entre nosotros de si hacemos o no los sacerdotes un bien a los hombres llevándolos a la fe; que no estamos para hacerlos la vida más difícil, sino para que encuentren la libertad y la alegría; que no es mejor dejarlos a la buena conciencia de su ausencia de fe, que les llevaría así a un más fácil vivir. Sólo esa alegría de conocer y amar a Cristo puede también proporcionar alegría en el servicio ministerial y hacerlo fructificar.

El que ama, desea conocer. De ahí que el verdadero amor a Cristo se manifieste incluso en la voluntad de conocerlo cada vez mejor y de conocer todo lo que a Él pertenece. El ejercitarse en la fe es ejercitarse en la verdadera humanidad y es aprender la razón de la fe. Como Cristo nunca está solo, pues Él es el Cristo total, Él la cabeza, nosotros los miembros, hemos de tener dentro de nosotros que Él ha venido para unir el mundo a su Cuerpo, que es la Iglesia. Por esta razón, es imprescindible también conocer y amar a la Iglesia en su realidad más profunda.

¿Qué es esto? Algo sencillo de entender: no buscamos a un Cristo ideado por nosotros mismos, pues sólo en la comunidad real de la Iglesia nos encontramos con el Cristo real. Y, a su vez, en la disposición de amar a la Iglesia, de vivir con todos sus miembros y de servir en ellos a Cristo, se pone igualmente de manifiesto la profundidad y seriedad de la relación con el Señor Jesús. En palabras de un santo Padre: “Amando aprenden lo que proclaman enseñando” (san Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel 15, 16).

Queridos diáconos: fijaos en esta oración colecta: “¡Oh Dios!, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a Dios y al prójimo”. El verdadero derecho de Dios, que debe regular y purificar este mundo, es el amor; ser cristiano significa acceder al centro del amor que procede de Dios y que se nos ha encomendado, para vivirlo en Dios para vivirlo en la vida diaria en sus múltiples exigencias y formas.

Él, el Hijo de Dios, se ha hecho nuestro diácono. Este es un aspecto central del misterio de Jesucristo, Servidor, que va de un lado a otro para servirnos y descubrirnos el misterio del amor de Dios. La grandeza del ministerio diaconal, que en seguida recibiréis, consiste en la misión de hacer presente al diácono Jesucristo en el tiempo de la Iglesia. Y hacer presente al diácono Jesucristo quiere decir representar y hacer real en la Iglesia el mandato de su amor.

Queridos presbíteros: enseguida os haré una serie de preguntas que muestren vuestra disposición a la entrega y exigencia del sacerdocio. La última reza así; “¿Queréis unirnos cada vez más a Cristo, sumo Sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa, ¿y con Él consagraros (convertirnos en Él en ofrenda) a Dios por la salvación de los hombres?”. Aunque no se diga explícitamente, en esta fórmula se halla implícita la misión eucarística como el centro de la existencia del sacerdote. El sacerdote está ahí para celebrar la Eucaristía, para celebrar la fiesta de Dios entre los hombres, para ser el que invita al banquete de Dios para su disfrute en este mundo. Pero la formulación es importante. No se dice: ¿“Estáis dispuestos a hacer esto o a actuar de esta manera? Sino que dice: “¿Estáis dispuestos a ser ofrenda con Cristo?” No se exige el hacer, sino el ser.

Y sólo en este nivel de profundidad en el que uno se deja tocar, en el que uno está dispuesto a ponerse a sí mismo en juego, puede uno corresponder a la entrega del Señor. La Eucaristía es más que unparty,más que algo que se queda el círculo del sacerdote, más que un encuentro de la comunidad. Es la festiva donación de Dios, en la que Él mismo accede hasta nosotros y, por encima de lo que podamos hacer, llega hasta lo más hondo de nuestra vida.

Pido al Señor por vosotros; os encomiendo a la Madre de Cristo; abrid vuestro corazón al Santo Espíritu para que os llene con su gracia. Amén.

Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

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