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Mirada al futuro, por Gian Maria Vian, director de L´Osservatore Romano

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Mirada al futuro, por Gian Maria Vian, director de L´Osservatore Romano, a propósito de las declaraciones del Papa Francisco al fundador del periódico La Repubblica, Eugenio Scalfari

De la conversación del Papa Francisco con Eugenio Scalfari narrada en la “Repubblica” impactan inmediatamente el tono de confrontación abierta y amigable, el deseo de entenderse recíprocamente y el hecho, cada vez más evidente, de que el Pontífice no duda en ponerse en juego en primera persona.

“¿Puedo abrazarle por teléfono?”, prorrumpe el fundador del diario romano. “Ciertamente, le abrazo también yo. Luego lo haremos en persona; hasta pronto”, replica con sencillez el Papa Francisco.

El encuentro es una consecuencia de la carta que el Pontífice ha dirigido a Scalfari y ayuda aún más  a comprender el corazón del Papa Francisco. “Hay que conocerse, escucharse” y —añade— “a mí me sucede que después de un encuentro quiero hacer otro porque nacen nuevas ideas y se descubren nuevas necesidades”. He aquí: la atención a las personas y a su unicidad es la característica que de él enseguida impacta y atrae.

Un entretejido simpático de bromas sobre el recíproco intento de conversión permite al Pontífice aludir a la cuestión del proselitismo: no tiene sentido, porque —como ha querido recordar a los catequistas con las palabras de Benedicto XVI— “la Iglesia no crece por proselitismo, crece por atracción”, una “levadura que sirve al bien común”. Se trata, en síntesis, del testimonio, que cada cristiano debe dar, así como debe traslucir de la Iglesia en su conjunto: es una minoría, sin duda, pero también una fuerza de transformación.

“El ideal de una Iglesia misionera y pobre” anima como un fuego escondido las palabras del Papa Francisco, que sin reticencias responde a las preguntas de Scalfari y mira el camino de los cristianos en la historia hablando significativamente de los santos —Pablo, Agustín, Francisco, Ignacio— y repitiendo que el objetivo es “la escucha de las necesidades, de los deseos, de las desilusiones, de la desesperación, de la esperanza. Debemos volver a dar esperanza a los jóvenes, ayudar a los ancianos, abrir hacia el futuro, difundir el amor. Pobres entre los pobres. Debemos incluir a los excluidos y predicar la paz”.

Palabras que no por casualidad recuerdan el inicio del documento conciliar sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo: “Los gozos y las esperanzas (gaudium et spes), las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. El Papa Francisco mira de hecho al Vaticano II, “inspirado por Juan XXIII y por Pablo VI”, porque a su vez —subraya con claridad el Pontífice— el concilio “decidió mirar al futuro con espíritu moderno y abrirse a la cultura moderna”.

No son afirmaciones vacías las de aquél que en la entrevista se define, además de con el título tradicional de obispo de Roma, “Papa de la catolicidad”. En el coloquio habla de hecho con acentos personalísimos de él mismo, revelando la iluminación serena que le invadió inmediatamente después de la elección en el cónclave y que le indujo a aceptarla. Precisamente este ponerse en juego le permite hablar de las realidades más profundas: la gracia, el alma, Dios y el futuro, sobre el cual abre la mirada. Porque “también nuestra especie acabará, pero no acabará la luz de Dios”.

 

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