Si se callase el ruido

Mis vecinos esenciales

Viktor, Christian, Corina, María, Jefferson, Marcela, Paco Chen, Indira, Mohamed, Katy, son algunos de mis vecinos esenciales. Así llamó Natalia Peiró, secretaria general de Cáritas Española, a las personas inmigrantes, en la presentación de un informe que ha analizado su proceso de integración en España. Vecinos esenciales. El de la puerta de al lado, el que va con tu hijo al colegio, la que le recoge, la que limpia tu casa y cuida a tus padres.

Este estudio habla de una gran paradoja: las personas inmigrantes en nuestro país tienen buenos niveles de arraigo y malos de integración laboral. Y la mujer es quien, en mayor medida, representa esta paradoja. A pesar de su buena formación, siguen realizando los empleos más precarios. Ahora, además, su situación de vulnerabilidad, con la pandemia del Covid-19, se vuelve más compleja.

Pero, ¿qué sería de nuestro día a día sin ellos? Nuestra sociedad se desmoronaría. Nos faltarían pies y manos. Vinieron a vivir con nosotros y hoy son vecinos esenciales. Tan importantes -porque nadie es tan esencial como el que cuida- que se convierten en parte de nuestra familia, que entran en nuestras casas por derecho propio.

María vino desde Ecuador. Sin papeles. Con todo el dolor de su corazón dejó allí a sus cinco hijas, una de ellas religiosa -cuenta siempre con un orgullo inmenso-. Ella regularizó su situación. Su obsesión era año tras año traer a sus hijas.  Al menos a la pequeña. No lo consiguió. Su marido bebía y las maltrataba. Tuvo que huir y buscó en España trabajos para que sus queridas niñas comieran y se educaran. Mandaba todo el dinero que podía. Aquí ha cuidado hasta el final de sus días a una señora mayor con Alzheimer, a la que lloró en su funeral como si fuera una hija más. Los hijos españoles de la anciana recuerdan que “no sabemos que hubiéramos hecho sin ella.”

Paco Chen, Paquito, como todos le llamaban, tenía un comercio chino en mi barrio, al lado de casa de mis padres. Alegre y solícito con todos. Fue asesinado cuando entraron unos desalmados a robarle a la tienda. La única en esa calle que estaba abierta a las once de la noche. Los demás comerciantes, representantes de la embajada china y los vecinos nos manifestamos para que tragedias como estas no vuelvan a ocurrir. Todos juntos dimos el pésame a su hija y a la comunidad china, que agradecieron el cariño enormemente.

Indira estudió en la Universidad de Pasto, en Colombia, ingeniería industrial. Vino a España porque su familia estaba amenazada y su país no encontraba la paz. Después de realizar un curso en Cáritas, encontró trabajo en una residencia de ancianos, que complementa con el cuidado por horas a enfermos en hospitales cuando sus familias españolas reclaman esta ayuda.  “Pensaba que como en España habían pasado hambre y una guerra civil iban a entender muy bien mi difícil situación.”

Viktor es rumano. Primero se decidió a emigrar a nuestro país su hermano Christian y un tiempo después se animó él. Trabaja en la construcción. Con su mujer y su hijo comparten piso con otros compatriotas, en la madrileña zona de Ventas. Pintó mi casa.  Sueña con volver a su tierra y enseña las fotos, que lleva como un tesoro en su móvil, de la última vez que visitó a sus padres. “En Rumanía es todo verde. Se viviría muy bien allí. Solo que no hay trabajo”, relata con nostalgia.

Mohamed, de Marruecos, ha abierto una frutería. Se va a las 4 de la mañana a Mercamadrid y trae una de las mejores verduras del barrio. Mi madre, que sabe de lo que habla, me alecciona: “ve donde el marroquí a comprar las judías verdes. No se pueden comparar. Son las mejores y a muy buen precio.”

Y así, miles de historias corrientes. De personas extraordinarias. Esenciales. Humanas. Duras. Con la misma dignidad. Que borran fronteras. Con una familia detrás. Personas que quieren quedarse donde han elegido. Que emprendieron su viaje porque un día decidieron tomar las riendas de su vida.

Cada uno de ellos me ayuda a entender, fundamentalmente, que por amor somos valientes, que recorreríamos miles de kilómetros si les faltara el pan a nuestros hijos, a nuestra familia. El amor es el que nos empuja a actuar. Y la fe. Y la esperanza.

La única alternativa que encuentran a una vida sin salida o a una vida de injusticias es buscar un sueño fuera de los lugares donde les tocó nacer. Emigrar es para soñadores. Aunque el sueño sea simplemente tener una vida. Muchas veces solo otra vida, ni siquiera una vida mejor. Esos migrantes a los que discriminamos son héroes para sus familiares. Son, en muchos casos, su única fuente de ingresos y la esperanza de un horizonte en el que quizá puedan encontrar la felicidad.

Mi abuela, en en una de esas frases que suenan a sentencia, cuando nos preocupábamos por los más pequeños de la casa, soltaba: “ay, si es que a las madres nos gustaría que a los hijos no les picara ni una mosca”. Y este dicho es universal, aplicable a todos los rincones del planeta.

Cristina del Olmo

18 de septiembre 2020/

@olmocris

 

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