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Mirada de maestra y corazón de madre hacia los divorciados y hacia todos – editorial Ecclesia

Mirada de maestra y  corazón de madre hacia los divorciados y hacia todos – editorial Ecclesia

La Iglesia no es para sí misma sino para los demás. Sus normas, preceptos, propuestas y orientaciones tienen por objetivo  ser sacramento universal de salvación. La Iglesia no sería Iglesia si no fuera, en suma, prolongación y sacramento de la persona y de la misión Jesucristo,  el Buen Pastor. Y para ser fiel a esta misión, la Iglesia ha de conjugar verdad y amor, misericordia y justicia, su condición de maestra con la de madre. Y ello con todas las personas, singularmente con las más necesitadas por las causas y razones que fueran.

Jamás se encontrará ningún pronunciamiento oficial del magisterio eclesial en que se diga que los divorciados vueltos a casar están excomulgados. Y ni Juan Pablo II, ni Benedicto XVI, ni, por supuesto, Francisco han inducido jamás en pensar en ello. Es el sacramento del bautismo el que nos introduce en la comunidad y en la vida de la Iglesia. La excomunión es una pena canónica, que también se perdona con el arrepentimiento y las condiciones precisas, y cuya tipificación está perfectamente concretada y estipulada en la vigente legislación canónica (Código de Derecho Canónico, canon 1364 y siguientes).

El Papa Francisco nos lo ha dicho y repetido ya en varias ocasiones. Lo hizo también –y con amplia resonancia mediática, en algunos casos un tanto desenfocada y magnificada- en la catequesis de la audiencia general del miércoles 5 de agosto (ver páginas 44 y 46): los divorciados vueltos a casar “no son excomulgados, no están excomulgados, y no van absolutamente a ser tratados como tales; forman parte siempre de la Iglesia”.

¿Cómo proceder ante ellos y con ellos? Con acogida, escucha, comprensión y misericordia; mediante un discernimiento atento y un sabio acompañamiento pastoral, sabiendo que no existen “recetas simples”; con la mirada y el corazón de sus niños, de sus hijos pequeños, que “son quienes más sufren estas situaciones”; creando redes y lazos  de encuentro y de reencuentro en una Iglesia de puertas abiertas, “donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.

Estamos en las vísperas de un nuevo Sínodo de los Obispos sobre el matrimonio y la familia. El Papa escuchará a todos y volverá a pedir sinceridad, franqueza, “parresía”. Después de que el Sínodo, “cum Petro et sub Petro”, concluya sus trabajos, el Papa decidirá y lo hará como ya adelantó en su discurso de clausura del Sínodo de octubre de 2013 (ecclesia, número 3.750, páginas 5, 33 y 34): desde su responsabilidad y misión petrinas.

Uno de los más estrechos colaboradores del Papa, el cardenal Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha declarado recientemente que el Sínodo buscará y encontrará “vías pastorales para una integración más fuerte en la comunidad para las personas que se encuentran en situaciones difíciles”, como los divorciados vueltos a casar.

El Papa Francisco, ahora en su catequesis del 5 de agosto, al igual que en otras ocasiones, acaba de pedir de nuevo a toda la Iglesia disponibilidad para acoger y animar a estos hermanos a fin de que “vivan y desarrollen cada vez más su pertenencia a Cristo y a la Iglesia con la oración, la escucha de la Palabra de Dios, la frecuencia a la liturgia, la educación cristiana de los hijos, la caridad y el servicio a los pobres y el compromiso por la justicia y la paz”.

Y todo ello, sin fariseísmos ni maniqueísmos, sin intransigencias ni relativismos, del cuño que sean. Y es que no es bueno ni justo polarizar el Sínodo y presentarlo desde claves de banderías y de confrontación. Tampoco es actitud correcta y acertada otorgarle al Sínodo de los Obispos funciones y competencias que están fuera de su altísima vocación y servicio. Y tampoco consideramos acertada la miope y/o interesada simplificación en torno a una asamblea sinodal de “cara” o “cruz” en relación con la cuestión del acceso a la comunión sacramental por parte de los católicos divorciados y vueltos a casar. Como también prevenimos, una vez más y como hiciéramos ya en nuestros comentarios Editoriales del pasado otoño, ante intoxicaciones y manipulaciones varias que se realicen para condicionar el decurso del Sínodo.

Mirada de maestra y  corazón de madre hacia los divorciados y hacia todos: este es el camino. Este y el de la oración al Espíritu Santo, el verdadero y único motor de la Iglesia.



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